
En el templo del fútbol, Wembley, se inauguraba el Mundial de 1966. Todo estaba listo para la fiesta, para lanzar al equipo inglés en busca de la Copa soñada y nunca conquistada. Enfrente, estaban Ladislao Mazurkiewicz y 10 más.
El trofeo fue un empate
Por Homero Fernández
Miércoles 25.03.2026
Los jugadores uruguayos celebraban en el campo como si hubieran ganado el Mundial. El escenario lo tenía todo: un estadio histórico como Wembley, miles de aficionados en las tribunas, la Reina Isabel II presidiendo desde el palco lo que era la inauguración de una nueva Copa del Mundo.
En todo Uruguay lo que reinaba era el orgullo: la celeste había arruinado una vez más la fiesta de un dueño de casa. Al otro día los diarios hablaban de hazaña con grandes letras. La gente festejaba lo que se podía. Los inventores del fútbol no habían podido vencer a Uruguay.
Era 1966, el tiempo en que la guerra de Vietnam convocaba a miles en las calles para protestar. La víspera de una revuelta popular que llegaría dos años después impulsada por los estudiantes.
1966, la época en que Los Beatles reinaban en las listas de éxitos mientras que Raphael se hacía famoso con su “Yo soy aquel” y Los Bravos hacían bailar a la juventud latinoamericana con “Black is Black”.
Aquel 11 de julio, que había empezado con un saludo a Isabel II por parte de cada uno de los jugadores, había terminado con la frustración del equipo inglés que veía que el camino hacia su ansiado primer título mundial empezaba sin demasiado brillo y con la impotencia de no meter un gol. Era la primera vez en 12 partidos consecutivos que se retiraban de la cancha sin romper la red adversaria.
Sabedor de esa potencia goleadora el técnico celeste Ondino Viera apostó por frenar el ímpetu local, impulsado por Jackie y Bobby Charlton y el liderazgo de Bobby Moore, colocando ocho o nueve jugadores a defender.
Y el tiempo, le dio la razón. Porque después de los 90 minutos su equipo disfrutaba de la alegría que daba un punto y dejaba todo abierto en la primera ronda a lo que pasara después contra Francia y México, los otros compañeros de la serie.
En contraste con el sentimiento uruguayo, la crónica inglesa definió el partido de Wembley como un espectáculo aburrido, monótono y que desmerecía la ilusión con la que habían llegado, y pagado bastante, los miles de fanáticos ingleses.
“Las expectativas del principio pronto desaparecieron cuando los uruguayos se plantaron defensivamente y lo mantuvieron todo el partido”, dijo la crónica de un periodista inglés recogida de los archivos ingleses.
Los comentarios apuntaron como una rareza del encuentro un tiro de larga distancia del jugador uruguayo Julio César Cortés. El golero inglés Gordon Banks lo agradeció sacando el balón al córner. Sería el único trabajo que tendría.
Pero, en contraste, en la valla celeste otro gallo había cantado.
Esa tarde-noche, Horacio Troche y Jorge Manicera fueron los escuderos de un nuevo héroe celeste que nacía debajo de los palos, entonces realmente palos.
Ladislao Mazurkiewicz con su agilidad y reflejos ahogaría más de una vez el grito de gol de la tribuna inglesa. Arriba: cortando centros ante los gigantes isleños; a los costados: volando para desviar al tiro de esquina o anticipando y abajo: arriesgando todo a los pies de Jimmy Greaves y Roger Hunt.
Los ojos del mundo lo miraron a partir de entonces. Años después el célebre guardameta soviético Lev Yashin, considerado el mejor de todos, lo nombrará su sucesor en el trono imaginario de los cancerberos.
Para demostrarlo, en su partido de despedida, en 1971 contra la selección de la URSS, Mazurkiewicz defendería la meta del equipo formado por Schnellinger y Beckembauer; Fachetti, Overath y Moore; Jairzinho, Eusebio, Charlton, Pelé y Djazic. ¡Casi nada!
Cuando el árbitro húngaro dio por finalizado el partido inaugural del Mundial que finalmente ganaría Inglaterra, la reina Isabel se retiró a sus aposentos más aburrida que nadie y pensando que su pasión por la equitación estaba justificada.
Los aficionados ingleses terminaron como siempre en el pub, esta vez con el grito de gol atragantado que intentaron bajar con litros de cerveza.
Los jugadores celestes, en los vestuarios, se abrazaron tantas veces como pudieron.
En Uruguay, pegados a las radios, los hinchas seguían imaginando las jugadas que habían transmitido los relatores.
Tendrían que esperar dos días para poder ver el partido por televisión.
Sin duda, eran otros tiempos.
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