Alepo y nuestra conciencia

Por Mauricio Rabuffetti ///
@maurirabuffetti

Omran y Alí eran hermanos. Omran tiene cinco años. Alí tenía 10. Vivían con su familia en Alepo, en Siria. La semana pasada los bombardeos del régimen sirio sobre esa ciudad cayeron, entre otros, sobre el lugar en el que estaban los dos. Alí murió tres días después de que cayeron las bombas. Omran sobrevivió. Tal vez usted no recuerde su nombre, pero es probable que haya visto su cara en los noticieros, en los diarios y en las redes sociales.

Omran es el pequeño que aparece en un video cuando es rescatado junto a otros niños de una zona vuelta escombros. El niño apenas se abraza de la espalda de un socorrista que lo deposita en una silla anaranjada. Su mirada se fija en la cámara de un reportero. Impactado. En shock o consciente aunque sin entender demasiado qué está ocurriendo. Sus ojos miran con inocencia mientras respira lentamente.

La sangre le cubre la mitad del rostro. Con su mano izquierda, se toca la cabeza y ve que se mancha los dedos de rojo. Como con vergüenza, como si hubiera hecho algo que no debía, se limpia su manito en la silla, la junta con la otra y así permanece, en silencio, sin saber que sin hablar está interrogándonos a todos.

Omran es uno de los niños que nació en medio de la guerra en Siria, y su tragedia y la de su familia conmocionaron al mundo. El fenómeno de las imágenes virales hizo renacer la indignación en muchos que no piensan todos los días en esta guerra cruel e inhumana que carcome ya no a Siria, sino al mundo.

El hecho produjo una reacción similar a la que registramos cuando una fotógrafa retrató a Aylan, otro niño sirio, muerto sobre la arena de una playa cuando su familia intentaba llegar a Grecia escapando de la barbarie.

Son imágenes que aparecen de tanto en tanto, aunque se producen todos los días. Solo que las lentes no siempre logran capturarlas. Son golpes a la conciencia de una humanidad que asiste impotente al incremento de la violencia de la mano de intereses políticos, económicos y otros cuyo origen y finalidad no logramos todavía descifrar porque una confusa nube de fanatismo lo impide.

La Unión Europea pidió que cesen las hostilidades para poder abrir un canal humanitario, tal como establecen las convenciones internacionales que los hombres nos dimos para regular, nada menos que la guerra.

Mientras la burocracia discute, y las bombas caen, y los niños mueren, el drama de la guerra en Siria alimenta otros conflictos.

Los refugiados se cuentan por millones en Europa. El secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, dijo que la situación de quienes huyen del conflicto hacia el viejo continente “es incontrolable” e “insostenible”. Poco ha podido hacer la ONU más allá de declarar su impotencia. Pero Ban dijo algo verdaderamente importante: la crisis solo se mitigará “sobre la base de la responsabilidad compartida”.

Y esto nos trae a nuestro país, donde el programa para recibir familias sirias que huyen de la guerra fue suspendido.

Muchos uruguayos estuvieron en contra de ese programa del gobierno de José Mujica desde el vamos. Los argumentos iban desde el temor a involucrarse en terreno desconocido, a señalar que no era un problema de Uruguay lo que ocurría en Siria.

Tampoco lo sería entonces de España, Francia, Alemania y tantos otros países que involuntariamente o por motu propio han acogido a miles de refugiados.

Sí es un problema nuestro. Sí es un problema de los países que integran las Naciones Unidas. Y sí está bien que nos ocupemos de ese tipo de situaciones, aunque haya dificultades, aunque haya choques y malos entendidos. La tradición de acogida es parte de nuestra historia y no deberíamos negarlo.

Al ver las fotos aéreas de los campamentos de refugiados en Europa, la magnitud del desafío queda muy clara.

Mientras no haya un involucramiento global, seguiremos viendo cómo extremistas se vuelven políticos populares; el combustible para los discursos incendiarios populistas, radicales, facilistas, los que piden levantar muros y deportar a mansalva, estará asegurado; peor aún, seguiremos viendo videos y fotos de Omrans y Aylans que sacudirán nuestras conciencias y que compartiremos indignados, creyendo que hacemos algo por ellos.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, miércoles 24.08.2016

Sobre el autor
Mauricio Rabuffetti (1975) es periodista y columnista político. Es autor del libro José Mujica. La revolución tranquila, un ensayo publicado en 20 países. Es corresponsal de Agence France-Presse en Uruguay. Sus opiniones vertidas en este espacio son personales y no expresan la posición de los medios con los cuales colabora.

Mauricio Rabuffetti

Mauricio Rabuffetti (1975) es periodista y columnista político. Es autor del libro José Mujica. La revolución tranquila, un ensayo publicado en 20 países. Es corresponsal de Agence France-Presse en Uruguay. Sus opiniones vertidas en este espacio son personales y no expresan la posición de los medios con los cuales colabora.

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2 Comentarios

  • La primera foto que vi en mi vida sobre niños víctimas de la afrenta de la guerra, fue la de «la niña del napalm» (Vietnam), yo era un niño también y ya pasaron más de 40 años de esa infamia.
    Muchas cosas sucedieron desde entonces, (cayó el muro, la revolución de Internet y tanto y tanto mas); hoy, en términos éticos (paz, libertad, justicia) el paso del tiempo y sus circunstancias a sido inocuo, se repite la foto…
    No oculto mi desencanto y proclamo la dignidad, pero estoy fastidiado con los indignados; indignarse hoy -para muchos- se volvió una pose políticamente correcta, que lava conciencias mientras cazan pokemones y los indignados de alma siempre quedan en el bando de los derrotados.
    Temo que seguiré viendo niños sumergidos por la infamia y a pesar de la tentación a resignarse por la impotencia, no se puede bajar los brazos ni la voz…los niños de las fotos nos miran, nos reclaman.

  • Acepto que sea un compromiso de nuestro país el brindar ayuda para los refugiados de una guerra en la misma forma que lo sea para el resto de los países en paz (tal vez, debiera serlo en proporción a los recursos materiales de que cada uno dispone). Pero lo que no acepto es que se haga de la forma que se obró en la última oportunidad: una gestión autopromocionada del gobierno; una recepción bajo palio en medio de una campaña electoral; unas promesas de alcance aún no conocido que compromete los recursos del Estado, y un seguimiento tutelar de las acciones de los inmigrados. Nuestro país conoció muchas formas de inmigración en el pasado: víctimas de la primera y segunda guerras mundiales, de la guerra civil española, de persecuciones religiosas, del hambre y la miseria, etc.; pero en todos esos casos la venida de los inmigrantes fue por su cuenta, aceptando las condiciones de vida del país receptor, y supieron integrarse a nuestra vida cívica contribuyendo a nuestra forma de ser. Similarmente, de nuestro país se fue gente por razones políticas o económicas y se integraron a otras sociedades sin depender de que los vinieran a buscar ni les dieran recursos para la incorporación. Así es como deben ser las cosas.

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