Ballet, hisopado y acusaciones de nazismo: Crónica del pase responsable en el Auditorio Nacional del Sodre

Foto: Auditorio Nacional del Sodre

El gobierno realizó este sábado en el Auditorio Nacional del Sodre una prueba piloto del llamado “pase responsable”.

La intención era experimentar con un sistema que permita la reapertura de las salas de espectáculos y otro tipo de eventos antes de que “la pandemia sea cosa del pasado”, al decir del ministro de Educación y Cultura, Pablo da Silveira. Es decir, para que no pasen muchos meses más con esas actividades congeladas.

Para llevar a la práctica este simulacro el pretexto fue una puesta en escena del Ballet Nacional del Sodre, y público estaba era limitado, integrado casi en su totalidad por integrantes del gobierno y periodistas.

Hoy, En Perspectiva conversamos con Gastón González Napoli, miembro de nuestro equipo que estuvo presente en el evento.


Transcripción de la crónica:

Una experiencia desde todo punto de vista: volver a ver un espectáculo después de meses, recuperar aunque sea en parte la experiencia colectiva, el aplaudir en grupo, el no sentir el cansancio en los ojos por el brillo de una pantalla. Hasta se sintió bien volver a ver al tipo que sin querer activó el flash de su celular, al que comentaba cosas por lo bajo… Pero también fue una experiencia sanitaria, con bastante de película distópica, cosas a las que no logro acostumbrarme del todo a pesar de los meses, y fue una experiencia que se tornó extraña sobre el final, cuando nos enfrentamos a la manifestación que estaba transcurriendo afuera y que incluyó acusaciones de nazismo contra el gobierno, o que a mí me interpelara un joven pelilargo sin tapabocas que me trataba de sonsacar algo de cómo había sido el espectáculo mientras me filmaba no muy sutilmente con su celular.

Pero vamos por partes…

Ya habrán visto todos imágenes del ministro Pablo Da Silveira y de Martín Inthamoussu, el presidente del directorio del Sodre, que estaban tomando la temperatura por una medida sindical. Los trabajadores se habían negado a estar tan cerca de las personas que ingresaran antes de que se les hiciera un test, por lo que estos dos jerarcas tomaron la posta, en el caso de Da Silveira con mucho buen humor y también la sensación de que un poco se estaba haciendo ver para la prensa. Cuando yo llegué, que fui de los primeros, a eso de las 18:30, un encargado de prensa salía a hablar con los periodistas para avisar que el ministro iba a estar haciendo eso y luego él lo repetía cuando fuimos entrando. Inthamoussu, al menos cuando entré yo, estaba más callado. Fue él el que me tomó a mí.

La toma de temperatura que se ha hecho cotidiana era el primer mojón de un extenso protocolo sanitario. Al pasar, tuve que mostrar la entrada en papel que tenía y la cédula, con esto me dieron unos pegotines con mi número, que yo llevé rumbo a la siguiente etapa: la infraestructura armada para hacer los hisopados, con espacios individuales divididos por una suerte de cortinas, similares a los vacunatorios que hemos ido visitando en estos meses.

Allí le di mis stickers a una enfermera que los pegó en el tubo de mi hisopo. Luego me realizó el procedimiento, bien hasta el fondo, un procedimiento que tiene una mala prensa más que justificada porque es tremendamente molesto, tanto que salí entre lágrimas tratando de darme cuenta a dónde seguir, hasta que vi a la mujer dispuesta para la tarea que me indicó.

Entonces, llegué a la tercera etapa del protocolo: la sala de espera. En un espacio abierto bastante amplio que tiene el edificio del Sodre, a la derecha del hall de entrada, como debajo de las escaleras, habían dispuesto unas decenas de sillas separadas por la distancia recomendada, donde nos fuimos sentando los post-hisopados, hasta que vinieran a darte el resultado. Era medio gracioso porque te llamaban por el apellido como si te fueran a dar el resultado de un examen de facultad, y ahí te decían el resultado, pero al lado del resto de la gente. Por lo tanto, si alguien hubiera sido positivo habría pasado un momento de bastante vergüenza.

Por lo que informó Nicolás Martinelli, asesor presidencial y uno de los principales involucrados en la organización, no hubo ningún positivo.

Fueron todos negativos como fue mi caso, luego de esperar unos 20 minutos.

Mientras esperaba, afuera fue aumentando el bullicio: se armaron dos manifestaciones paralelas: una de artistas, principalmente de circo y actores de teatro, y otra de un grupo de personas llamémosles escépticos de la pandemia. De la primera me enteré al rato, cuando empezó a comentarse entre los periodistas que habían estado cubriendo afuera para la televisión y luego entraron. Y de la segunda nos enteramos allí en la sala de espera cuando empezó a escucharse una voz masculina por un altavoz, diciendo que lo que estábamos haciendo era comparable a la Alemania de 1933. Y enseguida entre los periodistas empezó a escucharse: “Es Salle, ¿no?”.

Efectivamente, estos escépticos eran liderados por Gustavo Salle, que se ha convertido en un vocero de esta corriente negacionista. Con ellos interactué recién a la salida, porque cuando llegué todavía no estaban.

Además de los vínculos con la Alemania de 1933, o sea el momento en que llegó Adolf Hitler al poder e instauró el régimen nazi, para quienes no tengan tanto manejo de fechas, se oían cánticos de “libertad, libertad”, y gritos de “alcahuete” y “vendepatria”, con un redoblante de fondo.

Después de que una chica me diera mi resultado negativo, estos eran todos trabajadores no del MSP sino de la Asociación Española, esta chica puntualmente hizo una mínima pausa dramática antes de darme el resultado que bastó para darme una punzada de miedo, después me señaló hacia dónde dirigirme, que era hacia donde están las boleterías del Sodre. Allí me pidieron el código QR que me había llegado al mail, esto aparte de la entrada que había tenido que ir a buscar personalmente a Torre Ejecutiva.

Ahí ven todo el protocolo: entrada física, cédula, hisopado, tiempo de espera, QR al mail, por supuesto siempre de tapabocas todos, también alcohol en gel.

Entré a la sala Hugo Balzo, la que está abajo, la más pequeña del Auditorio, a las 19. Faltaba una hora para empezar el espectáculo y sin señal de celular, algo de lo que se fueron quejando todos a medida que se percataban. Por suerte había sido previsor y tenía un libro conmigo.

El comentario general entre quienes esperábamos era la expectativa por al fin estar de regreso en una sala, esperando un show, aunque también iban planteándose las dudas: ¿es viable extender esto a un público general, con las largas esperas, la molestia del hisopado?

En esa hora de espera fueron llegando figuras del gobierno: Isaac Alfie, Remo Monzeglio, la vicepresidenta del Sodre Adela Dubra, la subsecretaria de Cultura Ana Ribeiro, el senador Guido Manini Ríos, senadoras y diputadas como Carmen Sanguinetti y Fernanda Araújo, William Rey…

María Noel Riccetto, que estaba viviendo presencialmente su primera puesta en escena del Ballet Nacional del Sodre desde que asumió el cargo de directora, pues el espectáculo que llegó a hacerse de Un tranvía llamado deseo la tuvo a ella en cuarentena y sin poder estar en la sala, dio un breve discurso a la hora señalada, en la que contó qué era lo que íbamos a ver y cómo había sido el proceso de trabajo.

“Hoy volvemos a mostrar nuestra excelencia”, dijo Riccetto.

Lo que siguió no lo podés quizás comentar desde el punto de vista cualitativo porque no tenés tantos conocimientos de danza, no podés hacer una valoración técnica, pero sí lo podés describir…

Y decirles primero que nada que me gustó, se sintió bien ver a artistas en su salsa y más todavía cuando tienen ese talento, esa capacidad de parecer ingrávidos y de narrar solo con su cuerpo, ya que ni siquiera los rostros tenían disponibles: estaban todos los bailarines de tapabocas.

Tampoco se notó el hecho de que habían tenido que ensayar cada uno en su casa, por video.

Eran tres coreografías, una de un brasilero, otra de un uruguayo, otra de un argentino, los tres jóvenes integrantes del BNS.

La primera obra fue intensa, oscura, con todos vestidos de negro, inspirada en la ley de violencia basada en género, una obra con movimientos violentos y hasta gritos de parte de los bailarines. La segunda, la del uruguayo, fue más sensual, romántica, con una extensa secuencia a dúo, cuando la anterior era más colectiva, y con los bailarines con tonos tipo verde petróleo y no ya tan oscuros. Y la tercera fue con tangos de Gardel, con camisas y polleras azules y bordó, todo muy sencillo pero también elegante, y con algunos toques de humor en la aparición de los bailarines que eran traídos al escenario tipo en carretilla, como si fueran muñecos, antes de que comenzara la música y los activara.

Al terminar el espectáculo, el ministro Da Silveira dio un discurso con mucho agradecimiento, además de a su equipo y a los bailarines, le agradeció especialmente a María Inés Obaldía, directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo, que fue una de las pocas representantes de la oposición presentes. Estaban ella y la directora de salud capitalina, Virginia Cardozo.

Da Silveira remarcó que este Workshop Coreográfico era algo “entre nosotros” para no traer a nadie de afuera y exponerlo, que no era algo elitista sino más bien para proteger al público. En ese sentido hizo hincapié en que los asistentes no habían ido con sus parejas, porque era una instancia laboral y no de esparcimiento.

“Nadie va a estar obligado a usarlo”, dijo da Silveira sobre la herramienta. También que la idea es tener herramientas antes de que la pandemia termine, porque el sector cultural está muy golpeado, y no pueden esperar a empezar a desarrollar una herramienta como esta cuando la pandemia afloje. Quieren estar listos para largar apenas se pueda, esa fue la idea general de su planteo.

Después la salida fue escalonada, fila por fila, según las indicaciones del personal del Sodre.

Al salir a la calle, te encontraste con la manifestación…

Sobre las nueve de la noche salimos por una puerta lateral del Sodre, nos encontramos con un trío de personas que filmaban a todos los que iban saliendo, dos mujeres con sendos celulares y un hombre con una cámara digital y hasta un micrófono. Al principio pensé que serían periodistas de algún medio más pequeño, porque preguntaban a todos cómo había estado el espectáculo, pero me quedé escuchando y a los que frenaban a contestarles les empezaban a preguntar qué opinaban de que el GACH no debatiera con Médicos Por la Verdad, esta organización negacionista de la pandemia.

Persiguieron unos cuantos metros a Manini, asediándolo a preguntas, él iba solo, sin ningún tipo de custodia. Tampoco se acercó hasta ahí la Guardia Republicana, que sí estaba apostada en la otra esquina, la de la entrada principal, donde estaba apelotonado el grueso de los manifestantes.

Al otro que estos manifestantes persiguieron fue a Gerardo Sotelo, presidente del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional, es decir los medios públicos, quien a diferencia de los demás les hizo frente, los discutió, les dijo “ustedes no son periodistas, son activistas” y terminó diciéndoles fascistas él a ellos mientras caminaba cada vez más rápido y ellos corrían atrás de él.

Ahí llegué hasta los manifestantes, entre los que todavía estaba Salle. A él se referían como “doctor”.

¿Cuáles eran las consignas?

Las consignas eran “no al pase verde”, “los que discriminan son nazis”, Salle le gritaba a la gente que salía del Sodre “váyanse mirando al piso”, había metida en el medio una bandera de Palestina, un rejunte de cosas, una mujer gritaba “asesinos” desaforada.

Y como yo me paré a mirarlos se me acercó un hombre que tendría 30 años, con look como de rockero de los 70: bigote, pelo largo, hasta lentes oscuros, por supuesto sin barbijo. Sin mala onda pero sí me empezó a hacer preguntas, a increparme, mientras sostenía el celular con una mano como filmándome sin demasiado cuidado. Se presentó como Vladimir y me preguntó primero cómo había sido el espectáculo y después qué opinaba del pase responsable, de que se permitiera entrar solo a algunas personas, me habló de un documento del GACH que señala que de las vacunas contra el covid-19 hay mucha información que todavía no se tiene, aunque es un documento de febrero y hoy hay bastantes más datos por lo que no es un documento actualizado. Ellos lo habían impreso y pegado a un contenedor de basura ahí en la calle.

Vladimir también me preguntó si no me parecía que era discriminatorio todo esto. Le dije que no tenía opinión al respecto aún y me dijo que él discrepaba conmigo, pero se ve que le terminé cayendo bien porque a los dos minutos me fue a buscar a ofrecerme ir a un bar a seguir discutiendo, cosa que me pareció a priori divertida pero me ganó la responsabilidad sanitaria.

Una experiencia de unas tres horas que tuvo un poco de todo…

Me queda la pregunta que sonaba mientras esperábamos en la sala antes de que arrancara el espectáculo: si toda esta parafernalia es viable para por ejemplo un concierto. ¿Una audiencia rockera esperaría pacientemente el resultado del test como hicimos nosotros? Quizás pidan que lleves el resultado de un test de la farmacia, ¿pero será tan fácil de controlar? Quedan varias dudas en el aire. Por lo menos pudimos volver a ver cultura en acción.

Agustina Rovetta

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