
RA —¿Cuál es el argumento que está detrás? ¿La preocupación en torno a los niveles de desempleo que se venían registrando, dinamizar el mercado de trabajo?
RM —Fundamentalmente es eso, la idea de combatir los índices de desempleo, que no son los más altos de Europa pero que siguen siendo altos, y se propone combatirlos con una idea que aparentemente es un poco paradójica y que habría que examinar, según la cual siendo más fácil despedir un trabajador también es más fácil contratar un trabajador. Por ahí va el razonamiento cuyas sutilezas se me escapan. Esa es la filosofía, si así puede llamársele, que está en el discurso de justificación de la reforma en términos de combate al desempleo.
Desempleo que de todos modos empezó a bajar. Hay una serie de indicadores que están mejorando en Francia: la actividad económica mejora, la confianza de los consumidores mejora, la confianza del sector industrial mejora, el desempleo ha ido bajando, no de manera extraordinaria pero ha ido bajando. Por supuesto son todas consecuencias de políticas que no responden a este gobierno –hace demasiado poco tiempo que está como para que sean los efectos de algún tipo de iniciativa que haya tomado–, sino que en parte por lo menos tienen que ver con cosas que hizo el gobierno anterior, de François Hollande. El que recoge esos beneficios es el gobierno actual, es el presidente actual.
RA —¿El hecho de que la reforma se vaya a llevar a cabo a través de este régimen de ordenanzas que está previsto en la Constitución quiere decir que es viable y que efectivamente se va a poder concretar sin mayores inconvenientes? ¿En qué consiste después, una vez que ese diálogo no se va a dar en el Parlamento? ¿Cuánto hay de negociación con los sindicatos y con los propios empresarios en el medio?
RM —Es lo que está habiendo ahora, pero yo no me animaría a llamarlo negociación, porque el método del gobierno no ha sido reunir a todos alrededor de una mesa para negociar el asunto, los va recibiendo de a uno y les va dando alguna información, les va comentando algún aspecto, y recibe los comentarios y después decide. Las probabilidades de aprobación de la reforma son altísimas, es un hecho que se va a aprobar, en virtud de la mayoría parlamentaria que tiene el gobierno en la cámara. Cuando las ordenanzas estén promulgadas y se ponga a consideración el proyecto de ley que las aprueba en el Parlamento, va a salir. El partido se juega ahora, pero, insisto, en una dinámica que no es estrictamente hablando de negociaciones. Por eso el punto caliente de las movilizaciones va a ser ahora, porque después ya va a ser demasiado tarde, una vez que eso pase por el Parlamento se acabó la historia. La posibilidad –que es muy escasa de todas maneras– de que las movilizaciones incidan en algo en lo que tiene proyectado el gobierno, si existe, tiene que ser puesta en juego de acá al 20 de setiembre.
RA —Mirando más allá de la reforma laboral, ¿qué otros desafíos esperan a Macron en los próximos meses?
RM —Los principales en estos momentos tienen que ver con cuestiones internacionales y en particular de la Unión Europea. Allí es donde aparece el Macron de izquierda; dentro de fronteras es el Macron de derecha y fuera es el Macron socialdemócrata, que está peleando en este momento para reformar por ejemplo una directiva europea conocida como “de los trabajadores desplazados”. Esta directiva permite, por ejemplo, que una empresa contrate trabajadores de otro país europeo para un período determinado manteniendo el régimen de aportes sociales del país de origen. Con lo cual los países del este de Europa en particular, que tienen sistemas de protección social mucho menos desarrollados que los de los países de Europa Occidental, son los principales proveedores de esa mano de obra con lo que se llama un dumping social. Macron está intentando cosechar alianzas para reformar eso. Y a su vez todo lo que tiene que ver con su proyecto europeo. Estuvo ahora de gira por países del este de Europa, la semana que viene hay una cumbre en París con los gobernantes de Italia, España y Alemania. Y así, está muy activo en ese frente, hacia fuera, con una determinación muy grande para –y en esto creo que le asiste razón– mostrar que el proyecto europeo puede ser diferente de lo que es y mitigar o moderar el descontento que ha nutrido el crecimiento de partidos de extrema derecha en casi todos los países del continente.
RA —¿Ahí dirías que hasta ha opacado a Angela Merkel?
RM —Por el momento sí, en estos últimos tiempos sí. No hay que olvidar que Angela Merkel está en plena campaña electoral, eso la ha puesto un poquito más concentrada en cuestiones domésticas, porque el mes que viene hay elecciones en Alemania, para las cuales es la favorita. Es decir que también allí hay un lapso que habrá que esperar para que después de que se confirmen los resultados y si es Angela Merkel vuelva a aparecer en primer plano el binomio París-Berlín, que es el que puede en definitiva, más allá de cualquier otra consideración, impulsar cambios significativos en la Unión Europea.
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Transcripción: María Lila Ltaif









