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Postales de Delhi (II)

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En el taller de reparación de máquinas de fotografía de Nueva Delhi me recibe un hombre cordial, que no parece haberse despegado de su silla durante los últimos 60 años. El gentil señor analiza mi cámara con un monóculo. El diagnóstico es categórico: la pila se mojó y ensució el mecanismo. Me lo explica y no le entiendo absolutamente nada. Abre el cajón, saca una libreta larga, estilo viejo almacén, con unas hojas verdes y otras rosadas y un papel para calcar. Me pregunta nombre, apellido, dirección y un teléfono de contacto. A continuación, toma nota de todo aquello que aparece inscripto en el aparato. Luego, redacta con sus propias y precisas palabras el caso de la máquina de foto dañada por la pila mojada. Termina, añade la fecha. Firma él. Firmo yo. Luego dos sellos, uno por cada documento. Saca un sobre, introduce la hoja correspondiente y me la entrega. El miércoles estará lista.

Dicen que la burocracia es uno de los grandes problemas de este país.  

Almuerzo arroz salteado con verduras y jugo fresco de ananá en un restaurante musulmán. A mi alrededor sólo hay hombres que llevan la larga camisa típica de esa comunidad y un pequeño gorro tejido a crochet que se adapta a la forma de la cabeza. Los hombres indios visten en general pantalón y camisa o un sencillo lienzo atado a la cintura, algunos mantienen el uso del turbante o envuelven su pelo con un pañuelo. He notado que no dicen piropos –o guarangadas- a las mujeres. Son coquetos. En cuanto ven un espejo acomodan su pelo (varios teñidos con henna color naranja), se ojean de perfil a lo Elvis, sin ningún pudor. Es un hábito que no entiende de factores religiosos o socioeconómicos. De hecho, a la vista está que la barbería es uno de los negocios más rentables que hay por estas tierras. Desde los más modestos, instalados debajo de un árbol, a los más exclusivos de los grandes centros comerciales.

Tengo la impresión de que aquí todos miran profundamente. O tal vez es que por allá nos miramos poco. O las dos cosas.

El aire de Delhi es casi irrespirable. Pobre Delhi. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que es la ciudad con mayor nivel de polución del mundo. La nubecilla de polvo reseca la garganta, hace que los ojos suelten lágrimas involuntarias y las manos se pongan ásperas. Esto es serio y mata. Pero de momento son los automóviles los que controlan a los hombres y no al revés. Con el caos imperante, el control de los combustibles más contaminantes llevará su tiempo. Además, las distancias en Delhi son enormes. Hay jardines, parques, mansiones, hoteles cinco estrellas, fastuosos monumentos y edificios públicos. En medio de la nada aparecen viviendas de protección oficial, y también personas que arman su rancho donde encuentran un hueco y otras muchas que duermen al aire libre mientras las condiciones climáticas lo permiten.

Entre 1.600 ciudades analizadas por la OMS, Delhi es la ciudad con mayor polución del mundo, superando a Pekín.

El subte de Delhi es un lujo: limpio, ordenado y puntual. En el metro las ladies tienen sus propios asientos. Pueden imaginarse el porqué. Frente a mis ojos, presencio una pequeña muestra del universo femenino local: una señora completamente cubierta de negro, de pies a cabeza; otra lleva el clásico sari, entrecruzado y colorido; a su lado una chica combina un vaquero con una camisa larga, bordada; falta la que usa vaqueros y camiseta, pero las hay. Todas coinciden en algo: van con la cabeza gacha atendiendo al WhatsUpp, riendo a solas frente a la pantalla. Muchos están en la misma situación, pero aún impera la conversación cara a cara… Al salir del metro escucho el llamado de Vishal, el amigo que vende jugo natural de caña de azúcar. Le pido un vaso pequeño. Toma la caña mediana y la atraviesa por una prensa compuesta por dos cilindros impolutos. Cuela el líquido y me sirve un jugo delicioso.

Observar la conversación animada es uno de los grandes atractivos de esta ciudad. Ojalá supiese hindi para enterarme.

Al día siguiente visito el museo nacional de Delhi, donde me entero que la civilización Harappan, que habitó estas tierras hace unos 5000 años, tuvo ciudades con un gran nivel de sofisticación: casas con cocina, dormitorios y salas de estar, patios y baños. ¡Saneamiento! Lo que urge en la India de hoy. Entre los restos arqueológicos del museo hay varios juegos. Leí en una guía que por aquí, entre estas encumbradas civilizaciones, nació el ajedrez. ¿Eso que estoy viendo es un ajedrez? Voy a preguntárselo al cuidador que está muy concentrado con su tablet en mano. Me dice que es otro juego, parecido. Se lo agradezco. Y me regala una estampa del siglo XXI: entre juegos prehistóricos, el muchacho siguió matando marcianitos en su tablet. Abandono el museo y de camino al hotel me topo con un gran trancón, con mucho polvo y por encima de los 40 grados. ¿Qué pasa? Es ella, la gran vaca, sagrada en la India, la que detiene el tránsito en Delhi.

Lo hacen en nombre de sus primas, las vacas uruguayas, que no corren su misma suerte.

 

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