Libertad de expresión y construcción de una cultura de respeto: La experiencia de La Tertulia de En Perspectiva

Por Emiliano Cotelo ///

Cuando me invitaron a participar en este panel y me indicaron el tema, pensé de inmediato en “las tertulias” o, como las llamamos desde este año 2015, “las mesas” de En Perspectiva.

¿Por qué? Porque en ese espacio se conjugan, justamente, la libertad de expresión y la construcción de una cultura de respeto.

Cuando a fines del año 2000 comenzamos a conversar con Javier Massa, entonces director de El Espectador, sobre su idea de lanzar las tertulias, enseguida nos planteamos como uno de los objetivos el de contribuir, desde la radio, a que avanzara la tolerancia en la sociedad uruguaya (*).

Abordando la actualidad entre cuatro personas de formaciones, edades y pensamientos distintos queríamos demostrar, día a día, durante 60 minutos diarios, que las diferencias de enfoque no son un obstáculo para entender un tema sino, al revés, una oportunidad; que es posible debatir sobre las diferencias sin terminar a los golpes; y que, incluso, sin apearse de sus respectivas posturas, esas personas pueden trabajar juntos con espíritu de equipo.

Creo, modestamente, que con la continuidad de estos 14 años hemos hecho un aporte a la reflexión y a la tolerancia entre los uruguayos.

Lo digo no tanto por mi evaluación o la de mis compañeros, sino por el retorno que nos llega cotidianamente de los oyentes.

Y si eso ha sucedido no ha sido por casualidad. Hemos trabajado duramente en este empeño. Y una pieza clave ha sido la libertad de expresión con la que han contado los tertulianos. Pero…lo interesante es que esa libertad de expresión no ha sido absoluta. Le hemos puestos limitaciones. No al contenido de los dichos, que jamás hemos censurado. Pero sí a la forma de los dichos.
Puede sonar curioso pero creo que en esas limitaciones, justamente, radica una de las claves del éxito que aparentemente hemos tenido en aquel objetivo que nos planteamos.

Por eso, me parece, puede ser útil que yo hable de este tema hoy acá. No para promocionar mi programa de radio ni para hacerme “autobombo”. Para compartir algunos secretos de esta experiencia que tal vez puedan resultarle útiles a otros.

El origen

Las tertulias nacieron por dos grandes razones: porque queríamos volver a innovar en un programa periodístico que ya llevaba 15 años al aire; y porque nos parecía que en radio se abusaba de las entrevistas y las columnas individuales y estaba faltando la riqueza del intercambio entre puntos de vista distintos.
Pero la solución no era hacer cada mañana una polémica entre dos políticos. Primero porque no sólo entre candidatos presidenciales ha sido problemático el debate en Uruguay; en aquellos años era un verdadero triunfo armar un debate entre dos diputados o entre un senador y un ministro. Segundo porque nos parecía que el intercambio no podía quedar limitado a esas mismas voces, ya muy escuchadas todo el día, de jerarcas de gobierno, parlamentarios y dirigentes políticos.

Javier fue en busca de otros formatos y se entusiasmó con el modelo de las tertulias de las emisoras españolas, y sobre todo con una variante, la que practicaban en las mañanas de la Cadena SER, que era la más sustanciosa y profunda. Se trataba de conformar cinco mesas fijas para cada día de la semana, integradas cada una de ellas por cuatro comentaristas seleccionados en el ámbito periodístico y académico en función de su capacidad para aportar observaciones inteligentes y agudas, concisas y directas. Se buscaba, además, que su combinación permitiera que entre lunes y viernes pasara por nuestros micrófonos un espectro muy amplio de tonalidades políticas, ideológicas y religiosas, edades, formaciones profesionales y experiencias laborales.

Con esa forma de integración conseguíamos algo mucho mejor que un debate diario entre dos voces. Si lográbamos la dinámica adecuada, esa conjugación de cuatro voces iba a ser más entretenida y sorprendente que la otra alternativa. Pero además, de hecho, armábamos una hora diaria de análisis y reflexión que, de algún modo, podía reflejar la forma cómo la sociedad uruguaya estaba discutiendo en torno a los temas de la agenda nacional e internacional. Es cierto que iba a ser un “espejo” un poco “elitista” de la población de nuestro país (porque lo conformábamos con gente habitualmente bien informada y en la mayoría de los casos con formación universitaria) pero eso ayudaría a que esas conversaciones fueran más útiles para el oyente. Y, al mismo tiempo, esa idea de “la mesa”, de un grupo relativamente grande que se ponía a polemizar, que se parecía al encuentro familiar a la hora de la cena, o a la reunión de amigos en un café o en un restorán, facilitaba mucho el tercer objetivo (el que hoy estoy desarrollando acá): Demostrar que, pese a las divergencias, es posible la convivencia y hasta la cooperación.

Ahora, una vez fijados los objetivos, teníamos que definir un método para hacerlos viables. Y en ese método un capítulo fundamental eran las reglas del juego. Así que preparamos ese reglamento que, en particular, incluía varias disposiciones sobre la forma en la que los tertulianos se expresarían y se relacionarían entre sí.

El manual de estilo de La Tertulia, que redactamos a comienzos del año 2001 está salpicado de esas directivas, que remarcábamos con mucho cuidado.

¿Cuáles eran? Si no les parece mal, leo algunos ejemplos de aquel texto:

Algunas de las reglas

Tratando de definir con claridad el formato, decíamos: En un “debate” tradicional se busca específicamente la confrontación de opiniones sobre un determinado tema. En cambio, en La Tertulia puede existir la confrontación pero no es éste el elemento central ni identificatorio de ella; puede incluso haber exposición de opiniones antagónicas sin que se genere confrontación.

A propósito del tono de la conversación, planteábamos: Como en las tradicionales tertulias de café (…) se busca que en la mesa reine un ambiente de camaradería y confianza mutua, que se facilita con el tuteo (si no es forzado), la “buena onda” y el sentido del humor.

Sobre las pretensiones del espacio, aclarábamos: Lo que hay que priorizar es el efecto “agitador” en la cabeza del oyente: hacerlo pensar. Si un análisis no llega a redondearse, no importa. Es altamente probable que ello suceda.

En torno a la forma en que debían plantarse unos frente a los otros, enfatizábamos: A los contertulios “no se les va la vida” en estas charlas. Y eso vale también para el apasionamiento con el que encaran sus discusiones al aire. Deben sí ser vitales, entusiastas, originales y enfáticos. Pero todo tiene un límite.
(…) No hay que tirar a matar al “contrario”. La diversidad de visiones está deliberadamente buscada para resaltar el atractivo del espacio, no para generar confrontaciones “personales”. Aquí no hay contrarios: hay amigos (con visiones diferentes que las nuestras, a los que respetamos y apreciamos), con los cuales charlamos sobre la actualidad.

Y, finalmente, apelábamos al sentido de equipo: Por encima de los enfoques diversos que los contertulios tendrán sobre la realidad y el mundo, cada una de las cinco ruedas debe verse a sí misma como un equipo con un objetivo común: hacer la hora de radio más interesante y entretenida que sus miembros sean capaces de lograr. Por lo tanto, queda claro que no estamos ante un ámbito de competencia para laudar quién es más listo o para destruir a alguno de los colegas.

La Tertulia es un espacio de construcción conjunta del mejor producto intelectual y de entretenimiento posible.

Con eso no alcanzaba

Confieso que me impresiona un poco todo lo que previmos y escribimos antes de empezar. Arrancamos con una base firme y eso seguramente ayudó mucho. Pero también les aclaro que con aquel manual no estaba todo resuelto. Y esa es otra lección que supongo que sirve para este panel de hoy.

Para que las tertulias fueran, efectivamente, un ejemplo de tolerancia, el equipo de producción y yo hemos debido estar alertas minuto a minuto y hemos tenido que actuar muchas veces, de diversas maneras.
¿Cómo?
Por ejemplo, teniendo reuniones mano a mano con los tertulianos a los que “se le va la moto”, para que se encarrilen; unas veces esas charlas tienen éxito y otras no; y en este último caso pactamos el alejamiento, discretamente, sin hacer aspavientos.
Por ejemplo, observando con cuidado cuándo se desgasta la relación entre dos integrantes de una mesa, para intervenir intentando aceitar ese vínculo o, llegado el caso, separarlos, colocándolos en mesas diferentes.
Por ejemplo, dejando claro qué lenguaje puede utilizarse en estas tertulias y cuál no; algunas veces esto yo lo hago directamente al aire, para que lo escuche también la audiencia.
Y, por último, controlando las desviaciones “circenses” o “espectaculares”, una tentación que cada tanto ha asomado, que probablemente nos generaría ratings mas altos, pero nos alejaría por completo del objetivo central.

Los resultados

Con estas reglas y estos cuidados hemos navegado ya durante 14 años, lo que indica que las cosas van bastante bien, ¿no?

Este espacio enriquece la oferta del programa, agregando otra “textura” que complementa a las noticias, los informes, los móviles, las entrevistas y los análisis. Marca dentro de la mañana nuestro pico de audiencia, en cantidad pero sobre todo en calidad. Provoca la participación de los oyentes. Genera repercusiones periodísticas y hasta políticas.

Pero, sobre todo, lo que más orgullo me da, las mesas gotean día a día un aporte a la construcción de una cultura del respeto y la tolerancia.

Podría citar muchos mensajes de los oyentes que describen lo que ocurre del otro lado del receptor. Pero elijo este que llegó el martes pasado, justamente, mientras preparaba estos apuntes:

Es un correo electrónico de Julián de Solymar:

Hace días que vengo pensando cómo expresar lo que me ocurre con las mesas (tertulias) desde hace mucho tiempo. Ayer, casualmente, escuché en otra radio una entrevista que le habían hecho hace años a Carlos Maggi. En una de las contestaciones, él se refirió a las tertulias y su evolución. Dijo algo así como que «comenzaron siendo muy criticadas por la audiencia y terminamos siendo muy queridos los integrantes, luego de que ellos fueron cambiando el estilo y algunas cosas».

No es menor que las tertulias vayan cambiando y evolucionen de una manera particular y, coincidentemente, en un estilo similar en todas. He visto esa evolución, por ejemplo, en la mesa de los lunes, donde hay gente muy joven y otra más veterana, uno de ellos que está recién comenzando y otro que ya tiene vasta experiencia. Para mí la evolución consiste principalmente en dar la opinión con fundamento desde la óptica que cada uno tiene, pero lo más importante es cómo se van escuchando y buscan encontrar coincidencias. Se practica aquello que «se escucha para entender al otro y no para contestar». Incluso la tertulia de los Jueves, que tiene una aparente antagonismo entre los integrantes, se busca ese objetivo.

Pero también puedo contarles de otras consecuencias, tal vez no buscadas inicialmente, y que se han dado con frecuencia de este lado del micrófono. El hecho de participar juntos en este espacio ha generado amistades nuevas entre personas ubicadas en las antípodas desde el punto de vista político o religioso. Tertulianos que no se conocían de antes, a quienes yo presenté en la radio el primer día que coincidieron en una mesa, a partir de la discusión frontal de cada semana y de “el tercer tiempo” que siempre se da a la salida, en el corredor o en la vereda, fueron forjando relaciones de confianza y luego de amistad: uno lleva en el auto al otro, se reúnen sumando a sus familias, conversan mano a mano hasta altas horas de la noche, sin que eso implique que cambien sus preferencias ideológicas o religiosas pero seguramente sí dejando caer algún muro, enriqueciéndose mutuamente, convirtiéndose, en definitiva, en otros, un poco mejores, porque tienen las cabezas más abiertas.


Exposición realizada por Emiliano Cotelo en el panel titulado “Libertad de expresión y construcción de una cultura de respeto”, incluido en El Atrio de los gentiles, organizado por la Arquidiócesis de Montevideo de la Iglesia Católica.

En esta mesa, que fue moderada por Mónica Arzuaga, también intervinieron Ana Jerosolimski, Tomás Linn y Patricia Lussich.
• Salón Azul de la Intendencia de Montevideo
• Sábado 07.11.2015, hora 11.


(*) Es cierto que la sociedad uruguaya presenta un alto grado de tolerancia en comparación, por ejemplo, con otros países de la región. De todos modos, cada tanto existen empujes preocupantes en sentido contrario. Y, además, ese valor que atesoramos no es, de por sí, eterno: requiere que se lo cuide y se lo “construya” de manera constante.

 

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Emiliano Cotelo

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2 Comentarios

  • Lamento este comentario atrasado que por serlo no sé si llegará a ser leído. Felicito a Emiliano y a EnPerspectiva por la obra que vienen desarrollando, sin duda algo especial en nuestro medio y digno de celebrar. Creo que todo lo que dice Emiliano sobre las tertulias, su conformación y su desarrollo, es positivo. Sin embargo, para no quedarnos en lo muy bueno y siempre intentar subir el listón, ne gustaría proponer una variante o más bien un agregado a lo actual. Hay ciertos temas que tienen una importancia general para nuestra sociedad más notoria que otros. En particular algunos temas políticos que tienen relación con la eventual grieta mental que se ha formado o que está formándose. Entre otras cosas, con ese problema está en juego esa armonía que se busca en las tertulias a la cual Emiliano hacia especial referencia, pero ya no referida a una mesa en una radio sino a nivel de toda la sociedad. Por eso creo que la discusión pública sobre esos temas especiales políticos que son «parteaguas» podrían y deberían ser objeto de mayor espacio de tiempo (o por ej. varios capítulos sucesivos progresivos), de mayor profundización (yendo más a fondo en la discusión) y, tal vez incluso, de mayor especialización (agregando a la discusión a panelistas mejor formados en los asuntos específicos en discusión que los tertulianos regulares). La idea en esos casos no sería sólo el aprendizaje y ejercicio de una práctica discursiva amable y constructiva, y entretenida para la audiencia, sino también un aprendizaje y mayor consciencia acerca de lo que cada ciudadano realmente vota y sigue como ideal político. Una democracia requiere la posibilidad de que cada persona tenga voz y voto en la construcción del destino colectivo de la nación, pero una democracia plena y de calidad es la que se construye con ciudadanos que saben lo que quieren, lo que para ellos es importante, y saben distinguirlo entre la oferta electoral partidaria existente para que con su voto y militancia eso bueno que desean para el país pueda efectivamente construirse. No es un asunto menor. Y hoy en día, en analogía con las muy conocidas «fake news», están las que podría llamar a estos efectos los «fake political slogans» o algo similar que nadie, o casi nadie, se preocupa en aclarar. Es tarea para el periodismo profesional y serio, como el de EnPerspectiva aportar al respecto. Creo que sería algo sin dudas novedoso y muy bueno para el país todo.

  • Voy a dar el ejemplo y agregar un comentario más al anterior. Porque el tema es justamente éste: que muchas veces la concisión que demanda el espacio atenta contra la adecuada comunicación. El término que usé «fake political slogans» pretende conciliar en tres palabras algo que obviamente es más amplio. Podría (o tendría que) usar más de una carilla para explicar a qué aludo con él. Una vaga idea puede dar. Por eso lo usé, para intentar al menos resumir un concepto. Pero permítanme explicarme mejor. Un ejemplo creo ayudará. ¿Existe una dictadura en Cuba o no? ¿Existen libertades básicas? ¿Es el régimen cubano una democracia o se describe mejor de otra manera y cuál sería ésta? Hace poco, con las manifestaciones sociales que se produjeron en la isla, la situación se trató. Con el estilo que describió bien Emiliano. Pero faltó profundización, de la que yo refiero. No basta que los tertulianos de preferencias izquierdistas digan que Cuba no es una dictadura, o digan que es una situación «especial» o cosas del estilo, y que los de centro o derecha digan que sí es una dictadura y no es una democracia. No puede quedar la cosa por allí, como está plantada desde hace mucho tiempo en nuestra sociedad. No pretendo decir con esto que se debe convencer a unos u otros. Pero sí empezar por aclarar conceptos. A fondo. ¿Qué sería una dictadura? ¿Qué es lo esencial de una democracia? ¿Cuáles son las libertades básicas irrenunciables, si es que hay alguna? etc, etc. Lo anterior tal vez esté claro para algunos pero me animaría a asegurar que no lo está (aunque ellos tengan la sensación o impresión de que sí) para la gran mayoría de los ciudadanos. Son temas claves para cualquier democracia de verdad. Hay que clarificar conceptos y discutir a fondo eventuales diferencias de interpretación. Tal vez no nos pongamos todos de acuerdo en qué es lo mejor para una nación, si el modelo cubano o el neozelandés, pero sí deberíamos poder ponernos de acuerdo acerca de qué significa una cosa y qué significa otra, porque si no lo hacemos, en ése ámbito político ninguna tertulia y ningún periodismo de calidad como el de En Perspectiva servirá de mucho, más que para pasar el tiempo. Ánimo. Manos a la obra.

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