La Mesa Agropecuaria
Edición especial desde ExpoPrado celebró diez años acercando campo y ciudad

RD —Hay que contestar por rubro.

RR —Creo que es parte de nuestra tarea, porque es la pregunta que se hace cuando hablamos de la ciudad y del campo. La exposición del Prado es un claro ejemplo, hay mucha gente que de pronto no tiene un vínculo directo con el campo, con el agro, y esa es la primera pregunta, no es “¿cómo está el sector lechero?”, “¿cómo está la ganadería?”; es “¿cómo está el campo?”. Entonces es importante saber que hay una diversidad muy grande entre los sectores, que atraviesan distintas realidades.

Después coincido, se habló de una década, sé que es por el tema del cumpleaños, pero conocido en que hay que manejar promedios de años, hay que manejar promedios históricos, hay que hablar de décadas o de 20 años, porque a veces en el negocio agropecuario, que son negocios de muy largo plazo, es peligroso tomar decisiones, como a veces se toman, tanto desde el Gobierno como las propias empresas, basadas en una ventana que de repente es muy chica y no responde a los promedios de muchos años, que es lo que termina explicando la esencia de lo que es el sector.

RD —Me gustó esa pregunta para clarificar: ¿cómo está el campo? ¿Qué contestaríamos?

RI —Se puede contestar con otra pregunta: ¿cómo está la ciudad?

RD —Y el diálogo queda cortado.

RI —Estamos ubicados en una zona de clima templado. Ese hecho nos abre un abanico de posibilidades productivas muy amplio, desde algunas que limitan con las del clima frío, como los ovinos, hasta otras que limitan con los climas tropicales, como la caña de azúcar. Nuestro país, aunque es reducido en superficie, tiene una variabilidad de suelos enorme, y qué vamos a decir del clima, nos enseñaron que es un clima templado porque el promedio da templado, pero en realidad es errático y todos los mecanismos de predicción más allá de una semana entran a fallar. Entonces tenemos un gran abanico de posibilidades productivas, un gran abanico de posibilidades desde el punto de vista de infraestructura o de recursos naturales, y eso se explora en la toma de decisiones, en la definición de sistemas de producción, pero nos da una gran variabilidad de sistemas productivos. Por consiguiente, cualquier situación, ya sea climática, de tipo de cambio, impositiva, lo que sea, afecta. Puede afectar bien a un producto, puede afectar mal a otro. Por ejemplo, en la ganadería es clásico, los años llovedores son buenos para los vacunos y pésimos para los ovinos, y al revés, y el tipo de cambio si es competitivo es bueno para los rubros de exportación pero no para los de consumo interno, etcétera. Entonces, profundizando lo que decía Reilly, al tener esa enorme diversidad de posibilidades productivas, las situaciones también son enormemente diversas y es imposible contestar globalmente.

RD —¿Cómo está el campo a nivel del rubro agrícolo-ganadero? ¿Cómo está hoy un productor agrícolo-ganadero?

GV —El ganadero es el que menos variabilidad ha tenido desde el punto de vista económico a lo largo de este período, y el agrícola creció muchísimo y hoy está en una situación bastante complicada. Yo decía que fue el sector que más creció, y ahí me afilio a lo que decía el Catalán de las fechas. Personalmente creo que el sector agrícola creció en forma explosiva básicamente por cuatro motores, cuatro condiciones, algunas que se dieron en este período y otras que se dieron antes. El gran cambio de la agricultura empieza por la tecnología, la siembra directa fue un paso muy importante, y Uruguay atrás de Argentina debe ser de los países que más porcentaje de área en siembra directa tienen en el mundo.

El segundo –que fue muy discutido a lo largo de todas estas tertulias y se dejó de discutir–, que creo que es bueno, o por lo menos no es tan malo, es el tema de los transgénicos, los organismos genéticamente modificados, que en el caso de la soja y el maíz son fundamentales.

Y después vienen dos razones que sí se asimilan mucho con este período, que son lo que pasó en Argentina que llevó a que muchos productores por distintos problemas que ya hemos discutido se vinieran a invertir a Uruguay, y el tema de la variación de precios, el famoso viento de cola.

Lo importate es que cuando se dieron las dos segundas de esas cuatro cosas ya teníamos incorporadas las primeras, que eran los cambios tecnológicos.

En el caso de la agricultura es brutal, pasamos de plantar a principios de la década 15.000, 20.000 hectáreas de soja, en el año 2006 un poco más de 200.000 hectáreas y en el 2010 ya estábamos pisando la cifra de 1.100.000 hectáreas, área que no digo que se mantenga en su totalidad hoy, pero no ha sido reducida en forma significativa. Hasta el 2000 no había inversiones en plantas de silo que no fueran en el arroz o hechas por el ministerio por el Plan Nacional de Silos, y de 2005-2006 en adelante crecieron como hongos, demoramos tres meses, cuatro meses en recorrer una zona y nos encontramos con plantas nuevas. La inversión en maquinarias fue brutal. Todo eso, que se hizo gran parte con fondos propios y gran parte con créditos, es el gran problema que tiene hoy el sector. La rentabilidad bajó, los precios bajaron, el clima no nos ayudó en los últimos dos años y el que invirtió y esperaba seguir con una línea de rentabilidad para pagar su inversión hoy se encuentra con que se le cayó la escalera y está colgado del pincel.

RD —Ahí hay dos puntos sobre los que los oyentes siempre nos preguntan. Uno, toda la época de bonanza, ¿qué hicieron los productores con lo generado en la época de bonanza, dónde están los ahorros como para hoy hablar de endeudamientos y preocupaciones? Y el otro, Ricardo, para el sector ganadero, ¿cómo es que los productores ganaderos se quejan con tierra que aumentó su valor? ¿Por qué los números son tan cortos, por qué la rentabilidad? Cómo se explica eso. Como dicen algunos, están sentados sobre un montón de plata y sin embargo se los escucha siempre que “la cosa no da”.

Pablo Izmirlian

Editor de EnPerspectiva.net y responsable del proyecto EN PERSPECTIVA radio. Comenzó su carrera como periodista en el año 2000 en el diario El Observador. Trabajó también en Búsqueda, La Diaria, Bla, El Espectador y The Washington Post.

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