La Tertulia: Cómo nació y qué pasó en sus primeros años

Foto: Estudio construido especialmente para La Tertulia en 2001. Radio El Espectador.

Por Carina Novarese y Emiliano Cotelo

Editorial Aguilar / Año 2011

“¿Usted es Mercader, no es así?”. La pregunta suele repetirse en varios de los lugares que frecuenta Antonio Mercader. “‘Sí’, contesto con humildad republicana, consciente de que mi larga carrera en el periodismo y mi corto pasaje por la vida pública lograron extraerme del anonimato”. Pero luego quien pregunta aclara: “Lo reconocí por su voz, porque lo oigo en ‘La Tertulia’”.

El exministro le asigna a este espacio de En Perspectiva el beneficio de haberlo reconciliado con su propia voz. Aún sigue considerando que es “anti-radio”, “mal impostada y hasta algo gangosa”, pero desde hace un tiempo admite que se ha transformado en algo así como una cédula de identidad, antes incluso que su propia persona. Ya casi no le asombra, pero hace unos años, de viaje por Miami, no pudo evitar abrir bien grandes los ojos cuando, mientras cenaba en un restaurante, una camarera que hablaba un español correctamente neutro le preguntó: “¿Usted es Mercader, no?”. Y a continuación, el infaltable “lo reconocí por ‘La Tertulia’”. La moza era uruguaya y escuchaba El Espectador vía internet. “Desde entonces no dudo. Cuando alguien me mira fijo y comienza con el “¿Usted es…?” no espero a ver si me dice que me recuerda de mis tiempos de ministro o de mis largos años de periodista de diarios y revistas, sino que simplemente lo paro en seco. “Sí, soy el de ‘La Tertulia’, me adelanto a decirle, ya reconciliado con mi propia voz”.

Diez años después de su lanzamiento, “La Tertulia” se convirtió en un espacio asentado, con personalidad propia y bien definida. Pero inicialmente hubo muchas dudas al respecto. ¿Cómo se innova en un programa radial periodístico que ya se encuentra bien arraigado entre la audiencia?

De hecho, ¿es beneficioso cambiar una vez que los oyentes están acostumbrados y hasta se identifican con una estructura y un estilo? Esta y unas cuantas interrogantes más pasaron por la cabeza de Emiliano y Javier Massa, a fines del año 2000. En Perspectiva finalmente había alcanzado esa posición de liderazgo con la que apenas se animaban a soñar sus creadores en 1985. Luego de nueve temporadas en AM, jugaba en la cancha grande y se había consolidado como un referente periodístico entre sus pares y en la audiencia en general.

Pero Emiliano y Massa sentían la necesidad de “no quedarse” y así pensaron en incorporar una nueva sección con un formato poco frecuente en las radios y otros medios nacionales: la mesa de debate permanente. Otra vez, el objetivo era “romper el molde de lo que se hacía, de lo que era fácil o quedaba cómodo”. En Perspectiva tenía entonces una dinámica asentada y aceptada: una primera entrevista telefónica bien temprano, noticias salpicadas a lo largo de la mañana, entrevista central en profundidad, los móviles de Rosario y columnas de análisis de distinto corte. Era hora de incorporar un nuevo recurso, uno potente y hasta controvertido. Y así nació “La Tertulia”, que pronto decantaría en un mini programa en sí mismo.

La idea de este formato, usual sobre todo en la radiofonía española, se enraizaba en una vieja preocupación de Emiliano, que desde siempre había intentado –con más o, sobre todo, con menos éxito– generar debates. En aquellos años su intención se había dado de lleno contra los reparos de muchos políticos uruguayos, pero no solamente de ellos. Por otra parte, creía ya a principios del 2000 que en la radio se estaba abusando de la entrevista como herramienta periodística, tal vez bajo la hipótesis de que era “lo más facilongo” de hacer: “había demasiadas y buena parte de ellas muy flojas, casi relleno. En esa época el debate de A versus B aparecía poco, sobre todo por una cuestión de costumbres en el elenco político; siempre había alguna razón por la cual uno de los dos que debía polemizar no quería o no podía ir. Y así surgían las excusas: que no es el momento; que cómo voy a debatir yo con fulano, no tiene mi nivel; quién conoce a zutano, etcétera”.

Enfrentar opiniones para que el oyente sacara sus conclusiones parecía tarea casi imposible en el espectro político de la época, algo que frustraba al equipo de En Perspectiva y en particular a Emiliano, quien consideraba que ese era un déficit serio en el servicio periodístico que se estaba ofreciendo. Para sortear –a medias– ese bache se recurría a mecanismos tales como llamar un día a la persona que sostenía una posición y, al siguiente, a la que defendía la visión contraria. “Pero faltaba la posibilidad de que esos dos puntos de vista se encontraran y que del contraste saliera algo más rico, más útil para la audiencia”.

UN GRUPO DE ELITE: LOS TERTULIANOS

Así comenzaron a pensar en mesas de debate, inspiradas lejanamente en las tertulias muy populares de la Cadena Ser de España, con la cual El Espectador mantenía una buena relación. Sin pensar mucho en lo que se les venía encima al proponerse esa novedad para el medio uruguayo, en la que –para empezar– había que coordinar a por lo menos 20 personas por semana, Emiliano viajó a Madrid para observar de cerca cómo funcionaba aquella referencia. Al regreso, se tomó la decisión de poner en el aire “La Tertulia En Perspectiva” (nombre que luego se simplificaría por el de “La Tertulia”), donde cada día se reuniría a cuatro personalidades diferentes. Y allí comenzó el trabajo de selección, largo y complejo: “no tenían que ser famosos necesariamente, pero sí destacarse por su capacidad de reflexión en determinados ámbitos; queríamos tertulianos con una determinada formación, o periodística o universitaria, que siguieran de cerca la actualidad, que representaran a distintas generaciones y corrientes de pensamiento y que fueran capaces de debatir con argumentos”.

Se construyó entonces una nutrida lista de nombres de politólogos, abogados, economistas, periodistas y especialistas de otras áreas. Los padres de la criatura sabían que la tarea que asumían no sería sencilla. En primer lugar había que convencer a esas personas de que el nuevo espacio valía la pena. Segundo, aun más difícil, había que demostrarle a la audiencia que aquello no era una barra de charlatanes que decía cualquier cosa, sino un grupo de uruguayos que valía la pena escuchar porque de algún modo representaba a diferentes sectores de la sociedad.

La demografía de ese grupo diverso de tertulianos resultó más difícil de equilibrar de lo que se había supuesto. “Desde el principio nos empeñamos en que la integración de cada mesa reflejara, en la medida de lo posible, la distribución del voto en Uruguay. Por supuesto que ninguno de los panelistas está allí como delegado de tal o cual partido o de tal o cual grupo, pero sí representan corrientes de pensamiento”. Por ejemplo, en el año 2001, cuando En Perspectiva se zambulló en esta aventura, el Frente Amplio tenía el 40% del electorado; de alguna manera, el razonamiento entonces fue que, de los 20 contertulios, ocho debían ser “de izquierda” en términos amplios. “Los llamamos porque sabíamos que eran de izquierda pero no nos pusimos a preguntar las afiliaciones ni a hacer una filigrana de representación proporcional dentro del Frente Amplio”.

En definitiva, se procuraba que aquel espacio fuera un espejo que reflejara lo más fielmente posible la forma en que se estaban discutiendo los temas de actualidad en la sociedad uruguaya. Tenían claro, sin embargo, que aquel iba a ser “un espejo elitista”, y en ese punto no había engaño. Los requisitos que se exigía a los contertulios procuraban garantizar un mínimo de calidad en la polémica; y eso, seguramente, dejaba afuera del micrófono a algunos estratos socioculturales del país.

Entre Massa, José Pedro Díaz –en esa época gerente de Programación y jefe del Servicio Informativo de la radio– y el propio Emiliano se fueron configurando las mesas. Y luego se pasó a las llamadas telefónicas con cada uno de los candidatos. Fueron más de 40 llamadas donde primero se explicaba qué era eso de una “tertulia radial” que se estaba gestando y luego se detallaba qué se esperaba de cada persona en particular. “Ese diálogo uno a uno demandó mucho tiempo y mucha paciencia, y tuve que hacerlo directamente yo, porque el resultado de la gestión dependía en buena medida de la confianza mutua”. En aquel proceso hubo éxitos y bajas, y también cambios obligados de último momento. Más de un tertuliano que había sido contactado y había aceptado la propuesta, debió quedar por el camino una vez que se analizó globalmente cómo venía ese delicado equilibrio que hasta el día de hoy el equipo de En Perspectiva se esfuerza por mantener. “Recuerdo dos personas con quienes hablé y que se habían manifestado dispuestas, pero que al final tuvimos que dejar afuera porque las ecuaciones no nos daban… y creo que se ofendieron”. Cada tanto, con sentido del humor, el antropólogo Daniel Vidart se encarga de recordarle a Emiliano que él fue uno de los invitados iniciales, pero que no entró porque en el primer listado había demasiados “veteranos”. De todos modos, aquel roce no impidió que Vidart –“todo un caballero”– se haya avenido a participar más adelante, más de una vez, como invitado.

MANUAL DE ESTILO

“La Tertulia” ya tenía un objetivo preciso: debatir civilizadamente entre personas de pensamientos y orígenes diferentes para “complicarle” la cabeza al oyente y ayudarlo a realizar su propio análisis. Contaba además con un equipo de 20 intelectuales reconocidos y respetados. Pero antes de largar quedó claro que faltaba algo más. Había que especificar las reglas del juego de aquellos encuentros. Por eso se redactó un manual de estilo, para que no hubiera lugar a confusiones.

“Cuando releo lo que escribimos entonces, y que llamábamos ‘borrador’ de manual, me sorprendo de todo lo que ya incluíamos. Arrancamos con una base firme y nítida, y eso seguramente ayudó a que este espacio se instalara entre la audiencia”. En los primeros tiempos, el manual fue objeto de intercambio con el grupo de tertulianos originales. Se armaron dos o tres reuniones a las que asistieron casi todos ellos (eran como seminarios organizados en salones de conferencias en hoteles), donde se repasaba el manual y se analizaba qué estaba pasando en aquellas primeras semanas al aire. “Sirvieron de mucho aquellas maratones, encerrados, tratando de mejorar lo que entre todos estábamos creando”.

Un punto que siempre fue motivo de atención consistió en diferenciar a las tertulias de los paneles que son habituales en el ambiente académico, donde se convoca a cuatro expositores y, por ejemplo, cada uno de ellos habla 20 minutos, después de que termina la primera ronda cada uno tiene derecho a una segunda intervención de 10 minutos, etc. No se buscaba esa rigidez, pero obviamente tampoco se quería propiciar un alboroto en el que unos hablaran por arriba de los otros y el oyente no entendiera quién estaba hablando o, peor, no lograra descifrar lo que se estaba diciendo porque aparecían varias voces empastadas.

El objetivo era una charla ágil, fundamentada, en algunos momentos vibrante y en otros distendida, con toques de energía y también de humor, siempre respetuosa. En definitiva, una conversación similar a la que puede darse en el living de la casa de cualquier uruguayo un viernes por la noche, con amigos y familia, desmenuzando temas de actualidad.

Pero, claro, imposible no buscar inspiración también en una costumbre muy típica de otras épocas del Uruguay: las peñas (o “tertulias”, que también así se las llamaba) y que supieron afincarse en cafés y bares clásicos de Montevideo y del interior, y en las que se concentraban nombres legendarios de las letras, la música, el teatro, la docencia, la vida universitaria y la política de nuestro país. Esa fue la referencia en la que pensó Mauricio Rosencof cuando fue convocado a sumarse a las mesas de En Perspectiva. Y hasta el día de hoy, cada viernes llega con ese espíritu al estudio o a alguno de los improvisados escenarios itinerantes en los que se ha instalado “La Tertulia de los Viernes”, que él comparte desde hace años con Carlos Maggi, Carmen Tornaría y Alberto Volonté, y en la que uno de los miembros fundadores fue el fallecido José Claudio Williman.

Sentado en “su” silla –en general los contertulios se comportan casi como alumnos de escuela, reservando su lugar y alertando con miradas severas a algún invitado desprevenido si este intenta ubicarse donde no le corresponde–, Rosencof recuerda aquellas tertulias “que desaparecieron en la bruma, como la antológica del Sorocabana, donde hacíamos fila para arrimarnos a una mesa de café, en la que tallaba la primera división de la cultura y la política”. Está convencido de que Emiliano intuyó aquella pérdida y quiso de alguna manera buscarle remedio. “Tal vez se haya encontrado con un Montevideo donde del otro lado del vidrio se había diluido ese curso de humanismo que te daba la nata de la cultura”.

Rosencof y sus 20 y tantos colegas contertulios aprendieron con los años, y con la ayuda de los más “viejos” en esas lides, a navegar por las complejidades de un debate que dura unos cincuenta minutos, donde se trata a veces hasta tres asuntos de actualidad y donde nadie debe extenderse demasiado en sus exposiciones, para permitir así que las ideas fluyan y el oyente no se pierda. Hay libertad para interrumpir, para protestar y hasta para apasionarse, pero siempre que sea en buenos términos. Los contertulios ya saben que su primera intervención en cada tema debe ser contundente y concreta, por dos razones: para que el pensamiento que quieren transmitir llegue sin vueltas al oyente, y porque en cualquier momento el compañero de al lado puede cortarlo para discrepar o complementarlo con su punto de vista. Y saben que en todo el transcurso del espacio, si se extienden más allá de lo razonable, tendrán clavada sobre ellos la mirada del conductor que, sin palabras, gesticula con su dedo índice dibujando un círculo imaginario, invitándolos a redondear el tema y dejar paso a otro contertulio. Es que otra característica que se busca en “La Tertulia” es el ritmo: no puede empantanarse en largos monólogos extensos, por más interesantes que sean. Por eso, si con el correr de las semanas se nota que una cierta mesa va desviándose hacia las intervenciones largueras, el moderador pone en acción un recurso extremo: el reloj de arena que le va marcando un minuto per cápita a cada tertuliano. Hasta ahora, con eso ha sido suficiente: con los días, ese equipo recupera la dinámica deseada. “Pero, quién sabe, tal vez alguna vez debamos instalar esos micrófonos que se apagan y se sumergen bajo la mesa cuando se cumple el tiempo máximo, al estilo del programa ‘59 segundos’”, dice Emiliano, sonriendo y dejando caer la advertencia así, como al descuido.

EQUIPOS Y SORPRESAS

En general, cada una de las tertulias de la semana ha logrado generar una identidad propia. En buena parte, ello se debe a que sus miembros aprenden a trabajar en equipo para generar, cada día, un buen producto. Así, cada tertuliano debe asumir una especie de “doble personalidad”. Por un lado, cada uno defiende su punto de vista, su idea o filosofía de vida. Pero, al mismo tiempo, todos trabajan para que el resultado de su cuarteto sea sustancioso y entretenido. En general, ese espíritu de equipo se ha ido dando en las distintas mesas y hasta ha llegado a los oídos del público en varias ocasiones, cuando desde una tertulia se ha aludido a otras, habitualmente en tono de broma, pero reivindicando, por ejemplo, que una es más “ordenada” y “educada” que otras donde las voces se superponen a cada rato, o que el análisis de un cierto tema fue más profundo en esta que en aquella.

En este delicado equilibrio han abundado las sorpresas que los propios integrantes de un “equipo” se han dado a sí mismos y, sobre todo, a la audiencia. No son infrecuentes los casos en los que, según el asunto a tratar, se espera una posición determinada de un tertuliano cuya ideología está “cantada”, pero luego este termina defendiendo la visión exactamente opuesta. Según Emiliano, cuando eso ocurre se manifiesta una de las mayores virtudes de “La Tertulia”. “Estos imprevistos son muy importantes para este espacio. Y no solo porque ayudan a mantener a la audiencia atenta, sino porque muestran que la realidad es más compleja de lo que parece cuando uno trata de analizarla con esquemas preestablecidos. Me gusta mucho que ‘La Tertulia’ pase estos ‘mensajes’ a favor de la cabeza abierta y pensante”. De todos modos, estas situaciones también tienen una cara incómoda. “Por esas sorpresas, en algunos temas nos hemos encontrado con el extremo de que las cuatro voces, todas, aparecen totalmente de acuerdo. Y ha ocurrido que los oyentes se quejaran de esa falta de debate y algunos hasta sospecharan de que estábamos ‘dando línea’ en esa dirección. Nada de eso. Simplemente, esas tertulias ‘raras’ han sido reflejo de algo que también puede pasar en la sociedad: un súbito alineamiento hacia una postura. Que ello se perciba en una determinada mesa, creo, termina siendo información interesante a propósito de ese tema”.

En 2006 tuvo lugar una tertulia de viernes especial, dedicada en toda su extensión a recordar, discutir y poner en perspectiva a dos figuras claves de la historia nacional, ambos nacidos 150 años antes: José Batlle y Ordóñez y Aparicio Saravia. En torno a la mesa se sentaron Maggi, Tornaría, Rosencof y Volonté. En la hora siguiente hablaron de esos personajes históricos pero también de sus tiempos; Tornaría y Maggi discutieron hasta el final para ponerse de acuerdo y de vuelta disentir sobre si el siglo XIX había sido un período de “barbarie” o no tanto. Volonté y Rosencof plantearon sus puntos de vista, mucho más confluyentes que divergentes, sobre dos hombres que cambiaron el curso de un país. Y en el medio, anécdotas y realidades de uruguayos “de más de 50”, como los definió Tornaría, quien recordó que como en tantas familias, también en la suya ambas vertientes habían calado hondo: “casa de abuelos maternos con retratos de Batlle y culto a Batlle, al sobretodo y a sus ideas; casa de abuelos y casa propia paterna, Saravia por todos lados. Blanco hasta en los objetos de un lado, colorado hasta en los objetos del otro”. Hasta que Rosencof decidió cortar las discrepancias con un “en esta mesa, todos los blancos somos batllistas”.

UN PEQUEÑO TERREMOTO

Si bien durante sus vacaciones lo han suplantado Rosario y Juan Andrés, en el medio de la gran mayoría de esas mesas ha estado Emiliano, en su múltiple rol de mediador, azuzador, apaciguador, intermediario con la audiencia, analista y hasta crítico de cómo se viene dando la discusión.

Ahora reconoce que en sus inicios “La Tertulia” fue para él mismo un “shock”. Por varias razones, empezando porque se define a sí mismo como “un tipo muy estructurado”. Por otra parte, el programa siempre se había caracterizado por manejarse con el mayor rigor posible. “Desde 1985, cada vez que tratamos un tema, lo preparamos, lo estudiamos, procuramos que las voces que hablen sean autorizadas; entonces que de repente se destinara una hora, nada menos que una hora, a discutir tres temas sin exigir que los interlocutores fueran especialistas, que apareciera un abogado hablando de economía, un economista hablando de política, al principio me hizo ruido. Yo fui el primero a quien descolocó”.

Un segundo motivo de desconcierto era que casi nunca parecía alcanzarse una conclusión cierta, pura y dura. Los puntos de vista fluían y se enfrentaban, pero llegaba un momento en que había que cortar el debate. Y a cambiar de tema.

El desconcierto también ganó a buena parte del sistema político durante los primeros tiempos, cuando tal vez sintieron que los tertulianos bien podrían haber sido ellos mismos, si en definitiva eran quienes –muchas veces– estaban tratando idénticos temas en el Parlamento. “Más de un legislador me pasó mensajes de este tipo. Porque a su vez ellos eran criticados por estos ‘otros’ que no se sabía de dónde habían salido. ‘La Tertulia’ provocó un pequeño terremoto para adentro del programa, en mi cabeza y también afuera”. El tiempo confirmó que esos “defectos” del nuevo espacio, que al principio hasta asustaban un poco a sus propios gestores, se compensaban con sus ventajas: debate diario sobre asuntos que afectan a todo un país, llevado adelante por algún experto y por otros que no lo son pero que, sin embargo, representan de alguna manera a un ciudadano medio uruguayo. “Y si resulta que aparecen puntos de vista raros o si se “patina” en un tema, es porque eso también sucede en la sociedad; y si hay gente muy cerrada en sus posiciones –como hemos tenido en ‘La Tertulia’, gente cuadradamente neoliberal o gente ultracerrada de izquierda–, eso le podrá molestar a algún oyente pero refleja la realidad de muchos uruguayos”.

POCAS EXCEPCIONES A LA REGLA

“Insistimos mucho en que queremos que los puntos de vista se defiendan de manera firme, convencida y hasta apasionada, pero con respeto”, explica Emiliano. Este es otro de los objetivos claros pero difíciles de alcanzar en cada una de los cientos de mesas que se han instalado en En Perspectiva desde 2001. “Con este espacio quisimos demostrar que en el Uruguay se puede discutir a fondo sin matarse”. Los enfrentamientos acalorados han abundado, pero ninguno derivó en una verdadera enemistad.

Con el paso de los años la producción del programa aprendió a combinar a los personajes para que no se produjeran “choques” de alta intensidad. Parte del trabajo incluye afinar ese sexto sentido que permite intuir cuándo la relación entre dos tertulianos no está pasando por su mejor momento y, aun más complicado, que puede explotar en un enfrentamiento difícil de manejar al aire. En este tiempo los incidentes no abundaron, pero los hubo. Algunos se desactivaron variando las integraciones de las mesas y otros directamente con la retirada de algún contertulio, como sucedió con el historiador Lincoln Maiztegui luego de un choque muy duro con el semiólogo Fernando Andacht. Días después, Maiztegui llamó a Emiliano para comunicarle que había decidido dejar el espacio, sobre todo porque entendía que su manera de ser no era la apropiada para polemizar en vivo en radio. Se había excedido, explicó, y no quería que eso volviera a suceder. Afortunadamente, más tarde volvió varias veces a “La Tertulia” como invitado.

Otro encontronazo duro se dio durante una licencia de Emiliano, con Rosario a cargo. Los protagonistas fueron Daniel Chasquetti y Juan Carlos Doyenart. La crudeza de la escalada verbal que ocurrió aquel día entre ambos, y que Rosario controló como pudo, totalmente impresionada, obligó a separarlos y colocarlos en mesas distintas.

Y hasta hubo un “abandono” al aire, como el que hizo el periodista Leonardo Haberkorn, a raíz de una discusión sobre la invasión de Estados Unidos a Afganistán. En esa mesa el único que de alguna manera osaba apoyar, débilmente, al presidente George W. Bush era el abogado Daniel Ferrere (fallecido en 2010). “En aquel tema no era fácil encontrar tertuianos que defendieran la actuación de Estados Unidos. Por eso, si, como siempre, buscábamos un debate que hiciera pensar y aparecía alguien, uno solo, que se acercaba a la posición de Bush, consideré que tenía que regular la charla para que Daniel pudiera intervenir un poco más que los otros, de manera que el intercambio de ideas fuera algo más parejo. Leonardo, que estaba polemizando muy fuerte con Daniel, se molestó por mi manejo de los tiempos”. En la tanda de las 10 de la mañana, Haberkorn cuestionó a Emiliano, el entredicho se prolongó unos minutos subiendo de tono y en determinado momento el primero se levantó de su butaca y se retiró del estudio. Fue la única vez que “La Tertulia” perdió a uno de sus integrantes sobre la marcha. En el segundo tema solo hubo tres tertulianos. Pero en la tanda siguiente Haberkorn regresó sorpresivamente y participó en el tercer tema, que transcurrió en un ambiente muy raro. ¿Había pasado el cortocircuito? No. Después de aquella emisión, Haberckorn optó por no continuar en “La Tertulia”. Recién retornó a El Espectador en 2011, cuando la dirección de la radio lo invitó a integrar el equipo de “Suena Tremendo”, el nuevo programa de la tarde.

Gastón González

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