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Una FIFA (y otros más) en fuera de juego

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Por Rafael Porzecanski ///

Basta un rápido paseo por las famosas “redes sociales” para constatar que la gran mayoría de quienes amamos el futbol sentimos gran satisfacción al ver que el brazo de la justicia norteamericana alcanzó a un puñado de altos dirigentes de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), independientemente de los reparos que quepan sobre el sistema judicial y represivo de los Estados Unidos dentro y fuera de sus fronteras. Casi todos nos alegramos también al observar cómo el dominó de los acontecimientos terminó derribando a la ficha política más importante del futbol mundial, forzando a Joseph Blatter a presentar su renuncia a la presidencia de FIFA pese a haber sido reelecto tan solo cuatro días antes. Estos episodios han sido un saludable freno a tanta inmunidad que gozaron estos y tantos otros directivos para cometer los más diversos delitos e injusticias deportivas.

El filósofo Jürgen Habermas es autor de una dicotomía en torno a dos formas en que las sociedades procesan sus decisiones y eligen sus destinos: una vía es a través de la prevalencia del mejor argumento, la otra vía es a través del ejercicio del poder. Pues bien, en este “Mundo FIFA” hoy jaqueado es donde el poder (y sobre todo el poder del dinero) ejerció su reino durante tantos años. Ejerció su reino, de un lado, para determinar resultados deportivos en lugar que lo hicieran los veintidós protagonistas de short y camiseta. Fue así, por sólo citar un ejemplo, que Corea del Sur logró un ridículo cuarto puesto en su propia tierra en el Mundial de 2002, gracias a escandalosos arbitrajes en sus partidos de octavos y cuartos de final contra España e Italia.

La prevalencia del poder por sobre la justicia también operó en todos los aspectos logísticos vinculados a la difusión y consumo de futbol en el planeta. Es justamente por el descubrimiento y registro de una rampante corrupción en la negociación de derechos mediáticos de una variedad de competencias latinoamericanas, que la justicia norteamericana tiene hoy entre las cuerdas a los antiguamente intocables directivos. Así, las empresas triunfantes en tantas instancias no fueron necesariamente las mejores sino aquellas que más hábilmente se desenvolvieron en el triste arte del soborno.

La corrupción en el mundo del futbol incluso determinó mucho más que resultados deportivos y pugnas empresariales. Gracias a una descarada campaña de sobornos, la FIFA otorgó a Qatar la realización del Mundial de Futbol de 2022 por sobre candidatos con muchas mejores calificaciones y condiciones para la organización del máximo evento futbolístico. Qatar: un país en donde los preparativos iniciales del Mundial llevan ya más de un millar de obreros muertos (muy por encima del saldo arrojado por cualquier otro evento deportivo similar de décadas recientes) y otros tantos miles trabajando en condiciones que rozan la esclavitud.

El presidente actual de la Conmebol, Juan Angel Napout, opinó días atrás que el problema de la corrupción en el futbol es un problema de individuos pero no de instituciones. No podría estar en una vereda más enfrentada. Si la corrupción ha sido moneda corriente durante tanto tiempo en la FIFA y sus subsidiarias, seguramente se deba a una ingeniería legal y política que la ha amparado y fomentado. Gracias a esta ingeniería, por ejemplo, los clubes y asociaciones son primero amenazados y de ser necesario severamente castigados por FIFA cada vez que intentan resolver un diferendo en la justicia ordinaria. Debemos tener en cuenta, además, que los actores políticos y judiciales de decenas de países han sido directos responsables de que la FIFA se haya inflado de tanto poder discrecional y gozado de tanta impunidad durante décadas. Qué decir, por ejemplo, de la clase política paraguaya que en 1997 le otorgó por ley un estatus similar al de una embajada a la sede de la Conmebol en Asunción para que gozara de plena inmunidad. De igual forma, sin la “vista gorda” (o directamente abierta complicidad) de la clase política argentina es inentendible el sultanato de Julio Grondona (mano derecha de Blatter) al frente de la Asociación Argentina de Futbol (AFA) durante más de tres décadas. Por ello, no basta con clamar por apariciones esporádicas de fiscales poderosos ni con cambiar suizos por príncipes o Burzacos por Casales. Más bien, uno desea que la consecuencia de fondo de estos acontecimientos recientes sea la ruptura del denso entramado normativo y político que consolidó un peculiar sub-mundo en donde tantos empresarios ganaron “por las malas” y tantos personajes vivieron plácidamente su sueño coimero.

Como uruguayo, uno también desea que los impactos de esta crisis afecten saludablemente al futbol de entrecasa pues también aquí el descarnado ejercicio del poder le ha ganado por goleada a la justicia y la cristalinidad. Por algo será, que nuestro principal embajador de la corrupción en el Mundo FIFA ejerció durante tantos años la presidencia de la Asociación Uruguaya de Futbol.

 

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