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Bitácora de la pandemia (VII): El distanciamiento social ha muerto, que viva el distanciamiento físico sostenible

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Por Gastón González Napoli ///

Bitácora de la pandemia. Séptima entrada.

Finalmente sucedió. El control social exacerbado, la policía del aislamiento, desembocó en su consecuencia lógica: un tipo apuñaló a otro en un comercio porque se negaba a ponerse un barbijo.

Digo que es la consecuencia lógica porque solo pueden devenir instancias radicales de ese nivel de desconfianza con los otros, ese considerar casi que un criminal y una basura a todo el que no siga al pie de la letra unas recomendaciones que son bastante tentativas, como ha quedado patente con todo el affaire tapabocas vs. OMS.

Pero no es la violencia en lo que quiero centrarme. Esta vez elijo ver la luz.

Qué conferencia la que dio el grupo asesor científico honorario la semana pasada, ¿eh? Una clase magistral, con explicaciones claras y un balance cuidadoso entre tranquilizar a la población y aclarar que la amenaza está lejos de terminar.

Los doctores Radi, Cohen y Paganini hablaron de que la nueva normalidad estará signada por el distanciamiento físico sostenible. Los países que implementaron una cuarentena obligatoria están comprobando que a la larga se hace insoportable: lo que empieza como malhumor puede derivar en un descalabro social más complicado o en un hartazgo que lleve a dejar de respetar las consignas sanitarias y aumentar el peligro de un nuevo brote.

Es decir, el aislamiento indefinido es insostenible. Somos animales sociales.

Se vio en España y el Reino Unido, dos gobiernos de signo político opuesto, los dos tambaleantes por errores y respuestas tardías.

En Barcelona, apenas la comunidad ingresó en la fase 0 del desconfinamiento (¡ni siquiera la fase 1!), el paseo marítimo de la Barceloneta amaneció forrado de deportistas desesperados, sin respetar la distancia recomendada. Una imagen cómica y parodiable por la inconciencia de los deportistas en cuestión (y si hay una tribu moderna de la cual estoy dispuesto a burlarme, aparte de los neonazis, es la de los runners), pero también es una prueba bastante irrefutable del cansancio de la gente. La más mínima apertura los lanzó a la calle, mandando al cuerno los famosos exhortos.

En el Reino Unido, los ciudadanos han debido soportar la triste defensa que el primer ministro Boris Johnson ha hecho de uno de sus asesores, quien rompió el estricto lockdown para viajar 400 kilómetros con su mujer enferma de coronavirus y aislarse en otro pueblo. Él dice que no tenía a nadie que cuidara de su hijo en Londres si él también caía enfermo, mientras que en el otro pueblo estaban sus padres. Entonces, ¿cómo se explica que se lo haya visto rompiendo nuevamente las reglas y paseando por el parque? Tal vez otro habría logrado empatía, pero el asesor resulta ser Dominic Cummings, ideólogo del Brexit. Empatía, poca. Pero el primer ministro, que llegó a estar en el CTI por el covid, se pone de su parte en vez de entender la molestia de los ciudadanos.

Y algo parecido está pasando en Argentina, donde con menos de 500 fallecidos han estado encerrados durante la misma cantidad de tiempo que en otros países con casi 30 mil muertos, lo que de por sí seguro despierta dudas en plan “che, ¿no estaremos exagerando?”, y encima ven por la televisión a Marley visitando a otros famosos en sus casas para entrevistarlos, o a celebrities de mitad de tabla contando su vida en el estudio del programa de Andy Kusnetzoff, o a Susana Giménez yéndose a su casa de Punta del Este, mientras se supone que solo los servicios esenciales tienen permiso para salir de su casa. Con el invierno a la vuelta y los casos de covid en aumento, ¿qué van a hacer? ¿Continuarán extendiendo la cuarentena de forma indefinida? ¿A cuánto de que la olla reviente? Es Argentina, no un país nórdico: el agua siempre está a unos pocos grados del punto de hervor. Las salidas de Alberto Fernández a extender la cuarentena empiezan a asemejarse a una historia absurda, como Sísifo empujando una roca cuesta arriba para luego verla caer y tener que empezar de nuevo.

Otra vez: somos animales sociales, y sin importar cuánto las grandes tecnológicas quieran que nos atemos de pies y manos a las plataformas digitales, jamás la telemedicina ni las clases a distancia sustituirán lo presencial. Ni toda la biblioteca de contenidos de Netflix ni todos los reality shows del cable ni todas las competencias de cocina ni todos los programas periodísticos autorreferenciales ni todas las variantes que los porteños le encuentran al formato “famosos sentados en una mesa comiendo” pueden contentar, pasados varios meses, a nadie.

Ojo: que seamos animales sociales no implica que abramos los boliches y prendamos el reggaetón. Ni siquiera en una Montevideo que parece tener bajo control la epidemia. Porque ese control está siempre caminando por un pretil. Hay que tener cuidado.

He ahí el distanciamiento físico sostenible. Podemos ver gente, pero guardando las distancias y tomando las debidas precauciones higiénicas.

Para mí fue un antes y un después. Me junté con unos amigos a jugar un juego de caja, y la falta que me hacía verlos (aunque la decepción siempre esté a la vuelta de la esquina: el dueño de casa mostró que había dedicado el tiempo de aislamiento a construirse un techo nuevo, mientras lo único que hice yo fue finalmente mirar La casa de papel). Mi hermano y su novia vinieron a casa por primera vez desde que se decretó la emergencia, incluso bajé en el ascensor con una vecina joven y hasta mantuve una charla cordial algo incómoda. No puedo explicar lo bien que me hizo. Ningún Zoom se acerca a reírte en persona con aquellos que querés y que te quieren.

Ni siquiera se acerca a tener una conversación incómoda con un vecino en un ascensor.

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Foto: Foto: Pablo Vignali / adhocFOTOS

Etcétera es el blog de Gastón González Napoli en radiomundo.uy

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