Se van para atrás

Por José Rilla ///

El asunto pasó como ráfaga en la plaza pública y merecía más calma: una agrupación de padres de alumnos de escuelas y liceos pidió a las autoridades de la educación participar en las decisiones respecto a la educación sexual de sus hijos, niñas y niños del Uruguay. La petición es extensa y fundamentada, también controversial como lo supone una cuestión de este tipo. Meses más tarde, las autoridades de la educación dieron a esta solicitud  –repito: que los padres intervengan en la educación sexual de sus hijos- una respuesta negativa, errónea e incomprensible desde el punto de vista técnico y ciudadano.

La negativa es injustificable porque, entre otros tan pobremente expuestos, se apoya en un argumento falaz, visiblemente tramposo: los padres no tienen capacidad ni -en consecuencia- potestad, para opinar sobre lo que sus hijos deben aprender. Ni en aritmética y geometría, o química orgánica, o en poesía modernista … por lo tanto, tampoco en la formación de la vida sexual y sus conexiones con la afectividad. Todo parece lo mismo, aunque es evidente que no es lo mismo. Más en general,  la patria potestad se termina en la puerta de la escuela o el liceo, allí donde comienza, entre expertos, luminosa y depuradora, “la ciencia” destinada a enterrar la ignorancia y la barbarie que traemos del hogar. El admirado José P. Varela habría firmado con entusiasmo una idea como esta.

A pesar de ese paraguas de prestigio, a esta altura no deberíamos aceptar tan mansamente que las autoridades de la educación muestren esa notable incapacidad para distinguir con sencillez la formación académica de la formación moral de los alumnos. Esto –digo por las dudas- sin renunciar a los vínculos entre ambas dimensiones.

Pero el problema es todavía un poco más grave: no podemos estar seguros de que esta idea, que ya tiene como 250 años, sea exclusiva del gobierno y de los administradores de turno;  creo que también le gusta a muchos padres (al menos hasta que la sienten en carne propia). Dice algo así: la educación no es de la gente, de la sociedad, la educación es del Estado que la resuelve en su nombre. Entre sus atribuciones está la de definir la moralidad, la subjetividad, la sexualidad por supuesto. Una demencia.

Claro, hay una densa historia en todo esto.  Se me ocurre resumirla en dos preguntas más generales que nos remiten tanto a emancipaciones vigorosas como a calamidades e infamias: ¿quién protege a los niños de sus padres? Y a la vez,  ¿quién protege a los niños de la escuela? Porque ambos, los padres y la escuela, tomados como institución, pueden causar un enorme daño a los niños, lo han hecho y lo seguirán haciendo.

En consecuencia, lo más prudente y lo más sabio, es abrir las escuelas y liceos, hacer de ellos espacios de responsabilidad compartida sin temas prohibidos, lugares de exigencia recíproca, sin autoritarismo. La escuela y la familia están en crisis, ¡qué noticia! Pero aun así, las mejores escuelas del mundo, que las hay en muchos países, son abiertas;  son aquellas en las que ningún actor es el guardián exclusivo de los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, viernes 03.08.2018

Sobre el autor
José Rilla es profesor de Historia egresado del IPA, doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires. Profesor Titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República y Decano de la Facultad de la Cultura de la Universidad CLAEH. Investigador del Sistema Nacional de Investigadores, ANII.

José Rilla

José Rilla (1956), profesor de Historia egresado del IPA, doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires. Profesor Titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República y Decano de la Facultad de la Cultura de la Universidad CLAEH. Investigador del Sistema Nacional de Investigadores, ANII.

Notas Relacionadas

8 Comentarios

  • Desde los 60′ la sexualidad comenzó un proceso de cambió, se fue desapegando de las morales -y moralinas dominantes- ¿por qué?; acaso eran tan rígidas hasta la asfixia.
    En todo caso, ni los padres, ni el estado, ni nadie, son «dueños» de la sexualidad de los niños -tema que de ningún modo apremia a los infantes, mas interesados en «cosas típicas de impúberes», sin carga de prejuicios, ni doctrina moral-.
    En la oferta de opciones debe haber necesariamente equilibrio, para que el párvulo, llegado el momento de alcanzar la sexualidad, tenga un amplio stock de insumos ¿para qué?, para que sea feliz.
    El protagonista de este tema, no es la escuela, la patria potestad, ni usted, ni yo; es el botija.

  • O sea, estimado Juán, lo que Ud. propone es que el botija se arregle como pueda. Que básicamente es lo que ha ocurrido en toda la historia de la humanidad. Tan mal no nos fue ¿o sí?

    • Estimado Daniel:
      Cada cual interpreta como quiere, si relee mi comentario para nada va en que «se arregle como puede».
      Por el contrario, escribí: «…tenga un AMPLIO stock de insumos ¿para qué?, para que sea feliz».
      (Para ser libre y acaso feliz, colabora sin duda, haber recibido la posibilidad de considerar varias perspectivas.)
      Saludos cordiales.

  • Con el mismo nombre del autor tuve el honor y la satisfacción de ser alumno de un Contador Profesor de Contabilidad Industrial y Bancaria, y una persona excepcionial.
    Del tema supongo que se habrá tomado nota que está vigente la Constitución:
    Artículo 41.- El cuidado y educación de los hijos para que éstos alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social, es un deber y un derecho de los padres….
    Aunque el respeto a la Constitución se ha perdido en los últimos años..

  • No comparto que los padres interfieran con la educación académica de sus hijos. Hoy en La Mesa dieron un ejemplo interesante: en EEUU a mediados del siglo XX unos padres se opusieron a que se hablara de la evolución de las especies de Darwin porque chocaba de frente con la Biblia. Por razones religiosas un grupo de padres intervino en una escuela. Intolerable.
    Los padres tradicionalmente y mayoritariamente suelen ser omisos a la hora de brindar educación sexual. Si tampoco van a permitir que los educadores lo hagan estamos fritos como siempre. Lo mejor sería un ideal término medio, que cada parte asuma su responsabilidad pero en forma complementaria.
    Me pregunto si estos padres tan celosos de lo moral supervisan lo que ven los niños por tv o internet.

  • ¿Los centros educativos se hacen trizas tratando de que los padres se involucren en la educación de sus hijos y nosotros decimos que los padres no pueden «interferir»?
    A algunos padres ausentes les damos la perfecta excusa. Le estamos errando.
    ¿Ahora resulta que el ámbito docente es autoridad indiscutible? ¿Autoridad infalible?
    A mí no me parece intolerable que un padre no quiera que se le enseñe tal o cual cosa a su hijo, por razones religiosas u otra razón cualquiera. Puedo no estar de acuerdo, pero como docente tendré que tolerar su punto vista, claro que sí, mientras trato de explicarle mis razones, como corresponde. Educamos a los alumnos junto con sus padres, no contra, a espaldas o a pesar de ellos.
    Los padres siempre tendremos opinión sobre la educación de nuestros hijos. Porque los padres somos responsables de la educación de nuestros hijos y esa responsabilidad es intransferible.
    ¿Es que los dejamos (depositamos) en un lugar para que los eduquen, y después los vamos a buscar cuando estén prontos? ¿Como si fuera el auto que llevo a lavar?
    De ninguna manera.
    Mis hijos se harán adultos y me pasarán factura a mí, no al Estado ni otra institución, por las decisiones que yo haya tomado sobre su educación, que en definitiva es sobre su vida. ¿Y me vienen a decir que no puedo opinar?
    Repito: ¡de ninguna manera! De participar en lo que impacta en la vida de mis hijos nadie me excluye.
    ¡Faltaba más!

  • ¡Excelente artículo! De acuerdo con Diego, Enrique y Daniel. También estoy de acuerdo con Juan en que -a mi criterio, que no puedo imponer a nadie- el Estado avanza ocupando espacios porque los encuentra vacíos, y que la ideología que impone -las teorías de género- también son una reacción contra una deficiente educación ética, particularmente en el ámbito de la sexualidad. Se ha transmitido una moral de prohibiciones heterónomas, impuestas desde afuera, sin que se entendiera por qué esas normas eran convenientes para la felicidad; se ha transmitido una visión negativa de la sexualidad y del placer…
    Es claro que el niño es persona, sujeto de derecho. Él tiene derecho a ser educado en todos los ámbitos, para alcanzar el pleno desarrollo corporal, intelectual y social, dice el artículo 41 de la Constitución. Pero este derecho tiene, como obligado directo, a sus padres. El niño tiene derecho a ser educado por sus padres, a que éstos dirijan su educación, a que elijan los maestros e instituciones que deseen. Así lo dice la normativa nacional e internacional vigente: artículos 41 y 68 de la Constitución, 6 y 10 de la Ley 18.437, artículo 26 inciso 3° de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, artículo 12, inciso 4° de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y art. 5 y 18.1 de la convención sobre los Derechos del Niño, artículo 258 del Código Civil, etc.
    El padre tiene el «deber» (frente al derecho del hijo) que es, a la vez, «derecho». «Derecho» frente a otros que tienen un deber de intervenir subsidiariamente en la educación (derecho «preferente» dice la Declaración Universal de Derechos Humanos). La escuela debe ayudar a los padres, no actuar contra los padres o a sus espaldas, como señala Diego.
    La ayuda, entonces, debe ser adecuada a las convicciones de los padres. Es la mejor garantía para el derecho del niño. Porque nadie, en principio (salvo raras excepciones) está más interesado en la felicidad del hijo que sus padres. Es más fácil que sea el Estado quien quiera adoctrinar, con una finalidad -la que sea- que no sea la propia felicidad del niño; los padres siempre intentarán ayudar a su hijo para que él sea feliz: su felicidad es el principal interés de los padres. Por eso, es fundamental el respeto a este derecho de los padres para que pueda cumplirse el derecho del niño.
    En la educación sexual, como atañe a lo íntimo de la persona, a su felicidad en el amor y respeto a otras personas, es lógico que sean los padres -que participan de la intimidad familiar con sus hijos- quienes puedan apreciar mejor la situación personal de su hijo, quienes puedan «tocar» esa intimidad sin dañarla, sin violentarla, pues nadie conoce y quiere más a su hijo que ellos. Pero necesitarán también consejo y colaboración de los maestros, de maestros que compartan sus mismos valores y convicciones. Cada uno tiene derecho a descubrir y elegir lo que considera que es su felicidad, en función de la cual valorará las acciones que conduzcan a ella. En esto consiste la ética. Y, como los padres representan a sus hijos porque tienen a su cargo su cuidado y educación (patria potestad), son ellos quienes deben guiar a sus hijos en ese descubrimiento y elección. En el ámbito de la educación sexual, como en todo el ámbito de la formación ética, la formación en valores no es una imposición, sino una educación: educir, ayudar a actualizar las potencialidades propias del hijo, respetando su individualidad personal y su progresiva discreción y libertad. No es igual a «presentar todas las opciones como igualmente válidas»: si no, no habría razón para elegir ninguna.
    En todo caso, éstas son algunas consideraciones sobre el tipo de educación que quieren dar MUCHOS de los padres que presentaron la petición que mencionan (recomiendo http://www.redpadresresponsables.com). Pero lo que comparten TODOS estos padres es que, en este ámbito de lo valorativo, y particularmente de la moral más íntima -en donde se encuentra la moral sexual-, no puede suponerse que están de acuerdo con una visión parcial y única que es la que se está imponiendo con el actual programa de educación sexual. Porque cada uno tiene derecho a decidir libremente sobre lo que considera que hará feliz a su hijo, sobre los valores en que quiere educarlos. Esta libertad tiene el sólo límite de que, con esas acciones, su hijo no dañe a un tercero ni atente contra el orden público (artículo 10 de la Constitución). Libertad de educación es lo que solicitamos. Libertad para decidir en qué valores queremos educar a nuestros hijos y, por tanto, a no permitir que se los eduque en un sentido contrario. Y para eso, que se nos informe, se nos consulte y se nos permita elegir, sin tener una única visión posible, y menos una que consideramos contraria a la verdad científica y a la felicidad de nuestros hijos.
    Y la respuesta del CODICEN fue: -no. -No les informaremos previamente, no les consultaremos, no les daremos libertad para tener más de una visión posible: continuaremos con lo que estamos haciendo, les guste o no les guste a los padres.
    Si no se reacciona ante este atropello, no sé qué más hay que esperar para que los padres se movilicen.

  • Repetirė aquí lo que publiqué por error al pie del tema Mauá: Rilla -son decirlo- pone de manifiesto una de las expresiones de la Ideología de Género: nos están «lavando» l la cabeza de los niños, con actitudes totalitarias. Alguien habló mas arriba del artículo 41 de la Constitución……y aunque me duela como votante el FA ha violentado la Constitución en más de una ocasión…..Muy preocupante

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