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La reforma del sistema electoral. Una solución a cada problema.

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Por Fernando Scrigna///

El fatigoso ciclo electoral que nace con las internas y termina con las municipales, ha puesto nuevamente sobre la mesa la posibilidad de modificar un proceso desgastante en varios sentidos. Lo interesante es que el consenso que existe en la necesidad del cambio no pretende alterar las bondades de la reforma de 1996 que fue positiva para la democracia uruguaya: las elecciones internas fortalecen a los partidos permitiendo que el ciudadano participe en la selección del futuro presidente desde la concepción misma de su candidatura; la segunda vuelta o balotaje asegura al presidente electo la percepción de un respaldo ciudadano mayor, etc.

Naturalmente que el sistema tiene defectos. Pero es claro también que esos defectos podrían superarse eliminando por ejemplo, la segunda vuelta cuando el presidente obtiene la mayoría parlamentaria o una diferencia de votos determinada; podrían celebrarse las municipales en forma simultánea con la primera vuelta de las nacionales admitiendo por ejemplo el cruzamiento de listas, etc. En fin, asuntos en los que seguramente los partidos políticos podrían acordar para dictar una Ley Constitucional y luego someterla a la consideración ciudadana que sería el mecanismo más práctico y menos costoso. Sin embargo han aparecido voces que pretenden incluir otros asuntos que – sin desconocer que son muy trascendentes – no se vinculan estrictamente con la posibilidad de hacer más eficiente el proceso electoral que es en lo que existe coincidencia de criterios.

Desde la regulación del voto del exterior pasando por la eliminación de las internas simultáneas y por un largo etcétera, todos son asuntos cuyo tratamiento llevaría tiempo y largos debates. Este es el momento entonces para que la dirigencia de los partidos advierta que la modificación del sistema electoral, en aquellos puntos en los que existe acuerdo, debe ser resuelta. Y debe serlo rápidamente y con la anticipación suficiente a los próximos comicios para de esa forma desalentar cualquier sospecha de interés político partidario. La idea es no caer en la trampa tan uruguaya de no hacer lo menos por hacer lo más y finalmente… no hacer nada. La hora impone la mayor lucidez para no empantanar el debate. Hagamos lo que podemos y hagámoslo ya aunque no se contemplen todas las aspiraciones. Entre otros motivos porque también la ciudadanía aspira a tener dirigentes, partidos e instituciones eficientes. No debe soslayarse que las soluciones de amplios consensos también contribuyen a prestigiar el sistema democrático porque generan en la ciudadanía, la confianza que lo fortalece. Sería muy positivo comenzar a encontrar una solución a cada problema y abandonar el vicio tan uruguayo de encontrarle un problema a cada solución.

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