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El impacto de la Delta en Reino Unido

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 Foto: Pixabay

Por Andrea Burstin //

“El virus seguirá circulando entre nosotros, pero ya es hora de volver a la normalidad”. Así lo anunció el gobierno británico. Una estrategia no exenta de críticas por gran parte de la comunidad científica y con algunas complicaciones para implementar en la práctica.

La variante Delta del coronavirus, irrumpió con impactante vigor en Reino Unido, anunciándonos  que el virus no se rendiría fácilmente y buscaría nuevas municiones para atacar a nuestra sociedad. El crecimiento fue mayor en la población más joven que aún no estaba inmunizada con las dos dosis de la vacuna.  El número de casos  se multiplicó  por veintiocho en menos de dos meses. No obstante, nuestro nivel de protección incrementó de forma notable con la vacunación.  A igual número de positivos que en la segunda ola, las hospitalizaciones habían disminuido en un 87% y los fallecimientos en un 95%. El promedio actual de fallecidos, equivaldría a tres personas en Uruguay.

Las cifras de los últimos días muestran que al virus ya no le está resultando tan fácil encontrar nuevos anfitriones. Contrariamente a lo que predijeron algunas proyecciones respecto a la subida de los casos; la tercera semana de julio registró un descenso sostenido de éstos. Es aún pronto para declarar la victoria. Unos días de temperaturas muy altas, raras por esta zona, favorecieron la socialización en espacios exteriores, un entorno, que pone más frenos a la circulación del virus. Asimismo, las vacaciones estivales en la enseñanza constituyen otro importante factor para mitigar su propagación.

El gobierno apuesta a una vuelta casi total a la normalidad y a que las vacunas mantendrán alejada la amenaza del colapso de los hospitales y el número de fallecimientos.

Sin embargo, con las infecciones reproduciéndose a gran velocidad, y con los consiguientes aislamientos preventivos de quienes han estado en contacto con positivos, parece imposible mantener el normal funcionamiento de la economía.  La falta de trabajadores empieza a hacerse visible. Las disrupciones en algunas cadenas de producción y distribución, y en muchos servicios, ponen una gran interrogante a la recuperación económica que muchos prevén será la más alta en ochenta años.

El mecanismo del aislamiento preventivo está en discusión y ya para muchos sectores y trabajadores esenciales se está implementando su sustitución por el testeo diario. El testeo ha sido una herramienta fundamental, en la apertura escalonada y el relajamiento de las medidas de distanciamiento social. De forma constante, desde marzo se realizan algo más de un millón de pruebas diarias (equivaldría a 56.000 test en Uruguay). Muchas de ellas, son practicadas en casa, con kits que provee el Servicio Nacional de Salud de forma gratuita y se consiguen en todas las farmacias. A modo de ejemplo, al iniciarse las clases los estudiantes de secundaria debían realizarse dos pruebas semanales en casa, con kits entregados en los centros de estudio. La recomendación del gobierno para toda la población ha sido durante todo este tiempo testearse frecuentemente.

Las discotecas, de los últimos sectores en poder abrir, instan a los jóvenes a testearse antes de asistir. Temen que, de darse un recrudecimiento de los casos, serán acusados de ser los promotores de los contagios. En Holanda y en España, no faltaron las voces que, ante el crecimiento de la epidemia, no tardaron en culpabilizar a los locales de ocio nocturnos. Un mecanismo que se ha dado una y otra vez, en diversas geografías del globo: buscar el chivo expiatorio a quien responsabilizar de la difusión del virus.

El coronavirus sigue entre nosotros y los científicos auguran que no se marchará. Pero las vacunas han cambiado radicalmente las reglas del juego. Hace apenas unos meses solo lográbamos frenar su propagación alterando nuestras vidas y nuestras interacciones, con los consiguientes impactos en la economía, y en nuestra salud integral. Hoy podemos hacerle frente volviendo a muchas cosas que nos gustan, gracias a los enormes logros de la comunidad científica y a quienes nos hemos vacunado.

Algunos países aún no disponen de las vacunas, en otros lamentablemente la población aún con disponibilidad de éstas, no ha adherido en número suficiente a la campaña de vacunación. Las interrogantes quedan en el aire. ¿Cuándo se dará la coordinación necesaria para que no queden países sin vacunar? ¿Cómo es posible que en otros, siga habiendo tanta gente reticente a las vacunas?  Quizás, de estos últimos puntos, a algunos sí les toque hacerse cargo.

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Andrea Burstin es economista por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y MBA por el Imperial College de Londres.

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