La Hora Global

Marco Rubio en Múnich y el cierre del interregno liberal-progresista

Por Gustavo Calvo (conductor de La Hora Global)


Una lectura geopolítica del discurso, la estrategia estadounidense y las opciones de Europa.

Hace diecinueve años Múnich fue testigo del principio del fin del periodo de hegemonía única estadounidense de boca de un novel líder ruso. Hoy un canciller estadounidense cancela un periodo de ilusión liberal y utopía progresista.

Introducción: Múnich como síntoma, no como evento

La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 no fue una reunión más en el calendario diplomático internacional. Funcionó, en realidad, como un acto de sinceramiento estratégico. Europa llegó a Múnich cargando una mochila incómoda de bajo crecimiento económico, fragilidad industrial, dependencia energética y una arquitectura de seguridad que sigue descansando, de manera decisiva, en garantías externas. Estados Unidos, en cambio, arribó con el terreno doctrinal ya despejado: la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional de 2026 habían explicitado, sin ambigüedades ni medias tintas, que el mundo ya no sería interpretado como un espacio de convergencia progresiva, sino como un escenario de competencia estructural, jerarquizada y persistente.

En ese contexto, el discurso de Marco Rubio no debe ser leído como una pieza coyuntural ni como un gesto tranquilizador hacia los aliados europeos. Fue, en esencia, una intervención de cierre de ciclo: la clausura discursiva del orden liberal clásico y la formulación narrativa de un orden distinto, más áspero, menos normativo y explícitamente fundado en el poder.

El viejo orden bajo examen: los errores acumulados

El orden mundial que se consolida tras el fin de la Guerra Fría fue interpretado por amplios sectores de la academia como un orden liberal hegemónico, sustentado en la expansión del comercio, la institucionalización del multilateralismo y la progresiva internalización de normas comunes.

Autores como John Ikenberry lo describieron como un “orden liberal basado en reglas”, mientras que Francis Fukuyama sostuvo que dicho marco expresaba el punto de llegada de la evolución política moderna. Sin embargo, desde perspectivas realistas y críticas —como las de John Mearsheimer, Robert Gilpin o el propio Henry Kissinger— ese orden fue señalado tempranamente como inestable, dependiente de la primacía material estadounidense y vulnerable a la reaparición de la competencia entre grandes potencias.

A pesar del desgaste de la idea y un creciente consenso de que los problemas de convivencia de la Sociedad Internacional, Estados Unidos durante la presidencia de Joe Biden mostró al mundo la cara de su canciller Anthony Blinken repitiendo una y otra vez la frase de Ikenberry. La llegada de Trump al poder por segunda vez mostró la voluntad de dejar caer el velo.

Rubio estructura su diagnóstico a partir de una crítica frontal a lo que denomina las ilusiones del orden posguerra fría. La más importante de ellas es la convicción de que la historia había ingresado en una fase post-conflictiva, donde el comercio, la interdependencia y las normas internacionales sustituirán al interés nacional como principio ordenador. Esta idea —el célebre “fin de la historia”— es presentada como un error de lectura histórica y antropológica: ignoró la persistencia del conflicto, la competencia entre Estados y la centralidad del poder material.

A esa ilusión se suma, según su análisis, una globalización mal entendida. Rubio denuncia un libre comercio practicado de forma dogmática por Occidente, mientras otras potencias protegían activamente sus industrias, subsidiaban sectores estratégicos y utilizaban el comercio como herramienta de presión geopolítica. El resultado: la desindustrialización de amplias regiones, la erosión de la clase media y una dependencia creciente de cadenas de suministro controladas por rivales estratégicos.

Otro defecto central del viejo orden, según Rubio, fue la externalización progresiva de la soberanía hacia instituciones internacionales que, en los hechos, demostraron ser incapaces de garantizar seguridad o resolver conflictos de alta intensidad. El multilateralismo aparece así no como un mal en sí mismo, sino como un instrumento vaciado de eficacia cuando se separa del poder coercitivo que lo sustenta. Esto es particularmente provocativo para los integrantes del Mercosur, siempre enamorados de la Unión Europea como modelo, pues pone sobre la mesa debates sobre posibles “pies de barro” de instituciones supranacionales antes no criticadas.

La crítica se extiende también al plano energético. En nombre de una transición climática concebida de manera rígida y acelerada, Europa —y en parte Occidente en general— habría adoptado políticas que encarecieron la energía, debilitaron la competitividad industrial o la eliminaron y redujeron el margen fiscal, mientras los competidores continuaban explotando hidrocarburos como activos estratégicos.

Finalmente, Rubio apunta contra la expansión de Estados de bienestar desvinculados de una base productiva sólida y de una capacidad defensiva proporcional. En un mundo crecientemente conflictivo, esta combinación habría generado sociedades más vulnerables justo cuando otras potencias emprenden procesos acelerados de rearme.

La semántica y la regionalidad

La caída del interregno neoliberal viene acompañada del agotamiento del progresismo wokista como lenguaje hegemónico del poder. Marco Rubio no abundó sobre conceptos sociológicos o culturales pero casi es obligatorio mencionarlo.

En el plano de la batalla cultural-mediática, el neoliberalismo económico y el progresismo cultural-normativo funcionaron durante décadas como las dos doctrinas hegemónicas y, en los hechos, como partes de una misma constelación ideológica. Aunque pertenecieran a planos distintos, los actores políticos tendieron a alinearse casi automáticamente bajo una u otra bandera, generando un campo de posiciones rígidas encorsetadas, con escaso margen para combinaciones híbridas. El giro expresado por Rubio no sólo cuestiona un paradigma económico, sino que desarma ese automatismo cultural, reabriendo un espacio estratégico donde soberanía, poder y cohesión interna dejan de ser patrimonio exclusivo de una de las dos visiones tradicionales.

Pero todo esto nos hace ruido a los latinoamericanos y es preciso poner subtítulos a este aspecto.

En América Latina, anotamos, el progresismo político se construyó históricamente en oposición al liberalismo económico, lo que explica lecturas divergentes sobre este mismo fenómeno ideológico. Desde la Argentina de Milei a la Colombia de Petro, un liberal (ajuste, privatizaciones, FMI) es un enemigo para un progresista (estatista, redistribución, soberanía económica).

En Estados Unidos y Europa Occidental el matiz progresista no implica lo mismo. Si bien el liberalismo mantiene sus rasgos políticos (derechos individuales, minorías, universalismo normativo) lo que promueve el empuje doctrinal es su interpretación económica (mercados, globalización). El progresismo funciona como ala cultural del liberalismo y remite a derechos, identidades y moralización de la política.

Por eso allí liberal + progresista convivieron sin contradicción y formaron un bloque liberal-progresista hegemónico por décadas.

Un giro doctrinal más que retórico

Desde una perspectiva académica, el discurso de Rubio no inaugura un giro abrupto, sino que cristaliza una transformación ya en marcha. La NSS 2025 y la NDS 2026 habían dejado claro que Estados Unidos interpreta el sistema internacional como un espacio de competencia entre grandes potencias, donde la cooperación es instrumental y la disuasión vuelve a ocupar un lugar central.

El liberalismo institucional (con matices encuadra allí) cede paso a un realismo estratégico explícito, que no renuncia a las alianzas ni a la cooperación, pero las subordina al interés nacional y a la capacidad material. El discurso de Rubio agrega a ese marco una dimensión civilizatoria: Occidente no es presentado solo como una alianza circunstancial, sino como una comunidad histórica, cultural y política que debe recuperar confianza en sí misma para sostener su lugar en el mundo. Me resulta muy interesante la navegación dialéctica en una mar de referencias a Samuel Huntington que oficia de telón de fondo.

Europa frente al espejo: reacciones y fracturas

La recepción europea del discurso distó mucho de ser unánime. En los países más alineados con la lógica atlántica —Alemania institucional, los Estados bálticos, Polonia, los países nórdicos— el mensaje fue recibido con una mezcla de alivio y resignación. Alivio, porque confirma el compromiso estadounidense cuando realmente había nubes de tormenta; resignación, porque implica asumir mayores costos en defensa, industria y energía. Esto último parecía asumido pero enfrentaba resistencias en Madrid sobre todo.

En Francia y en sectores autonomistas de la Unión Europea, el discurso reforzó la convicción de que Europa no puede seguir confiando su seguridad a decisiones tomadas en Washington. Esa convicción ha ido tomando más cuerpo a lo largo de las semanas. Sin embargo, esa intuición convive con la falta de consenso político, fiscal y militar necesario para construir una autonomía estratégica real. Ese, con Rubio o sin Rubio, es el gran talón de Aquiles de Europa pues se convence, acepta, se resigna pero no actúa.

En el otro extremo, los gobiernos y fuerzas soberanistas interpretaron el mensaje como una confirmación parcial de sus críticas al multilateralismo, aunque sin compartir la narrativa civilizatoria ni aceptar sin reservas el liderazgo estadounidense. Desde mi perspectiva, se ha empoderado la posición de Giorgia Meloni en forma relevante pero hay un núcleo duro (algunos nórdicos, España y el eje franco alemán luchando por su relevancia).

Múnich dejó así una imagen clara: Europa escucha, pero no habla para nada con una sola voz.

El orden propuesto que de sus primeros pasos

En este momento particular, bisagra de la Historia, tenemos algunas facilidades para el análisis.

En primer lugar existe un expertise universal en la disciplina de las Relaciones Internacionales que permite identificar tendencias, dogmas, contradicciones y afiliaciones a escuelas identificables que explican el comportamiento de los Estados.

En segundo lugar – y esto es un diferencial contemporáneo – Estados Unidos explícita , explica y debate su visión y misión estratégica. Se hacen públicos los documentos de soporte y los podemos analizar.

El orden que emerge de la NSS 2025 (Estrategia de Seguridad Nacional) , la NDS 2026 (la Estrategia de Defensa Nacional) y el discurso de Rubio presenta características definidas:

  • Primacía del interés nacional sobre normas universales.
  • Disuasión creíble como fundamento de la estabilidad.
  • Alianzas funcionales basadas en reciprocidad y reparto de cargas.
  • Reindustrialización, soberanía energética y control de cadenas de suministro como pilares de
  • seguridad.
  • Multilateralismo reformado, subordinado al liderazgo de las potencias con capacidad real.
  • Reafirmación explícita de una identidad occidental como marco de cohesión estratégica.

No se trata de abolir el orden internacional, sino de despojarlo de su ingenuidad normativa, en la concepción de Washington.

Análisis final: Rubio, Europa y el tiempo que se acorta

Desde las corrientes teóricas de las Relaciones Internacionales, Rubio puede ubicarse en un realismo neoclásico con elementos civilizatorios: reconoce la centralidad del poder material, incorpora factores internos —industria, energía, cohesión social— y utiliza la identidad como recurso político legitimador.

Rubio aparece, así, como una figura de transición: menos disruptiva en la forma que Trump, pero coherente con una reconfiguración estructural del rol estadounidense en el mundo. Su tono tranquilizador no elimina la presión estratégica que ejerce sobre Europa.

Luego del terremoto de Múnich, Europa enfrenta un estado de ánimo ambiguo: alivio por la continuidad del vínculo transatlántico, incomodidad ante la exigencia de asumir costos y una creciente sensación de urgencia. Las opciones son pocas y exigentes: profundizar la subordinación atlántica, intentar una autonomía estratégica real —con enormes dificultades— o aceptar una fragmentación que la relegue a un papel secundario.

El discurso de Rubio no cierra estas alternativas, pero deja algo en claro: el tiempo del viejo orden se agotó, y el margen para postergar decisiones estratégicas se reduce aceleradamente.

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