Un testimonio a cincuenta años del 14 de abril de 1972, a raíz de una entrevista sobre el libro «La última fuga»

Estimados,

A raíz de la entrevista con Ivan Kirichenko sobre su libro “La última fuga”, recordé mis propias vivencias del 14 de abril de 1972.

En aquella época yo vivía en la calle Enrique Pouey, a mitad de cuadra entre Luis P. Ponce y Pedro Campbell, en un pequeño apartamento interior, en planta baja. Guardaba mi Vespa en el corredor y tenía 28 años, casado con un hijo de un año.

Ese día, cuando salía con mi moto a la calle, a las 7.45 o 7.50 hs, oí una ráfaga de disparos de un arma automática, que venía desde Ponce y Rivera.

Una irresponsable curiosidad me llevó a dirigir mi vehículo por Pouey hacia Ponce y seguir, repechando en un minuto, o minuto y medio, hacia Rivera, oyendo las ráfagas permanentemente.

Al llegar a Rivera vi un auto oscuro grande, subido a la vereda sureste de Rivera y Ponce, arrinconado casi sobre la pared, pese que allí la vereda tiene unos 10 o 12 metros de ancho (donde hoy hay un local de Kinko).

Pegado al auto había una pickup (que obviamente había chocado al auto para obligarlo a subir a la vereda), ambos apuntando hacia Ponce.

En la caja trasera descubierta de la pickup estaba parado un hombre que aún disparaba con una ametralladora contra el auto. En esa tarea estaba desde que yo había salido de mi casa, por lo menos, unos 2 o 3 minutos antes.

En el momento en que yo arribé a Rivera y Ponce, el hombre paró de disparar y la pickup arrancó por Ponce hacia Bulevar Artigas; la perdí de vista en la bajada.

Mi morbosa y arriesgada curiosidad me llevó a subir a la vereda, sin bajarme de mi motoneta, y acercarme al vehículo totalmente acribillado.

Allí vi dos cuerpos totalmente ensangrentados y entonces, asustado, me apuré en alejarme por Rivera hacia el Centro, a mi trabajo.

Nunca antes conté esto porque al rato tomé conciencia de las tres barbaridades que había hecho:

Ir hacia los disparos, en lugar de alejarme por Pouey hacia el Centro, a trabajar.
Llegar hasta Rivera en plena balacera, quedando a tiro del asesino que podría haberme disparado a mí, al verme llegar.
Acercarme al auto con mi motoneta, porque en esa época se decía que los tupamaros tenían por costumbre que, inmediatamente después de un atentado, iba uno de ellos, en motoneta justamente, a rematar a la víctima. Alguien podría haberme visto e implicarme.

Atentamente…

Prof. Claudio Hornos


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