
En el corazón de la geopolítica del Golfo Pérsico, Mohamed bin Salman (MBS) de Arabia Saudita y Mohamed bin Zayed (MBZ) de Emiratos Árabes Unidos mantienen una rivalidad estratégica marcada por intereses divergentes en Yemen —donde Riad impulsa una coalición contra los hutíes mientras Abu Dabi prioriza separatistas sureños—, en Sudán —compitiendo por influencia sobre el ejército y recursos—, y en el ámbito de negocios globalescomo energía, tecnología y finanzas. A pesar de estas tensiones, ambos líderes consolidan una alianza sunita pragmática contra la amenaza de Irán, equilibrando competencia fraternal con cooperación táctica en un tablero donde el poder regional y las ambiciones Vision 2030 definen el futuro del mundo árabe.





Sudán, muchas veces fuera del foco mediático, es hoy uno de los escenarios más complejos y reveladores del nuevo orden internacional.
Desde 2023, el país está sumido en una guerra civil entre dos grandes facciones militares —el ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido— que no solo disputan el poder político, sino el control de los recursos estratégicos que sostienen el conflicto, especialmente el oro.
Ese recurso, lejos de ser un detalle económico, se ha convertido en el verdadero combustible de la guerra, financiando a los bandos y conectando a Sudán con una red regional e internacional de intereses.
Pero lo que ocurre en Sudán no es un conflicto aislado: es una guerra insertada en un tablero global. Rusia, a través del Grupo Wagner, ha estado vinculada a la explotación y salida ilegal de oro, mientras potencias regionales como Egipto o Emiratos Árabes Unidos apoyan a distintos actores en función de sus propios intereses estratégicos. Incluso la guerra en Ucrania tiene derivaciones indirectas en territorio sudanés.
Así, Sudán se convierte en un espejo del mundo actual: un conflicto donde recursos, geopolítica y actores transnacionales se entrelazan, mostrando que las guerras del siglo XXI ya no se libran solo dentro de fronteras, sino en redes globales de poder.














