
Las protestas que sacuden a Francia comenzaron con ocupaciones de liceos y reclamos vinculados a la educación secundaria. Con el correr de los días se sumaron estudiantes universitarios y sindicatos, mientras aumentaban los choques con la policía y los episodios de violencia. En una de las jornadas más concurridas, el Ministerio del Interior estimó que participaron 266.000 personas; las organizaciones convocantes calcularon 450.000.
El historiador Rafael Mandressi, colaborador de En Perspectiva radicado en París, explicó en diálogo por Zoom con Emiliano Cotelo que entre las principales demandas están los recursos para secundaria, las condiciones edilicias y la organización de los cursos. También se reclama la eliminación de Parcoursup, el sistema que orienta y organiza las inscripciones en las universidades.
Sin embargo, para Mandressi, el protagonismo de otros sectores no desplaza el eje de la protesta. “El punto central sigue estando en los estudiantes de secundaria. Ese es, desde mi punto de vista, la clave”, señaló.
El analista también vinculó las movilizaciones con un malestar más amplio. “No solamente entre estudiantes de secundaria y entre adolescentes y jóvenes, sino un malestar más general que se puede apreciar en la sociedad francesa”, dijo. A ese contexto se suma la cercanía de las elecciones presidenciales y legislativas y la percepción de un “fin de reinado” para Emmanuel Macron, que transita su segundo y último período en la presidencia.
Un movimiento difícil de negociar
Mandressi sostuvo que las protestas estudiantiles plantean un desafío particular para el gobierno porque el movimiento es poco orgánico y no tiene interlocutores cuya representatividad sea clara. “Las negociaciones son muy complicadas porque no se sabe muy bien con quién”, explicó. Por eso, dijo, para las autoridades es “un poco navegar en la neblina”.




El gobierno podría responder a algunas de las demandas, entre ellas la eliminación de Parcoursup, o apostar a que las movilizaciones pierdan fuerza. “El gobierno puede estar apostando a que esto se apague solo”, afirmó Mandressi, aunque advirtió que es difícil anticipar cómo evolucionará el movimiento. En la jornada de huelga a la que se refirió durante la entrevista, había unos 214 liceos ocupados y algunas universidades estaban cerradas.
El presupuesto también limita las opciones del Ejecutivo. Según Mandressi, el gobierno creó varios miles de cargos docentes a raíz de las protestas, pero la medida no fue suficiente para satisfacer a los manifestantes. Otra dificultad es que el movimiento puede no respaldar los acuerdos que eventualmente alcancen algunos voceros.
Choques y cambios en la respuesta policial
Las movilizaciones han estado marcadas por enfrentamientos, detenciones y personas heridas. Mandressi señaló que, junto con los grupos ultra, también se registraron agresiones de algunos estudiantes contra directores y docentes, algo que, dijo, marca una diferencia respecto de episodios anteriores. “El estatus de respeto o de legitimidad del personal de la educación no es el que era antes”, expresó.
El historiador relacionó la actuación policial actual con un cambio de doctrina iniciado alrededor de 2010: de mantener distancia y contener las manifestaciones a realizar operaciones que “van al choque”. Ese giro, señaló, se hizo visible durante las protestas de los chalecos amarillos y estuvo asociado al uso de armas que provocaron lesiones graves.
La extensión de las movilizaciones a sindicatos y trabajadores de la educación universitaria ha sido, según Mandressi, una señal de solidaridad. Pero, insistió, para entender la protesta francesa hay que mirar principalmente a los estudiantes de secundaria y a los reclamos que mantienen en las calles.















