
La ciencia y la tecnología cuentan con herramientas cada vez más poderosas para abordar algunos de los grandes problemas de la humanidad. Pero, para Rafael Radi, bioquímico, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República e integrante de la Academia Pontificia de Ciencias, el desafío principal ya no es solo técnico: también consiste en decidir cómo se usan esas herramientas, quiénes acceden a sus beneficios y qué riesgos está dispuesta a asumir la sociedad.
“Desde el punto de vista tecnológico y científico, los grandes desafíos que tenemos por resolver, la hoja de ruta está, y tarde o temprano las herramientas tecnológicas podrán resolverlos”, señaló Radi en diálogo con Emiliano Cotelo en En Perspectiva. Entre esos desafíos mencionó la captura de dióxido de carbono, el tratamiento del cáncer y la comprensión y mitigación del cambio climático.
Sin embargo, advirtió que la capacidad de hacer algo no implica que necesariamente deba hacerse. “Los desafíos más grandes empiezan a ser ahora desde el punto de vista ético y de la responsabilidad de cómo la ciencia y la tecnología se articulan con el funcionamiento de la sociedad”, dijo. En ese sentido, planteó la necesidad de evitar que la innovación profundice la fragmentación social entre quienes pueden acceder a sus beneficios y quienes quedan excluidos.
“Hoy el problema más grande que tenemos es más ético y de responsabilidad que científico per se”, resumió.
Radi participó en Roma de la reunión plenaria bianual de la Academia Pontificia de Ciencias, dedicada al futuro de la ciencia en un mundo cambiante. La institución, con sede en el Vaticano, reúne a especialistas de distintas disciplinas y nacionalidades. Según explicó, su agenda científica no está condicionada por la religión de sus integrantes: los estatutos establecen que la elección de sus miembros responde a criterios de calidad científica y atributos éticos y morales.
Inteligencia artificial: una herramienta poderosa y preguntas pendientes
La inteligencia artificial fue uno de los principales asuntos discutidos en la plenaria. Radi destacó su potencial para acelerar la investigación científica y explicó que, en áreas como la bioquímica humana, procesos que antes podían llevar años ahora pueden reducirse a meses o semanas.
“Es un asistente poderosísimo”, afirmó. En su propio centro de investigación, agregó, utilizan herramientas de inteligencia artificial para analizar grandes volúmenes de datos y predecir estructuras de proteínas. Pero aclaró que, en las ciencias experimentales, estas tecnologías no sustituyen la comprobación empírica: “La inteligencia artificial nunca va a resolver todo. Las ciencias experimentales necesitan el dato experimental”.
Junto con esas oportunidades, la expansión de la IA plantea preguntas sobre su control y sus efectos. Radi señaló que las empresas que desarrollan estos sistemas tienen fines de lucro y que la competencia puede entrar en tensión con la necesidad de avanzar con cautela. También advirtió sobre el potencial de estas herramientas para influir en las sociedades y en la democracia.
“Si no tienen el control y el curado del ser humano, pueden ir para cualquier lado”, dijo. Para ilustrar la magnitud de los riesgos, comparó la inteligencia artificial con la energía nuclear: ambas pueden emplearse para fines beneficiosos, pero también tienen capacidad de provocar daños de gran alcance.
La declaración final de la Academia propuso crear una agencia global para la inteligencia artificial, siguiendo como referencia al Organismo Internacional de Energía Atómica. Una de las tareas de ese organismo sería promover mecanismos de evaluación independiente antes de que nuevos programas lleguen al mercado. El objetivo, explicó Radi, sería verificar que sus límites estén claros y que los sistemas no actúen de maneras que sus propios desarrolladores no pueden controlar.
El científico reconoció que esa propuesta abre un debate: quienes promueven una regulación más estricta suelen encontrarse con el argumento de que podría frenar la innovación. También se ha planteado la posibilidad de una moratoria, aunque, según Radi, mientras algunos actores acuerdan detenerse, otros pueden continuar desarrollando tecnología por fuera de esos compromisos.
“Como bien público global, hay que tener una mirada global”, sostuvo. A su entender, la cooperación internacional es necesaria porque los asuntos que deben gobernarse —entre ellos la inteligencia artificial, el cambio climático y las pandemias— trascienden las fronteras nacionales. “El planeta es uno solo, esta es nuestra casa”, dijo.
La creatividad humana y el riesgo de delegar el aprendizaje
Durante la entrevista, Radi describió una prueba propuesta por el científico Demis Hassabis para medir las capacidades de los sistemas de inteligencia artificial. La consigna consistía en darles información científica disponible hasta 1901 y pedirles que, a partir de ella, derivaran las ecuaciones de la relatividad especial y general, que Albert Einstein desarrolló en los años siguientes.
Hasta el momento, explicó, los sistemas no lo han logrado. Para Radi, el resultado muestra que la IA aún no ha alcanzado el nivel de creatividad de algunos de los mayores logros intelectuales humanos. “Todavía la inteligencia artificial no tiene el nivel de creatividad máximo que una mente humana ha logrado”, afirmó.
Pero su preocupación no se limita a lo que las máquinas pueden o no pueden resolver. También apunta a qué ocurre con las capacidades humanas cuando se delegan cada vez más tareas a los sistemas automáticos. Radi recogió inquietudes de matemáticos sobre la enseñanza de esa disciplina: si las nuevas generaciones creen que ya no necesitan aprender porque un programa puede resolver los problemas, podría producirse una pérdida de conocimientos y habilidades.
El científico vinculó esta inquietud con el concepto de “postalfabetismo”: una etapa en la que las personas dejan de desarrollar o ejercitar capacidades que antes aprendían, porque las delegan en computadoras y otras tecnologías. “Empieza a haber como un desaprendizaje de la especie humana”, advirtió.
Radi también señaló el alto consumo energético de la inteligencia artificial. El cerebro humano, explicó, funciona con unos 20 vatios, mientras que una tarjeta gráfica puede consumir alrededor de 1.000 vatios y los grandes centros de datos requieren cantidades mucho mayores de energía.
“El cerebro humano es extremadamente eficiente desde el punto de vista del gasto energético”, dijo. Para el investigador, esta diferencia es relevante en un contexto de cambio climático y de expansión de grandes centros de datos, que necesitan mucha electricidad y generan calor.
Edición genética y límites de la intervención
Otro de los temas abordados fue el desarrollo de las ciencias de la vida: la edición genética, la biología sintética y las técnicas que permiten modificar organismos. Radi distinguió entre lo que la tecnología hace posible y aquello que la sociedad considera aceptable.
“Ahí hay dos asuntos: uno es exactamente los límites de lo que se puede versus lo que se debe hacer”, planteó. Como ejemplo, mencionó la posibilidad de corregir una alteración genética que causa una enfermedad grave en un recién nacido. Ese tipo de intervención podría ser beneficiosa, sostuvo, aunque la existencia de herramientas técnicas también puede abrir la puerta a usos éticamente cuestionables.
La discusión sobre los límites se conecta, además, con la búsqueda de prolongar la vida. Radi distinguió entre el aumento de la expectativa de vida y la posibilidad de ampliar el límite máximo de la vida humana. En poco más de un siglo, indicó, la expectativa de vida pasó, de manera simplificada, de unos 40 años a unos 80. En cambio, el máximo registrado sigue en torno a los 120 o 125 años.
Las investigaciones para superar ese límite, explicó, incluyen estudios de manipulación genética en especies de laboratorio. No obstante, consideró que, si esas intervenciones llegaran a ser técnicamente viables en seres humanos, las preguntas centrales serían principalmente éticas y sociales.
“La búsqueda de una vida más larga” también obliga a pensar en sus efectos sobre las familias, los sistemas de salud, las economías, las estructuras demográficas y las relaciones entre generaciones, señaló Radi al referirse a la declaración de la Academia.
Medicina de precisión y acceso desigual
La medicina de precisión permite diseñar tratamientos a partir de las características particulares de cada paciente y ha abierto nuevas posibilidades, incluso para tratar cánceres avanzados. Pero Radi alertó sobre el alto costo de algunas de esas terapias y el acceso desigual.
“¿Cuál es el acceso de la población general a ese tipo de intervención?”, preguntó. Si los tratamientos quedan reservados para un grupo pequeño con recursos suficientes, dijo, la ciencia puede terminar beneficiando solo a una minoría.
Radi indicó que los costos de acceso a la medicina de precisión están “totalmente fuera de lo que un ciudadano medio puede hacer” y mencionó que el sistema de salud enfrenta recursos de amparo vinculados con esos tratamientos. Por eso defendió la importancia de preservar la salud pública y de sostener medidas cuyo impacto está ampliamente demostrado, como el acceso al agua potable, la vacunación y una alimentación adecuada.
“La ciencia es una acción humana que tiene que estar dirigida a los humanos”, afirmó. Para el investigador, los avances deben evaluarse no solo por sus resultados científicos, sino también por la posibilidad de que sus beneficios alcancen a la población.
Cambio climático: mitigar y adaptarse
La crisis climática fue otro de los asuntos discutidos en Roma. Radi mencionó el aumento de las temperaturas, la pérdida de hielo en los polos, la subida del nivel del mar y los efectos sobre las zonas costeras. También señaló que las ciudades pueden desempeñar un papel en la respuesta, por ejemplo, mediante la incorporación de áreas verdes y soluciones urbanísticas que ayuden a reducir el calor y absorber dióxido de carbono.
Además de reducir las emisiones, sostuvo, es necesario prepararse para los impactos que ya están en curso. “Son como en paralelo: adaptación, mitigación y transformación”, dijo. Como ejemplo, mencionó los cambios en los regímenes de lluvia, que pueden concentrar grandes volúmenes de agua en períodos breves y obligan a adaptar edificios y construcciones.
Radi destacó que Uruguay también debe abordar estas cuestiones y mencionó iniciativas de adaptación en Montevideo y en otras intendencias. Pero insistió en que la respuesta requiere coordinación internacional: “Si no hay una gobernanza global que nos conduzca como planeta y humanidad hacia una gestión coordinada, es muy difícil”.
Confianza, educación y democracia
Para que las recomendaciones científicas se traduzcan en políticas y cambios sociales, Radi consideró fundamental reconstruir la confianza entre la ciencia, la ciudadanía y la política. “Las sociedades necesitan creer y confiar en que determinadas medidas van en pos de un mejoramiento de la calidad de vida”, señaló.
La educación también puede ayudar a enfrentar la desinformación. Según Radi, una sociedad mejor formada en el método científico está en mejores condiciones de distinguir información confiable de información falsa. Por eso planteó que el sistema educativo debe incorporar con mayor intensidad asuntos como la inteligencia artificial, el cambio climático y los desafíos globales.
La ciencia, sostuvo, tiene capacidad para ayudar a resolver problemas complejos, pero su contribución depende de cómo se vincule con la sociedad. “La ciencia tiene un futuro promisorio en tema de atender problemas científicos y tecnológicos complejos, pero solo si se conecta bien con la sociedad, con nuestra forma de vida, yo diría hasta con la democracia”, concluyó.
Materiales complementarios
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