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De un argentino sobre las elecciones en Argentina: "Solos nos dirigimos al matadero"

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Soy argentino, vivo en Montevideo. Ante unas elecciones donde ninguno de los candidatos representa más que una alternativa para que no gane el otro, donde existe un miedo social sobre una regresión a la década de 1990, intento reflejar el sentimiento de muchos indignados frente a esta realidad.

Recuerdo esos años de los que hoy todos hablan con temor. Era chico. Recién comenzaba a comprender que el mundo era manipulado por los que tienen más poder. Los de abajo parecíamos no importar. Recuerdo a mis viejos en las ollas populares. Los vecinos unidos: unos ponían fideos, otros verduras, algunos no podían colaborar con nada, pero igual eran bien recibidos. Los chicos jugábamos, ajenos a la realidad. Los grandes discutían, se organizaban, buscaban cómo superar la crisis.

Recuerdo el comedor del colegio. No daba abasto para alimentar a tantos chicos. Para algunos, esa era la única comida del día. En sus casas los golpeaba la realidad de un té y, quizás, un pan para repartir entre cuatro hermanitos. Recuerdo el tren blanco que llevaba a los cartoneros. Era un trabajo muy solicitado en esa época. Quizás el único posible, a menos que hubieras estudiado. Si eras psicólogo o arquitecto estabas salvado. Tenías el título requerido para conducir un taxi que, con suerte, era tuyo.

La gente se empezó a cansar, los de abajo se taparon la cara y salieron a la calle. Recuerdo las imágenes en televisión aunque podía verlo también desde la ventana. Los Simpson empezaban después del noticiero. Entonces, expectante al comienzo de la serie, miraba algunas noticias. Allí los vi a mi hermano y a mi vieja, entre una multitud, en la Plaza de Mayo, al grito de “que se vayan todos”.

Recuerdo el estado de sitio pretendido por De la Rúa y el ruido a cacerolas vacías que le respondieron una noche de diciembre. Recuerdo el olor a revolución que se desprendía de las gomas quemadas en los cortes de ruta, el grito de las piedras que combatían contra balas de goma (cuando no de plomo) y gas lacrimógeno. Recuerdo el conteo de muertos del 19 y 20 de diciembre, los rostros destrozados en llantos ante la pérdida de un compañero o ser querido, mi temor ante la posibilidad de que alguien cercano dejara su cuerpo en esa batalla.

“Se viene el estallido”, cantaban las bandas. Los de abajo, los que no importábamos, hicimos temblar el tablero. El pueblo se pudo juntar desde el sufrimiento, el hambre y la impotencia. Un gigante que tambaleaba cayó. Huyó en helicóptero. El pueblo soñaba con un cambio. El último manotazo de ahogado lo dio un cabezón que parecía no comprender que el pueblo ya había dicho basta. Recuerdo sentirme contagiado por la ilusión de un cambio verdadero, una nueva historia para el país.

Los años pasaron. Crecí bajo el mismo dominio de los poderosos, pero acobijado por un Estado benefactor, un gobierno de pueblo, que –con sus aciertos o errores– logró calmar a las masas, sin dejar de beneficiar a las empresas. Nos fuimos acomodando a los nuevos tiempos, dejamos de pasar hambre, dejamos de salir a la calle, dejamos de ayudarnos entre vecinos. Empezamos a mirar más televisión y menos realidad. Se apagó la llama revolucionaria y compañera.

Los que huyeron en los 90 están volviendo. Nadie les pide que se vayan. Solo se resignan a elegir al mal menor. Ya nadie parece abrazar a las Madres de la Plaza. Las últimas cacerolas que se escucharon fueron las de la burguesía hace pocos años. Ahora, felices con su candidato que baila y sonríe, regala globos y anda en bici amarilla, mientras vomita banalidad y cinismo.

La única alternativa que parece quedar para que alguien así no llegue al poder es otro personaje amigo de las políticas de los 90. La mayoría de sus votantes lo elegiremos con asco nauseabundo. Le venderemos el alma al diablo. Tendremos la esperanza de que se vea limitado por los principios del partido al que representa. Algunos deciden votar en blanco. Les sobran razones, pero lo único que logran es lavarse las manos. Esquivan el problema. Dejan su conciencia tranquila por saber que no votaron a ninguno de los dos.

Creía que de chico no entendía bien las cosas y que, a medida que fuera creciendo, iba a comprender. Pero no, hoy me detengo a mirar la realidad de mi país y no comprendo. ¿Dónde quedó toda esa gente que salió a la calle? ¿Qué esperan para salir ahora? ¿Volver a sentirse pisoteados? Me duele Argentina. Me duele ver cómo solos nos dirigimos al matadero.

Lautaro Marrero
Vía correo electrónico


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