Editorial

Las historias que nos contamos

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Por Rafael Mandressi ///

Hay “una campaña desplegada por la oposición y diferentes medios de comunicación, destinada a menoscabar la imagen y credibilidad, tanto de integrantes de nuestro gobierno como así también debilitar la institucionalidad democrática del país”. Así reza, con su frágil sintaxis, el comunicado del Plenario del Frente Amplio que, desde que fue emitido el 5 de marzo pasado, dio lugar a críticas, reparos, rechazos, tomas de distancia, algunas adhesiones, una agitada sesión del Senado de la República y, en términos generales, a un debate sobre lo excesivo, lo inapropiado, poco pertinente o incluso tácticamente torpe de semejantes afirmaciones.

Una de las reacciones provino de la Asociación de la Prensa Uruguaya, que, en su propio comunicado, emitido 48 horas después, afirma que “una de las tareas fundamentales del periodismo es informar sobre aquello que se quiere ocultar”. A tono con esa idea, se dijo abundantemente que los medios no hacen más que dar cuenta de los hechos, y que si esos hechos no son del agrado del partido de Gobierno, la culpa no es del mensajero.

Planteada en esos términos, la controversia dibuja un espacio bastante estrecho, en el que solo parece posible afiliarse a una teoría conspirativa obtusa o a la descripción de un paisaje encantado, en el que retozan los ositos cariñosos de la libertad de prensa. Entre esos dos extremos, ambos fundamentalmente ficticios, se puede hacer el intento de pensar otra cosa, sin que haga falta atribuir intenciones ni volver a masticar la gastada discusión sobre la imposible objetividad. Tampoco es cuestión de darle una vuelta más al tornillo de la imparcialidad o de la ética periodística.

Aunque pueda parecer excesivamente generoso, demos por bueno que todo ello se cumple sin fisuras, que la honestidad, el rigor y la buena fe campean victoriosos en el mundo del periodismo. Sin restarles importancia, que la tienen, la integridad, la seriedad y hasta la inteligencia de los periodistas no alteran sin embargo la naturaleza de lo que los medios de comunicación producen, es decir narraciones.

Los medios informan, sí, pero no en el sentido que parecen darle a la expresión quienes sostienen que ponen los hechos en conocimiento de sus consumidores, que vuelcan a la opinión pública, sin más trámite, una realidad que existe independientemente de la manera de capturarla y traducirla. Los medios informan en otra de sus acepciones, la de dar forma: seleccionan, jerarquizan, elaboran, y al hacerlo producen narraciones donde los “hechos” y su interpretación son inseparables. Es más: ningún “hecho” se constituye enteramente sin su interpretación. De otro modo, carece de sentido, y un “hecho” sin sentido no alcanza a convertirse en tal. Así circulan los “hechos”, instituidos por sus interpretaciones, en una trama de historias que las sociedades se cuentan a sí mismas a través de dispositivos de mediación –los “medios”, precisamente– que ofician también como dispositivos de producción.

No hay en esto designios aviesos ni operaciones malintencionadas, así como tampoco hay verdades autónomas, duras y en bruto, que viajen montadas en la transparencia ilusoria del mejor periodismo, sino un conjunto de historias, una suerte de historiografía difusa, que por su propio funcionamiento, las más de las veces recoge y devuelve, reafirmándolas, las coordenadas del sentido común, tejidas por definición con el conformismo de las evidencias presuntas y el conservadurismo de las opiniones a priori. El conformismo y el conservadurismo de los medios se alimentan de los nuestros, cuyos ecos resuenan, multiplicados, en las redes sociales, antes de volver a nosotros en la prensa, la radio o la televisión, prontos para una nueva digestión. A la hora de producir “hechos”, nosotros también informamos a los medios.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 28.03.2016

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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