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Amodio: Una trágica ridiculez

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Por Fernando Butazzoni ///

El aún inconcluso episodio de Amodio Pérez en Uruguay está, de principio a fin, atravesado por el ridículo. Él reapareció después de 40 años para decir su verdad. El problema es que esa verdad, lo sea o no, ya estaba escrita en el testimonio titulado Palabra de Amodio, que fue presentado con bombo, platillo y redoblante. Y antes esa misma verdad ya había sido dicha en una larga entrevista concedida por el susodicho al periodista Gabriel Pereyra en Madrid. La redundancia aquí no suena a empecinamiento, sino a chochez irremediable.

Esa senilidad, natural después de todo, se reflejó de manera patética en la conferencia de prensa que dio en la tarde del viernes 7 de agosto, en el piso 25 del hotel Sheraton. Según la crónica del diario El País, vinculado estrechamente a la editorial que publicó el libro, allí Amodio “deambuló en un relato desordenado y sin rumbo, mientras acariciaba la copa de agua en un gesto errante, revisaba entre sus notas y pedía disculpas por los olvidos. La voz y las manos le temblaban”. La situación era rara. Los cronistas hablaban entre sí, se aburrían, no acababan de entender de qué iba la cosa. Todo oscilaba entre lo trágico y lo cómico.

Fue como una comedia de enredos. Al personaje lo indagaron por ingresar al país con un pasaporte falso que después resultó no ser falso, aunque tampoco verdadero. Así que le devolvieron el documento pero Amodio debió pernoctar en dependencias policiales. Luego hubo una contramarcha judicial y le retuvieron el pasaporte: la huella dactilar era de Amodio pero el tal pasaporte decía que se llamaba Walter Salvador Correa Barboza y que era un ciudadano español nacido en “Valparaíso (Uruguay)”. Para colmo, el verdadero Walter Salvador Correa Barboza es un apacible vecino de La Paz, en Canelones, que de pronto se enteró con asombro cómo un señor parecido a Homero Simpson le había usurpado su identidad.

El ridículo continuó en días sucesivos con denuncias relampagueantes, testimonios, acusaciones y frases más o menos ingeniosas, casi todas ellas pronunciadas por venerables ancianos de distintas banderías políticas, quienes narraron para la televisión, con lujo de detalles, lo ocurrido hace 45 años. El mundo siguió andando, la lluvia dejó al Uruguay bajo agua, China devaluó el yuan, Fripur anunció el cierre de su fábrica y casi 1.000 empleados se quedaron sin trabajo, a Joselo López le dieron licencia en el PIT, John Kerry fue a La Habana y regresó a Washington. Mientras todo eso ocurría, Amodio contaba una y otra vez su desgraciada historia, se mudaba de hotel y recibía citaciones varias.

Los casos que se ventilan son gravísimos y merecerían la máxima seriedad de la justicia, los imputados, los testigos y los medios de comunicación. Pero tal como viene la mano eso parece difícil, pues el circo mediático y la ridiculez senil del personaje central tienden a volverlo todo un paso de comedia. Liviano, casi inútil, y con olor a naftalina.

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