Entrevista central, miércoles 10 de enero: Rafael Mandressi

RA —Ahí dabas un pantallazo de los intereses que hay detrás de la propagación de noticias falsas. Puede haber intereses comerciales e intereses directamente políticos deliberados.

DANIEL SUPERVIELLE (DS) —Y también puede haber interés en catalogar de fake news a noticias que son ciertas, con lo cual se entrevera mucho la conversación.

RA —Hoy en el panorama de noticias dijimos que Vázquez dijo que había una noticia falsa que era que la reunión con las gremiales agropecuarias iba a ser fijada para el 23 de febrero. Ahí se utilizaba ese término, pero en el panorama internacional hay otros que lo utilizan mucho más; estoy pensando en el presidente Donald Trump.

RM —También hay cosas que no son noticias en el sentido estricto. No hace mucho tiempo Presidencia de la República desmintió la existencia de una cuenta personal de Twitter de Tabaré Vázquez. Es un fake, pero no es una noticia, es una cuenta que es fake. En realidad fake es un término informático muy empleado para una serie de cosas que no son solo información, solo contenidos, sino también cuentas falsas, identidades falsas, etcétera. Después está el tema de lo falso, que es muy complicado, cuál es la frontera entre lo verdadero y lo falso. Con esto no quiero introducir una cosa muy relativista de que todo es interpretable, porque hay cosas que son como son y no de otra manera. Pero hay también todo un segundo anillo en esto, que tiene que ver con interpretaciones, percepciones, sensibilidades, con un color que aparece en los medios de comunicación –pero no solo en los medios de comunicación– y que está en una zona en la que la determinación de lo verdadero y lo falso es bastante más complicada.

DS —Y en que las audiencias terminamos en cierta medida siendo conejillos de Indias de esas campañas con los fakes. O se contrarrestan relatos diciendo que son falsos cuando son ciertos. Y ahí está la opinión pública observando este fenómeno muy desorientada.

RM —Además hay un asunto, que es la creencia, que tiene que ver con la credibilidad. El problema es a qué se le cree y por qué. Nosotros, gente bien, de buena compañía, tendemos a tener muy claro que hay medios que son creíbles porque son serios, profesionales, etcétera, y otros que no. El mundo es un poco más complicado que esa visión y habría que disponer –no sé si existen o no– algún tipo de estudios de tipo sociológico u otro para saber qué públicos, qué sectores de la opinión pública le creen a quién y por qué. Y cómo eso cambia, a su vez. Es decir, por qué el éxito de las teorías conspirativas, que no es nuevo pero que sigue teniendo una capacidad de propagación importantísima. Porque se tiende a compartir en las redes sociales cierto tipo de informaciones más que otras, qué es lo que importa o no. Todo esto me hacía acordar a un eslogan que tenía un diario de Nueva York […] allá por los años 50, 60, que era “imprimimos todas las noticias que quepan”. Ahí también es un medio –este caso es viejo, refiere únicamente a la prensa–, pero tiene un número determinado de páginas y hay que llenarlas, no cambia el número de páginas en función de si hay más o menos cosas interesantes, lo que se pueda poner se pone.

DS —Y ahora eso es infinito.

RM —Exacto, las fronteras materiales de eso reventaron.

RA —Es que ahí el factor quizás más novedoso en este tema, más allá de las complejidades que tiene el concepto como tal, son las redes sociales y los fenómenos asociados a ellas.

RM —Lo que pasa es que lo que hacen las redes sociales, creo yo, en primer lugar, es generar un salto de escala cuantitativo. La cantidad de texto o de información que se difunde es infinitamente mayor que el que podían contener los medios de comunicación hasta hace 20 años. Y por otro lado el factor adicional de que en definitiva no está concentrado en las manos de profesionales o de gente más o menos profesional, sino que cualquiera lo hace. Y no lo estoy criticando, simplemente es un hecho. No tengo muy claro si es una cosa buena o mala, probablemente no sea ninguna de las dos o sea ambas a la vez. En todo caso eso también genera un tipo de flujo distinto del que podía haber hasta principios del siglo XXI, por poner un período más o menos arbitrario.

RA —Ahí impulsado también por los famosos bots y trolls, que son herramientas informáticas que ayudan a reproducir, programas informáticos que repiten cosas a través de algoritmos que fomentan también el problema.

RM —Es la introducción de la automatización. Hay “máquinas” que pueden trabajar por sí solas –por supuesto debidamente orientadas por quien las emplea–, y eso también multiplica la cantidad de presencias públicas. Lo que hay son algunos cambios. Yo tengo siempre mucha desconfianza tanto de los discursos apocalípticos como de los hiperintegrados, no creo que haya una ruptura radical y tampoco que sean los mismos de siempre, en el sentido de que las noticias falsas, el lanzamiento de rumores, de infundios, de calumnias, con intencionalidad o sin ella, etcétera, no es algo nuevo, existe por lo menos, en lo que yo conozco, desde el siglo XVII en materia de prensa. Es cierto que hay algunos cambios importantes en los modos de circulación de la información y en los aspectos cuantitativos, que es lo que permite, aunque eso no está para nada claro, incidir. ¿Hasta qué punto? No se sabe muy bien hasta qué punto este fenómeno de las fake news tiene una incidencia real. De todos modos, hay datos muy elocuentes. En la última campaña electoral francesa, por ejemplo, hubo un estudio –no recuerdo cuál fue la organización que lo hizo– que daba que la cuarta parte de los links en las redes relacionados con la campaña electoral te derivaban hacia sitios reconocidos como promotores de fake news. ¿Eso después tiene una traducción en los comportamientos electorales? No está claro, no se ha investigado, por lo menos yo no conozco resultados de investigaciones de esa naturaleza. De modo que también allí lo que hay es mucho impresionismo, decir esto es importante, peligroso, influyente.

DS —Se plantea que Rusia y Moscú manejan las fake news del mundo, intervienen en Cataluña, en Estados Unidos, en Francia. ¿Qué de real tiene eso, más allá de que está comprobado que desde Rusia se manejaron algunos fake news o imágenes falsas. ¿Qué logró eso? ¿Con qué propósito? ¿Por qué que ganara Hillary era mejor que que ganara Trump o que ganara Trump era mejor que que ganara Clinton? ¿En qué se beneficia Rusia con eso? Se genera todo un gran menjunje.

Pablo Izmirlian

Editor de EnPerspectiva.net y responsable del proyecto EN PERSPECTIVA radio. Comenzó su carrera como periodista en el año 2000 en el diario El Observador. Trabajó también en Búsqueda, La Diaria, Bla, El Espectador y The Washington Post.

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