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Apuntes: El rey que dijo lo que otros no se atreven a decir

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En Perspectiva · Apuntes – El rey que dijo lo que otros no se atreven a decir

El rey dijo lo que otros no se atreven a decir

Hay discursos que se recuerdan por lo que dicen. Y hay discursos que se recuerdan por lo que dicen sin decirlo. El que pronunció Carlos III ante el Congreso de los Estados Unidos este martes, 28 de abril, pertenece, con elegancia notable, a esta segunda categoría.

El rey de Gran Bretaña e Irlanda del Norte llegó a Washington en visita de Estado, oficialmente para celebrar los 250 años de la independencia norteamericana. Nada más oportuno, nada más simbólico: el descendiente directo del rey Jorge III —aquel monarca que los Padres Fundadores desafiaron— viajaba a la capital del imperio que nació de esa rebelión. El propio Carlos lo reconoció con humor al abrir su disertación, bromeando sobre "una historia de dos Jorges" y aclarando que no venía "como parte de ninguna acción de retaguardia". La sala rió. Y e hizo bien en reír, porque lo que vendría después tenía poco de entretenimiento y mucho más de advertencia.

El telón de fondo: una relación en crisis

Para entender el peso político real de la alocución, hay que repasar cuál era el estado de la llamada "relación especial" entre Washington y Londres en el momento en que Carlos habló. No estaba bien.

La guerra contra Irán —iniciada el 28 de febrero— ha causado una tensión considerable entre ambos países. La negativa del primer ministro británico, Keith Starmer, a involucrarse activamente y sus dudas iniciales sobre permitir el acceso estadounidense a bases británicas le valieron reproches públicos de Donald Trump. Durante un evento de Pascua en la Casa Blanca, Trump se burló de Starmer por supuestamente haber dicho que necesitaba "consultar con su equipo" cuando le pidieron que enviara barcos británicos al Medio Oriente. 

El Reino Unido también se negó a participar en el bloqueo del Estrecho de Ormuz anunciado por Trump. "No apoyamos el bloqueo", dijo Starmer públicamente, añadiendo que su país "no va a dejarse arrastrar" a esa guerra. Londres permitió finalmente el uso de bases conjuntas para operaciones "limitadas y defensivas", pero la lentitud de esas concesiones generó una disputa significativa con la Casa Blanca. 

"Arruina las relaciones", sostuvo Trump sobre el líder laborista el mes pasado. "No es con Winston Churchill que estamos tratando”. Era en ese clima que llegaba a Washington el rey.

El arte de hablar sin mencionar al elefante

Carlos defendió la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), enfatizó la importancia de los contrapesos al poder ejecutivo y advirtió contra el aislacionismo, todo mientras evitaba cuidadosamente la confrontación directa con el presidente. Ese es el arte que domina un monarca constitucional que lleva décadas navegando entre la necesidad de hablar y la obligación de no meterse en política. Carlos lo ha practicado toda su vida. Pero nunca, quizás, con tanta urgencia.

Usó ese gran escenario para corregir sutilmente el registro sobre el pasado de la OTAN, defender a la Armada Real británica luego de que Trump la ridiculizara, hacer un llamado a proteger la naturaleza en momentos de indiferencia norteamericana ante el cambio climático, y elogiar los controles y equilibrios sobre el poder ejecutivo. 

Cada uno de esos temas es una herida abierta en la relación entre Washington y Londres. Pero Carlos no respondió a ninguno de los ataques directamente. Los ignoró por las vías del protocolo. Y los refutó por las vías de la historia.

La lección de historia 

El momento más potente de la exposición fue, en apariencia, el más sencillo. El rey recordó que la única vez en la historia que la OTAN invocó el Artículo 5 —el de defensa colectiva— fue en 2001, después de los atentados del 11 de septiembre, en apoyo a los Estados Unidos. "Respondimos al llamado juntos", dijo Carlos, "como nuestros pueblos lo han hecho durante más de un siglo, hombro a hombro, a través de dos guerras mundiales, la Guerra Fría, Afganistán y los momentos que definieron nuestra seguridad compartida". 

Era una respuesta directa, documentada y elegante a la afirmación de Trump de que la OTAN "no estuvo ahí cuando la necesitamos". Trump había llegado a decir falsamente que las tropas canadienses, británicas y de otros aliados en Afganistán "se quedaron un poco atrás" en las líneas de combate. El rey no citó esas palabras. Simplemente recordó los hechos. 

Algunos analistas anotan que la diferencia entre un político y un monarca es que el monarca puede darse el lujo de confiar en que la historia hable por sí sola.

El cambio climático que no se puede nombrar

Carlos III es, desde hace décadas, uno de los defensores más consistentes del mundo en materia de medioambiente. Y, del otro lado, su anfitrión, Trump, fue el presidente que  retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París. En ese contexto, ¿cómo habla un rey de lo que más le importa frente a quien más se opone a ello?

La respuesta fue: evitar por completo las palabras "medioambiente", “ambiente” o "cambio climático", mientras argumentaba con fuerza la necesidad de una acción más ambiciosa para salvar el planeta. Mencionó, en cambio, "la naturaleza". Y nadie en la sala pudo objetar nada, porque nadie puede declararse en contra de "la naturaleza". 

Fue, en su modestia verbal, un acto político de gran habilidad, según indicaban algunos comentaristas en la prensa.

El regalo del submarino

Carlos también tuvo su momento de diplomacia simbólica. Le regaló a Trump la campana de un antiguo submarino de la Marina Real llamado HMS Trump, botado en un astillero británico en 1944. Un submarino que lleva el nombre del presidente, construido por los aliados que Trump dice que no estuvieron ahí. El gesto es tan elegante que casi duele.

Otros temas

Carlos también elogió la importancia de un "poder judicial independiente" el mismo día en que la Casa Blanca comenzaba a implementar nuevos aranceles para eludir un fallo de la Corte Suprema. Y llamó a Washington a que evite volverse "cada vez más introvertida", en oposición concreta al enfoque "America First" de Trump. 

Todo eso lo planteó desde el estrado del Congreso. Con el vicepresidente J.D. Vance y el presidente de la cámara baja, Mike Johnson, sentados a sus espaldas. Y con una sala que aplaudió de pie, incluyendo republicanos.

A veces la monarquía…

Las circunstancias de esta visita estaban lejos de las que rodearon a la reina Isabel II cuando habló ante el Congreso en 1991, donde destacó la importancia de la democracia, la cooperación internacional y las organizaciones multilaterales. En aquel momento, el mundo occidental navegaba con viento a favor. Hoy el viento sopla en otra dirección, y el rey lo sabe.

Algún columnista marcó que había una “paradoja hermosa” en todo esto: el rey de un país monárquico viajó a la república más poderosa del mundo para recordarle la importancia de los contrapesos al poder, el valor de las alianzas, la necesidad de no ignorar la naturaleza y el peligro del aislacionismo. Lo hizo con humor, con datos históricos y sin perder la compostura.

En tiempos en que muchos líderes electos callan lo que piensan sobre Trump por miedo a las consecuencias, un rey hereditario, sin votos que perder ni cargo que defender, fue a decírselo en su propia casa.

A veces la monarquía tiene sus ventajas.


Mirá aquí el discurso completo del rey Carlos III ante el Congreso de los Estados Unidos | AFP

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