
Habían pasado tres años del Maracanazo, pero la conciencia colectiva futbolera de los uruguayos parecía insatisfecha. No bastaba con las conquistas olímpicas ni los dos mundiales, en la calle todavía sonaba aquello de “hasta que no les ganemos a los ingleses…”
La primera vez nunca se olvida
Por Homero Fernández
Lunes 23.02.2026
El primer partido entre Uruguay-Inglaterra fue programado para el 31 de mayo de 1953 en Montevideo. Era una prueba especial. Inglaterra salía de su isla y se animaba a visitar el sur del continente americano.
Aunque fuera un amistoso iba a ser la confrontación de dos distintas escuelas: la criolla, basada en la técnica y la improvisación; y la inglesa, disciplinada y veloz. Era el Rey de Maracaná contra el “inventor del juego”.
Decía el vespertino montevideano Acción pocos días antes del partido:
“En todas las magistrales proezas que por los campos del mundo hicieron los celestes, nunca tuvieron la oportunidad de imponer su calidad y su garra ante Inglaterra. Ahora, ha llegado la magnífica ocasión: el león británico ha salido de su reducto, está en el Plata peleando con gallardía por la recuperación de su disminuido prestigio tras la campaña del Mundial de 1950 y la derrota en Buenos Aires”.
Justamente, en su debut en el Río de la Plata, el 14 de mayo, los argentinos habían vencido en la cancha de River a una selección inglesa con muchos suplentes. Un partido que muchos periodistas y futbolistas uruguayos habían podido presenciar a través de la televisión argentina desde Colonia, adonde los habían invitado especialmente para tan extraordinario evento.
Visto lo visto a través de “esos aparatitos que, sinceramente, llamaremos la octava maravilla”, decían los periodistas: “Inglaterra no podrá nunca vencer a Uruguay, si no cambia totalmente”.
Las entradas para el partido de Montevideo se pusieron a la venta y se agotaron en un abrir y cerrar de ojos. Eso aseguraba la presencia de más de 60 mil espectadores. Ante la gran demanda la AUF buscó programar una posible revancha en los días siguientes, pero los ingleses ya tenían programado otro partido en Chile.
La Estación Central de trenes se desbordó con gente que venía del interior a ver el enfrentamiento y las puertas del estadio se abrieron a las 10 de la mañana para evitar problemas de acceso.
En el equipo inglés era destacada la ausencia del goleador y astro Stanley Matthews, quien ganaría el primer Balón de Oro en 1956.
La Celeste tenía la base de Maracaná, pero con la gran ausencia de dos de sus protagonistas decisivos. El gran capitán Obdulio Varela, fiel a su personalidad rebelde, no se había presentado a los entrenamientos y después quedó fuera de la convocatoria por una supuesta lesión.
Alcides Ghiggia, con un pie en el fútbol italiano, no había sido tomado en cuenta porque debía cumplir una sanción disciplinaria.
“Es una batalla que estuvimos esperando desde el momento mismo en que en el mástil Olímpico de Colombes subía al cielo la bandera azul y blanca de nuestro querido Uruguay”, publicaba el diario La Mañana, el día del partido.
A las 15 horas Uruguay salió a la cancha con Roque Máspoli, Matías González y William Martínez; Víctor Rodríguez Andrade, Néstor Carballo y Luis Alberto Cruz; Julio César Abbadie, Juan Alberto Schiaffino, Oscar Míguez, Julio Pérez y Juan Carlos Cabrera.
El partido fue disputado con la intensidad que merecía una final de cualquier torneo. Eran dos escuelas distintas pero que se admiraban. Uruguay hizo valer su localía y la calidad de sus jugadores que venían de tocar la gloria en Brasil.
A los 27 minutos Abaddie hizo el primer gol con un tiro cruzado. Óscar Miguez, de cabeza, puso el segundo cuando faltaban 20 minutos para el final. Una anotación que los ingleses protestaron por considerar que el delantero estaba en fuera de lugar. El árbitro inglés Arthur Ellis desestimó las quejas, aunque posteriormente no cobró un penal claro, según los uruguayos, por una mano de un defensa visitante.
El arquero Gill Merrick impidió una mayor ventaja de los celestes que concedieron el descuento por intermedio de Taylor, prácticamente en la hora.
La victoria uruguaya por 2-1 volvió a encender el orgullo nacional y los diarios alimentaron ese sentimiento al considerar que la celeste había “jugado como una máquina” y “haciendo delirar al pueblo”.
Y “La Mañana” remató: “Ni Inglaterra podrá discutir que somos los mejores”.
El defensa Alf Ramsey se mostró confiado de las posibilidades inglesas en una posible revancha durante el próximo mundial de Suiza”.
La historia le daría a Ramsey solo una revancha: sería campeón del Mundo en 1966 como entrenador inglés, pero sin poder ganarle a la celeste.
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