Cataluña y otras chacras

Por Rafael Mandressi ///

Las elecciones regionales del domingo pasado en Cataluña dejaron como resultado una mayoría parlamentaria para los independentistas. No es todavía una victoria, ya que esa mayoría se compone de dos formaciones políticas, la coalición Juntos por el Sí y el partido Candidatura de Unidad Popular, que no parecen llamadas a entenderse más allá de la bandera del independentismo. En votos, unos y otros sumados quedaron a un par de puntos porcentuales de la mayoría absoluta, con lo cual, si se quisiera interpretar el resultado de estas elecciones como un referéndum, el independentismo perdió.

No se consuela el que no quiere, y el partido de gobierno en España podrá hacer caudal de este presunto fracaso independentista para intentar mitigar el categórico fracaso propio: el Partido Popular, con poco más del 8 % de los votos, se convirtió el domingo en el enano electoral de Cataluña. Se puede hilar tan fino como se quiera a la hora de analizar las elecciones catalanas, pero lo cierto es que el independentismo es una realidad política más que contundente.

El afán secesionista no es nuevo ni exclusivo de Cataluña. En Escocia, los nacionalistas son mayoría y hace algunos meses un referéndum mostró que también allí hubo que poner toda la carne en el asador, agitar amenazas e infundir todo el miedo posible para evitar que los escoceses dejaran el Reino Unido. Hace décadas ya que en Italia la Liga Norte promueve la independencia de una entidad territorial a la que llaman Padania. En Bélgica, el partido flamenco que quiere partir en dos al país y desembarazarse de los valones fue el más votado en las elecciones federales de mayo de 2014. En todos estos casos, el separatismo es cosa de ricos: las regiones prósperas creen poder arreglárselas solas, y no desean estar atadas a las que no lo son, o lo son menos.

En otros casos, no se trata de arrojar el lastre de los pobres, sino de desplegar las velas de un nacionalismo irredento. Los checos y los eslovacos decidieron separarse en paz y disolvieron Checoslovaquia en 1993. En Yugoslavia, la separación no fue pacífica, y para recortar el mapa, croatas, serbios, eslovenos y bosnios se masacraron salvajemente entre sí durante varios años en la década de los 90. El nacionalismo vasco y el irlandés tuvieron por décadas sus brazos políticos y sus brazos armados, la ETA y el IRA. Lo mismo ocurrió en Córcega, donde el independentismo condimentó sus atentados con la dudosa elaboración teórica de un “pueblo corso”. También hay separatistas bretones, que dejaron las armas hace tiempo para dedicarse a cultivar una singularidad cultural e idiomática que el gobierno francés terminó por reconocer, aunque más no sea parcialmente.

Los independentistas catalanes no están solos, pues. Las identidades de pacotilla pululan en Europa, así como múltiples nacionalismos que, fieles a su condición, no han dejado de regar de sangre las calles. La autodeterminación de los pueblos, ese principio al que parece sensato y justo adherir, requiere la construcción previa de un pueblo, operación ideológica si las hay, que muchas veces no es sino el taparrabo de una mera rebelión fiscal. Otras veces, es el fruto de una reescritura de la historia y el preámbulo de nuevas y engorrosas cuestiones: ¿los catalanes y los vascos tienen en su horizonte una unificación con sus supuestos connacionales del otro lado de los Pirineos? ¿Los corsos, cuyo idioma presuntamente nacional no es sino un dialecto italiano, imaginan algún tipo de unión con una república de Génova resucitada? ¿Los catalanes piensan reivindicar para su futura nación la costa oeste de Cerdeña? ¿La fiebre étnica terminará ganando también a los gallegos, que junto a los bretones y los escoceses podrían fundar la federación de la gaita? En la feria de la fragmentación, el oportunismo y el primitivismo gregario, todo desvarío parece ser posible.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, miércoles 30.9.2015, hora 08.05

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

Rafael Mandressi

Montevideo, 1966. Doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS). En Uruguay, se ha desempeñado como docente en la Universidad de la República, la Universidad Católica y el CLAEH. Es autor de libros y artículos académicos sobre temas de su especialidad. También ha sido actor, director teatral y dramaturgo. Su novela Siempre París obtuvo el premio Juan Carlos Onetti en 2013. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.

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1 Comentario

  • Estimado Rafael,

    Como siempre muy interesante tu análisis.
    Quiero, sin embargo, hacer algunas precisiones:
    1) Tengo entendido que Eslovenia no derramó nada de sangre para escindirse de la antigua Yugoeslavia. Hicieron una votación y ganó la escisión. Interesantemente, mantuvieron los beneficios sociales del estado socialista, y son una sociedad pacífica, desarrollada, donde aún existen partidos de izquierda fuertes como en Uruguay.
    2) No mencionaste la separación de Noruega y Suecia, que se hizo también democráticamente y no trajo ningún problema para ninguno de los dos países.
    3) Me parece que faltaría mencionar, en el análisis, el factor de cohesión por la fuerzas armadas que ejercen, por ejemplo, estados como el reino de España.

    Saludos,
    Felipe

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