Entrevista central, jueves 22 de diciembre: Daniel Sturla

EC —Ustedes notaban que estábamos ante una mercantilización de la Navidad, una pérdida de su esencia.

DS —Exacto. Porque el tema no es que no haya regalos en Navidad, incluso en mi familia cuando éramos chicos hacíamos regalos los chicos a los grandes, y los grandes también nos hacían a los chicos, pero eran regalos muy simbólicos. El gran día de regalos para los niños era el Día de Reyes. Pero ha desaparecido Jesús, incluso en muchas casas se ha dejado de armar el pesebre y solo se arma el arbolito de Navidad.

EC —Esa es otra discusión: pesebre-arbolito. ¿Cuál de las dos? ¿Las dos?

DS —Las dos tienen sentido cristiano. De hecho, estuve en Roma hace 20 días y estaban armando el gran árbol de Navidad en la plaza de San Pedro. Como muchas, tiene un origen pagano, pero después se cristianizó y también hay un sentido fuerte de la vida unido al símbolo del árbol de hojas perennes. Pero sin duda el símbolo cristiano es el pesebre, que tiene su origen en san Francisco de Asís en el siglo XIII y que la tradición cristiana subraya, porque además es muy catequístico. Un niño ve el pesebre, se emociona y aprende de qué se trata, qué sentido tienen esas figuras que están allí.

EC —Eso se había perdido, incluso se había perdido la tradición del pesebre.

DS —En muchos lados sí, se había ido supliendo por solo árbol y Papá Noel. Está bien, porque estamos en una ciudad plural, eso nadie lo discute; el tema es que en esta sociedad donde los cristianos tenemos un papel y somos unos cuantos vivamos fuertemente la Navidad, pero el cristianismo es por naturaleza expansivo, desde sus orígenes busca que haya otras personas que se contagien de esta vida cristiana, eso es parte del deber del cristiano. Un contagio que por supuesto es en el respeto a la libertad del otro, cosa que el cristiano vivió desde el principio, si bien hubo otros en la historia medio oscurecidos en ese sentido, pero estamos llamados también a realizar, es decir, vivir fuertemente el sentido cristiano que tiene la Navidad y tratar de anunciarlo a otros.

EC —Está claro que esa confusión con respecto al origen de esta celebración es más entendible en la porción de la población no católica o no cristiana, en un país con una tradición laica tan fuerte como este a partir de la huella del primer batllismo, etcétera. Pero usted, o la Iglesia católica de Montevideo, ¿percibía que incluso los cristianos, incluso los católicos, estaban “mareados”, “distraídos”?

DS —Sí, porque si vamos a los últimos análisis de cantidad, se habla de que hay un 42 %, 43 % de uruguayos que se dicen católicos. Pero no es que ese 42 %, 43 % participen todos activamente en la vida de la Iglesia, sino que una minoría participaba activamente en la vida de la Iglesia. En ese alto porcentaje de uruguayos que se dicen católicos hay muchos que se van empapando, porque el católico no crece como un hongo aislado, sino que vive en la sociedad, y en la medida en que la sociedad se hace más laica, más consumista, más de Papá Noel, un cristiano católico también se va diluyendo en aquello que es central de su fe, que es la adhesión a Cristo el Señor, y va quedando a veces con los llamados valores cristianos, que son los mismos valores humanos que una persona laica o atea puede tener, que son muy valorables, pero que no necesariamente están unidos al hecho de la fe cristiana.

EC —A partir de ese diagnóstico, la Arquidiócesis de Montevideo lanza una fórmula de cinco acciones, les propone a los fieles, desde las semanas previas a la Navidad y hasta la Navidad misma, cinco acciones. La primera, la más visible, es esa que veníamos mencionando, la de las balconeras, colocar balconeras en las casas, los apartamentos, otros edificios. ¿De dónde salió esa idea? No la copiaron de otro lado.

DS —Se me había ocurrido, yo había visto hace años acá en Montevideo, en alguna casa, una especie de tapiz por la Navidad, lo tenía en la memoria. Cuando asumí como arzobispo dije “qué lindo que sería hacer esto en Navidad”, se lo propuse a una persona, no salió, la idea no cuajó. Este año me había propuesto que se hiciera, y hubo un sacerdote, el padre Marcelo Marciano, que se entusiasmó con la idea, le dije “¿te animás?”, porque en todas las cosas tiene que haber alguien que sea el que se mueva, porque todo esto supone una logística mínima. Ahí discutimos si hacer 3.000 o 5.000 balconeras, buscar algo que tuviera un costo accesible, porque teníamos costos más altos, obviamente con calidades diversas, pero el tema era algo que llegara a todos. Al final dijimos “hagamos 5.000 balconeras y veamos”. Pero también había que ver cómo se colocaban, porque estaban a precio de costo, pero después había que intentar recuperarlas.

La cuestión es que nos vimos superados, porque tuvimos que hacer 10.000, al poco tiempo 15.000, después 20.000, 25.000, el domingo pasado ya habíamos hecho 25.000, se están distribuyendo a medida que el fabricante las va haciendo, porque la demanda nos ha superado.

EC —Incluso la demanda ha superado al departamento de Montevideo. La propuesta surge de la Iglesia de Montevideo, sin embargo empezaron a recibir solicitudes de otros departamentos.

DS —Exacto, había gente que iba a Lea, la Librería Arquidiocesana, y compraba para llevar a Paysandú, San José, Melo… entonces se fue extendiendo. Llegamos a las 28.500 balconeras, pero si hubiéramos hecho una distribución inteligente, pensada, creo que habríamos llegado a 50.000.

EC —La balconera, supongo, tiene varios objetivos. Primero, que esa familia se identifique. Segundo, que esa familia pase un mensaje, que sea promotora, las dos cosas.

DS —Exactamente, están las dos cosas, porque creo que hay una necesidad de identificación de los católicos con el hecho de la fe cristiana, que a veces puede quedar medio diluido: “yo soy cristiano a mi manera, yo soy cristiano, pero…”. Si sos cristiano, identificate con el hecho esencial de amor de Dios, que en Jesús niño se manifiesta en esa familia sagrada. Y después hay un hecho de comunicar, que es esencial al cristianismo, porque a veces se quiere reducir al cristianismo, “quédense en el rincón católico –como le llamo yo–, quédense ahí, no molesten”, y la sociedad plural los acepta, como si fuera una cuestión de tolerancia.

¿Dónde estamos parados? Resulta que el cristianismo está presente en Uruguay desde nuestra prehistoria, desde los comienzos de la forja de este país como nación. Entonces creo que además tenemos todo el derecho del mundo de manifestar públicamente nuestra fe, porque, como dice la Constitución de la República del 17, “todos los cultos religiosos son permitidos en el Uruguay”. El culto supone justamente una manifestación pública de la fe, el culto no es algo en mi interior, en mi conciencia; eso es la libertad de conciencia, que es otra cosa, que por supuesto está garantizada en la Constitución, pero ya lo estaba en la del 30, no es un invento de la del 17.

EC —Hay varias cosas que llaman la atención en estos días a propósito de esta campaña. Entre ellas, una frase suya: “No le tengo miedo a la palabra marketing. El sentido está claro: hay una buena noticia para anunciar”. Tiene bastante de marketing esto.

DS —Por supuesto. Lo que pasa es que palabras no se suelen usar en el lenguaje eclesiástico. Digo que no le tengo miedo a esa palabra en respuesta a una pregunta, me preguntaban si esto era algo de marketing. Y me parece que sí, que se puede tomar en ese sentido, no le tengo miedo a esa palabra. He hecho muchas veces una anécdota de un amigo que hace unos años me dijo, cuando yo recién había sido nombrado obispo: “Daniel, ustedes tienen el mejor producto y no lo saben colocar”, y yo le dije: “¿Qué producto?”, “La felicidad, porque yo estoy convencido de que los creyentes son más felices, y hoy no saben colocar ese producto”. En esos términos marketineros este amigo ayer o anteayer me mandó un mensaje que decía: “Están aprendiendo a colocar el producto”, y me gustó mucho, porque aparte es un amigo muy querido. Pero usemos la terminología que sea, el cristianismo no le tuvo miedo a usar la terminología de su momento, del Imperio romano, o de la gente común. La palabra evangelio es tomada del imperio, era el anuncio del emperador de una buena noticia que se realizaba. Si es un marketing bueno y sano, bendito sea Dios.

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Rodrigo Abelenda

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