Youn Yuh-jung, Daniel Kaluuya y Frances McDormand, ganadores en las categorías de actuación. Crédito: POOL / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP

A propósito de los Óscar y la guerra cultural

¿Hollywood está atado por nominar y premiar actores que no sean de raza blanca y películas sobre racismo, feminismo e inmigración solo por «quedar bien»? ¿O refleja tendencias sociales?
Youn Yuh-jung, Daniel Kaluuya y Frances McDormand, ganadores en las categorías de actuación. Crédito: POOL / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP
Por Gastón González Napoli ///

Los Premios Óscar 2021 nunca tuvieron chance.

La pandemia explica primero el abandono del usual teatro, cambiado por una escenografía símil casamiento-antes-de-que-empiece-el-vals. Pero el mayor golpe que provocó el covid es que muchas películas no se estrenaron en cines, donde tienen más chance de generar runrún: en mercados como el estadounidense tuvieron solo estreno en streaming, donde debieron pelear y perder con los algoritmos, y en países como el nuestro no pudieron verse en ningún sitio por vía legal. He ahí el desinterés.

Lo que la pandemia no explica es la terquedad de negarse a acortar la ceremonia quitando los premios técnicos que no le importan al común de la gente, ya sea entregándolos antes de la televisación o en una segunda ceremonia menor (como hacen los Emmy). Ni tampoco el contexto sanitario explica la eliminación de todo rastro de entretenimiento. Ni siquiera hubo casi clips de películas, sustituidos por presentaciones sentidas que rozaron la vergüenza ajena (a Laura Dern le faltó lavarle los pies en cámara a Daniel Kaluuya por su actuación en Judas y el mesías negro). La noche estelar hollywoodense terminó con menos onda que los Premios Iris.

O sea, desde el punto de vista del espectáculo fue un año muy malo, un año acorde a lo que fue la temporada pandémica para el cine, y nadie lo discute.

Pero aparecen otros argumentos que van más por qué películas fueron nominadas y cuáles ganaron. Y aquí se pone más espinoso.

En Oír con los Ojos charlamos el sábado pasado en la previa junto con Emanuel Bremermann, periodista cultural de El Observador, y él proponía que los Óscar están siendo copados por películas «necesarias», por un «cine discurso» que tiene tantas ganas de tener un mensaje que se olvida de contar una historia, más panfleto que película de ficción.

Recojo ese palo y lo dirijo específicamente contra Promising Young Woman, que aquí, cuando llegue, se traducirá como Hermosa venganza. Ganó como Mejor guion original y estaba nominada a Mejor película, Mejor directora para Emerald Fennell y Mejor actriz para Carey Mulligan. No me pareció una mala película, hablando aquí desde la subjetividad; me gustó su estética visual, me gustó el trabajo de Mulligan, me gustaron recursos narrativos (los «tachones» que marcan los capítulos, el uso de «Angel of the Morning»), me gustó el giro dark que da sobre el final. Pero, y aquí cambio la pisada a lo que mejor manejo, que es el guion, Promising Young Woman se queda en argumentos nivel Twitter, con profundidad nula, subrayando con flúor lo que quiere transmitir no sea cosa que algún distraído no entienda (con la escena entre la protagonista y la decana como mayor culpable), y que en el clímax trata de atar todo con alambre y fracasa.

¿Por qué la premiaron, entonces? Y es difícil de decirlo, porque los Óscar tienen detrás una gigantesca campaña de lobby. No se premia necesariamente lo mejor, al menos en los últimos 30 años, desde que asomó su fea cara Harvey Weinstein y rompió el sistema con mano de hierro. La respuesta fácil es que Promising Young Woman tiene un discurso feminista, y si no ganaba algo en Twitter iban a linchar a los votantes de la Academia. Es bastante probable. Pasa mucho eso de que una película gane un premio porque «algo tiene que ganar».

Lo que discuto es la noción de que la falta de grandes estrellas nominadas responda únicamente a una obsesión con el discurso bienpensante y el miedo a otro #OscarsSoWhite. Responde a que las películas con grandes estrellas se pospusieron por la pandemia. No es que Meryl Streep, Tom Hanks y demás luminarias nunca más van a ganar porque hay que darle espacio a la abuela coreana de Minari (quien por otra parte está excelente en su papel, aunque desde acá hinchábamos por Maria Bakalova en la secuela de Borat).

Y corro eso al costado para saltar al 2022 e imaginar una paleta de nominados de nuevo muy colorida y diversa, con películas nominadas que hablan de racismo, feminismo e inmigración. Ya sin la excusa de la pandemia, ¿respondería, ahí sí, a una Academia que vive en un tupper de corrección política, a que leyes de cuotas están borrando el buen cine para darle paso solo a lo que «queda bien» premiar?

El cine es inseparable de su tiempo, como toda producción artística o al menos la que trasciende. Las filmografías hollywoodenses de los años 70 y de los 80 son el agua y el aceite no solo por el crecimiento del concepto de blockbuster que cambiaría a la industria para siempre, sino porque la sociedad estadounidense cambió y arrastró todo consigo. Comparemos nomás las Rocky (1974) y Rocky IV (1985). Los 70 tenían a la conciencia yanqui perseguida por la Guerra de Vietnam, por altos niveles de criminalidad en las calles de sus ciudades, eran tiempos complicados, mientras que los 80 son los de Reagan y Maggie, los del triunfalismo, los de elevar al paroxismo la retórica de Guerra Fría, los del capitalismo financiero desenfrenado.

¿No habrá que entender al Hollywood actual en esa lógica? Vuelvo a la saga de Rocky: las películas de Creed, estrenadas en los 2010, tienen un protagonista negro con Stallone en un rol secundario. ¿Es por ser woke, como dicen ellos, es decir por progres? ¿O es para explorar otra historia que no se repita demasiado con la de Balboa?

¿O es que la sociedad estadounidense cambió y el cine -hasta Rocky– lo refleja?

Ídem con las historias vinculadas con el feminismo o con la inmigración.

Hay de todo, eh, no me olvido de que Disney anunció una remake de Más barato por docena con una familia negra, un intento burdo por hacer plata con la tendencia social. Menos todavía me quiero acordar de los planes, a todas luces cancelados, de filmar una versión de El señor de las moscas con niñas en vez de con varones, como si contar las mismas cosas con mujeres fuera suficiente para ganar femipuntos. Y estoy seguro de que hay otras películas que logran meterse mejor en estos temas que algunas de las nominadas o de las recientemente premiadas (de estas últimas vienen a la mente Green Book o La forma del agua). Emanuel Bremermann, a quien antes mencioné, me habló de The Assistant, disponible en Amazon Prime Video, como contraparte de Promising Young Woman.

Al final del día, los votantes de la Academia son conservadores en su mayoría y no van a elegir las opciones más controvertidas, que muchas veces son las más interesantes.

Pero Estados Unidos, y por extensión Occidente -sigue siendo el faro aunque no a todos les guste-, está inmerso en una guerra cultural desde hace unos 20 años, agudizada hasta generar miedos de guerra civil en enero pasado cuando fanáticos trumpistas invadieron el Congreso. ¿El cine no debería reflejar esas tensiones sociales? A mí me parece que no puede no mostrarlas. Y que acusarlo con los ojos cerrados de «corrección política», lo que sea que eso signifique, es un absurdo.

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Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

Etcétera

Un blog sobre los placeres de la vida... y etcétera. Por Gastón González Napoli, productor periodístico de En Perspectiva, editor web de radiomundo.uy y escritor de ficción cuando le dan los tiempos.

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