Nueva Troya
Elefantes blancos

Por Alfredo Ghierra ///

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Edificio Introzzi. Crédito: Daniel Villar.

Aún recuerdo la feliz sensación de subir y bajar por las escaleras mecánicas de la tienda Angenscheidt de Montevideo, experiencia superada apenas por la ida al cine Censa durante los estrenos Disney en las vacaciones de invierno. Divertimentos novedosos para los niños que vivíamos en Montevideo en la década de 1970, programas que desaparecieron cual dinosaurios porque no pudieron adaptarse a los cambios “climáticos” de aquel momento.

Fueron los últimos años que vieron abierta esa tienda y tantas otras, el cine Censa y tantos otros. Pero lejos de la aparente nostalgia que parece guiar estas líneas la reflexión viene al caso en otro sentido: la mayoría de los edificios que albergaron estos programas están aun en pie y en el mejor de los casos, con nuevos usos (aunque no siempre los más adecuados) La arquitectura tiene la potestad de, aun habiendo sido creada para un fin, poder seguir en pie si la nueva época le otorga una segunda oportunidad.

Ejemplos abundan: el edificio sede de la legendaria tienda por departamentos London-Paris, de la avenida 18 de Julio y Rio Negro, permanece bastante incólume. Tal vez eso se deba a la protección que le otorga el titán Atlas sosteniendo el Mundo (símbolo de la aseguradora Standard Life, quien fuera la que encargó el edificio al arquitecto inglés John Adams en 1905) y que corona su esquina. Varias tiendas en su planta baja y otras tantas oficinas en sus plantas superiores lograron que sobreviviera.

Lo mismo ocurre con el fantástico edificio de Galicia y Rondeau que antes fuera la sede de otra gran tienda montevideana: Introzzi. Ahora funcionan allí las oficinas de la Dirección Nacional de Medio Ambiente, pero el estado de abandono que se observa en sus bow windows de esquinas curvas y en sus hermosos vitrales con luz que adornan la marquesina de planta baja nos hablan a las claras de que, si bien el edificio está en pie, poco parecen percibir sus responsables del tesoro que se les ha dado en manos.

Angenscheidt, la gran tienda de departamentos, se convirtió en una galería céntrica de múltiples y pequeños locales, la Galería Cristal. La escalera mecánica está tal cual se instaló en la tienda original, pero la propia galería parece atravesar un proceso de decadencia sin fin.

Del Edificio Caubarrere poco sabemos en el presente, si bien en el año 2010 hubo intentos para que hacia allí se trasladara el Congreso de Intendentes (que carece de sede fija). Desde afuera, su imagen, aunque sucia y descuidada, no dista mucho de la original: esta construcción del año 1949, obra del arquitecto Octavio de los Campos, es tan noble y vanguardista que ni las infelices intervenciones hechas en su planta baja ni la profusión de aires acondicionados instalados impunemente en fachada le hacen perder una magia que parece salida de un dibujo de Erich Mendelsohn.

Está haciendo falta pensar los objetos de la ciudad, sobre todo sus edificios y casas mas antiguas, no como candidatos perfectos para una demolición rápida y sin anestesia sino como fuente de innumerables posibilidades.

Los organismos encargados de la ciudad y la promoción de la vivienda deberían elaborar planes para crear el sustrato fértil donde los promotores de la construcción consideren otras opciones, en lugar de la perversa demolición, para construir en altura, una vez enfrentados a terrenos donde están instalados ejemplos de la arquitectura del pasado.

El lucro y el concepto de “lo privado” deberían tener límites, y esos límites los ponen el bien común y la consideración de lo patrimonial como un derecho humano de tercera generación.

A mi me encantaría ir de compras al London-París, pero eso ya no es posible por motivos obvios. Pero sí tenemos la chance, hoy, de transformar edificios que no pueden cumplir su función original para no deshacernos livianamente de algunas singularidades de Montevideo.

Ahí están, esperando, desde el antiguo Hotel Nacional (ex Facultad de Humanidades) de la rambla portuaria, que prometía ser un hotel con centro de convenciones, hasta la esquina de la Confitería Cantegrill, que bien podría haber sido vendida a una cadena de tiendas para su local mas excéntrico en pleno Pocitos. Pero el primero languidece en su abandono y el último se debate entre existir como pastiche de un edificio anodino o desaparecer. Eso sin considerar el oprobio de la estación central General Artigas de Montevideo, esperando no se sabe qué milagro para no terminar de desmoronarse en su abandono.

Siento que siempre llegamos tarde, que los encargados de pensar y ejecutar políticas para la ciudad o bien están enredados en sus propias burocracias o bien, lisa y llanamente, no parecen tener una idea clara de qué tipo de ciudad deberíamos tener. Y acaba sucediendo que el agua nos pasa por arriba una y otra vez y tenemos que presenciar todo tipo de pérdidas arquitectónicas por los motivos de siempre: “no estaba en la lista de protección” o bien “pagaron la multa por demolerlo”, entre otros argumentos que más que motivos son consecuencia clara de una enorme ignorancia.

Una nueva ley de Patrimonio se hace cada vez más necesaria pero, en el interín, ¿no deberíamos darle más valor al sentido común? ¿A ese sentido que nos dice que, a pesar de no estar en ningún decreto de protección o interés, hay edificaciones en Montevideo que no deberíamos perder?

Dirán que sería caer en la discrecionalidad, pero en el actual estado de situación, las listas de protección y las regulaciones para construir obra nueva (que fomentan la ocupación total del terreno en planta y el desarrollo máximo en altura) no están colaborando en lo más mínimo en la consolidación de la imagen más original de Montevideo, esa que la hace ser única por su profusión de hermosos elefantes blancos, raros, a veces incalificables, pero sobretodo únicos. Todos merecemos una segunda oportunidad. La arquitectura de Montevideo también.

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Nueva Troya es el blog de Alfredo Ghierra sobre la ciudad de Montevideo y su patrimonio arquitectónico. Actualiza el sábado en forma quincenal.

Sobre este blog
Montevideo vive en el presente un asedio muy particular, similar a los que supo resistir durante el siglo XIX, que la enclaustraron e impidieron por décadas su normal desarrollo extramuros. Pero el de hoy tiene un signo muy diferente en cuanto a la naturaleza de sus sitiadores: mientras que en el pasado los enemigos eran “los de afuera”, en el presente parecen ser muchos de sus propios habitantes y el sitio que sufre, lejos de ocurrir al aire libre, se desarrolla subrepticia pero incansable en una mente colectiva que no logra verse en el espejo de la realidad.

Sobre el autor
Alfredo Ghierra (Montevideo, 1968) es artista visual y desarrolla desde el año 1994 permanente actividad en Uruguay y el exterior. Sus obras a lápiz y tinta son las mas reconocidas, pero trabaja también la animación, el ensamble de objetos, la pintura al óleo y la fotografía. Desde 1995 es director de arte para el medio audiovisual. Sus campañas performáticas como el personaje Ghierra Intendente han unido arte y política en un colectivo de creadores que trabajan por la ciudad.

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Foto: Edificio donde se ubicaba la tienda Introzzi en la esquina de Rondeau y Galicia, hoy perteneciente a la Dirección Nacional de Medio Ambiente. Crédito: Daniel Villar.

Alfredo Ghierra

Alfredo Ghierra (Montevideo, 1968) es artista visual y desarrolla desde el año 1994 permanente actividad en Uruguay y el exterior. Sus obras a lápiz y tinta son las mas reconocidas, pero trabaja también la animación, el ensamble de objetos, la pintura al óleo y la fotografía. Desde 1995 es director de arte para el medio audiovisual. Sus campañas performáticas como el personaje Ghierra Intendente han unido arte y política en un colectivo de creadores que trabajan por la ciudad.

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1 Comentario

  • El problema para toda esa conservación patrimonial es: ¿quién pone la plata, si estamos todos corriendo la liebre?

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