Cae el rayo: El retorno improbable de AC/DC, parte 1

Por Gastón González Napoli ///

Los cañones dispararon por última vez en 2016. AC/DC estaba acabada. Quedaba solo Angus Young: el tipo más icónico de la banda, sí, pero la cosa no daba para más. We salute you.

Hasta hacía muy poco era una de las bandas de rock más importantes del mundo. Sus tres fechas en el Monumental de Núñez en diciembre de 2009 los mostraron a un altísimo nivel, aun pisando los 60 años. A 30 del Highway To Hell, el fuego seguía ardiendo.

Los comentarios en las filmaciones de esos conciertos que están disponibles en YouTube -parte del DVD Live at River Plate– rebosan de elogios y de envidia a quienes asistieron (quien escribe se cuenta entre ellos). Como si fuera uno de esos conciertos míticos de los que uno lee. Y fue hace nada y acá al lado.

Pero hace cuatro años, cuando Angus, el guitarrista del uniforme escolar, colgó su Gibson SG al finalizar la gira del Rock or Bust, no le quedaba nadie. Su hermano Malcolm, su escudero en la guitarra rítmica, un obrero de las seis cuerdas como se cuentan pocos, estaba senil, internado en una residencia, incapacitado. Murió al año siguiente. Phil Rudd, el baterista, a quien jamás se escuchó salirse de tiempo, estaba terminando un período de prisión domiciliaria. Lo habían acusado de intento de contratar un sicario. Brian Johnson, vocalista desde 1980, un tipo con pinta de camionero y voz arrancada del inframundo, se había bajado sorpresivamente en mitad de la gira. Aducía problemas auditivos que no le permitían ni siquiera escuchar a sus compañeros en el escenario y que amenazaban con dejarlo sordo más temprano que tarde. Y Cliff Williams, el bajista, quien ha reconocido que toca básicamente lo mismo en todas las canciones, y que sin embargo aporta tanto al sonido que supo ser elegido mejor bajista del mundo, se hartó y anunció su retiro.

A Angus solo le quedaba su sobrino Stevie, quien tiene la misma edad aproximada que él y Malcolm, y quien ya había suplantado a Mal en una gira previa en los 90. El tour del Rock or Bust lo terminó con Axl Rose como cantante, una elección algo bizarra que salió mejor de lo esperado y le permitió cerrar con dignidad. Pero a los fanáticos no les había hecho gracia la forma en que se le había dado una patada a Johnson; el experimento con Rose no tenía más futuro que el de la gira.

AC/DC estaba acabada.

Por eso me sorprendió tanto que en Twitter me apareciera una campaña de expectativa con un rayo electrificado y unas guitarras que me patean de regreso a la adolescencia más rápido que cualquier foto. Había leído noticias de que se había visto a Johnson en el estudio de grabación, había trascendidos de que estaban trabajando de vuelta… ¿Pero una campaña de expectativa en Twitter? ¿De AC/DC? Agrego: ¿una buena campaña de expectativa?

Como revividos por un desfibrilador, están de vuelta y el 13 de noviembre editarán un disco nuevo, su 16º o 17º, según cómo se haga la cuenta: Power Up.

El regreso inesperado y con tanto impacto, al menos para mí, que me ericé cuando escuché los primeros segundos del corte de difusión, «Shot In The Dark», me llevó revisitar la trayectoria de una banda que hace siempre lo mismo: ¿para qué cambiar si uno ha destilado la fórmula perfecta?

Un largo camino

Según rezan las sagradas escrituras, el rayo cayó en Sidney, Australia.

La gigantesca isla, ex colonia carcelaria del Imperio Británico, hogar de algunas de las especies más peligrosas del reino animal, se había convertido en los años 60 en hogar de una numerosa familia escocesa: los Young. George, uno de los hermanos mayores, fundó poco después el grupo The Easybeats, que creció rápidamente hasta volverse uno de los más exitosos de la década, de las primeras bandas de ese país en tener un hit internacional con «Friday On My Mind».

Con 20 y 18 años respectivamente, sus hermanos menores Malcolm y Angus comenzaron en el ’73 su propia banda. Los dos habían dejado la educación formal de adolescentes para ponerse a trabajar. Malcolm fue empleado de una fábrica de sutienes; Angus, de una imprenta.

El menor ya tocaba entonces con el uniforme escolar de short, camisa y corbata, una idea que le había dado su hermana después de verlo tantas veces practicando al volver de clase. Ella les dio también el nombre: leyó AC/DC en la parte trasera de su máquina de escribir, sigla de corriente alterna/corriente directa. A los hermanos les gustó asociarse con la electricidad.

Tenía que ver con la potencia de sus shows en vivo, pero el concepto le venía como anillo al dedo a Angus, que tocaba la guitarra imitando el «paso de pato» de Chuck Berry de una manera acelerada (o, podríamos decir, eléctrica). Al tiempo se tropezó en el escenario y siguió tocando solos desenfrenados desde el suelo, como si hubiera caído sobre un cable pelado; una práctica que pegó tan bien con la audiencia que la sumó a su rutina. Atentos no solo a la música sino a brindar un buen show desde el arranque.

Al año siguiente sumaron al bajista Mark Evans, al baterista Phil Rudd, y a otro escocés trasplantado, Ronald Belford «Bon» Scott, como vocalista. Scott había sido primero chofer de la banda, un personaje ideal para la onda de rock de clase trabajadora que profesaban, y un letrista que iría perfeccionando una mirada honesta y divertida sobre el rock y sobre la vida en la carretera, y una pluma aguda, sucia y recargada de dobles sentidos a la hora de hablar de sexo.

Rock de alto voltaje

Editaron dos discos en el ’74 y el ’75, High Voltage T.N.T., que combinaron en el ’76 para su primer álbum de edición internacional, titulado como el primero a pesar de tener bastantes más canciones del segundo. Buscar el High Voltage original es más bien un ejercicio de completista: las canciones más interesantes que no aparecieron en el disco de 1976 sí lo hicieron en el EP ’74 Jailbreak o en Dirty Deeds Done Dirt Cheap, el siguiente álbum de la banda. Solo vale la pena buscar «Love Song» para escucharlos haciendo algo verdaderamente distinto a lo que los hizo conocidos (¡¿una power ballad?!). Se nota que estaban aún trabajando su sonido.

Pero el High Voltage internacional es un discazo, particularmente su primera mitad. Ya es AC/DC, amada u odiada. Ya tiene los riffs insuperables, los solos rebosantes de notas, las letras que les permitirían disputar el cinturón de banda más dirty del mundo. Sobre el final el álbum pierde un poco de fuerza, pero ya querrían todas las bandas de rock del planeta un arranque tan intenso.

De pique, el clásico «It’s a Long Way to the Top», que se erigiría en himno de Bon Scott. Una rareza en la discografía de AC/DC por la presencia de un instrumento fuera de la base de guitarras, bajo y batería: gaitas. Y un gran videoclip sencillo, de la primera época de los videos musicales.

En el tracklist le sigue el menor pero disfrutable «Rock ‘n’ Roll Singer» y viene luego un trío perfecto. La blusera «The Jack», provista de uno de los mejores solos de guitarra de Angus, menos histérico que de costumbre, con más sentimiento, y provista también de una letra con tanto doble sentido que en vivo la cambian por otra más explícita para andar sin vueltas. Pero sí, todo indica que el Jack en cuestión, la carta «J» en la baraja francesa, es una referencia a una enfermedad venérea. Rocanrol, nena.

Le sigue «Live Wire», joya oculta, con su tremendo bajo pulsante y un in crescendo que culmina en ese acople que parece no terminar nunca.

Y el otro gran clásico del álbum, «T.N.T.», que sería uno de sus mayores hits, con sus coritos de macho y Scott asumiendo cómodamente el personaje de rockero hambriento de mujeres. Lock up your daughters, lock up your wives, cantaba: que guardes a tu hija y a tu esposa con la puerta trancada y te las tomes, porque viene él.

Salvo por el cierre con el tema epónimo, otro clásico temprano, el resto del High Voltage tiene más atractivo como semilla de lo que la banda construiría luego. El blues-rock «Little Lover», en la que Scott le canta a una chica de la que quedó enganchado desde el escenario, por ejemplo, suena a antecedente de gemas que se vendrían, como «Night Prowler» (del Highway To Hell). «She’s Got Balls» es un flor de riff, más que una canción.

En su momento el disco no fue tan bien recibido: la Rolling Stone lo destrozó. Sin embargo, guarda un buen lugar en el corazón de los fans del grupo, e incluso la crítica le dio otra apreciación con el tiempo.

«Scott sonaba como si te pudiera transmitir una enfermedad solo con escucharlo», escribe Stephen Thomas Erlewine en su reseña para Allmusic. «Sonaba como el portero del infierno, alguien que nunca ocultó la noción de que acechando detrás de la puerta hay cosas malas, peligrosas, pero que también son divertidas, y nunca pidió perdón por eso».

AC/DC arrancaba a escalar el largo camino a la cima pisando el acelerador. En tres años estarían allí, pero siendo estos los años 70, no solo sacarían tres álbumes más antes de lograr el salto, sino que vivirían unas cuantas vidas, y verían a Scott convertirse en un mito.

La semana que viene: la construcción del mito de Bon Scott

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Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

Etcétera

Un blog sobre los placeres de la vida... y etcétera. Por Gastón González Napoli, productor periodístico de En Perspectiva, editor web de radiomundo.uy y escritor de ficción cuando le dan los tiempos.

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