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“Todos tenemos una historia propia para contar”: Mario Delgado Aparaín habló de la literatura, la memoria y su nueva novela biográfica ‘Ni un solo día claro sin tormenta’

En Perspectiva · En Perspectiva En Movimiento – Feria del libro de San José 2026 – Entrevista Mario Delgado Aparaín – Escritor, docente y periodista

Mario Delgado Aparaín publicó este año Ni un solo día claro sin tormenta, una novela autobiográfica de iniciación en el interior profundo del Uruguay. En una entrevista con En Perspectiva en Movimiento, realizada desde la Carpa de la Comunicación de la Feria Internacional de Promoción de la Lectura y el Libro de San José, explicó cómo llegó a la decisión de escribir sobre su propia vida.

El título del libro surgió de una frase de su tía Silvana, referida a su padre. Delgado Aparaín recordó que, luego de que su padre fuera víctima de una golpiza y quedara gravemente herido, su tía le dijo: “Su padre siempre tuvo mucha suerte. Incluso antes de nacer tuvo suerte, desde antes de nacer tuvo suerte. Pero eso sí, en toda su vida no tuvo ni un solo día claro, sin tormenta”.

Delgado Aparaín durante la entrevista con Emiliano Cotelo y Fernando Medina

Para el escritor, la novela implicó recurrir a una materia prima que muchos autores prefieren mantener fuera de sus libros: la intimidad. “Se precisa mucho coraje para hacer esto. Yo soy consciente de eso. Demoré mucho en decidirme”, señaló.

En la obra aparecen recuerdos de la infancia, la adolescencia y la primera juventud, pero también asuntos que durante mucho tiempo fueron difíciles de abordar dentro de las familias. “¿Cómo puedo involucrar mi intimidad con temas que ni siquiera en el ámbito familiar se hablaba?”, se preguntó. Entre esos temas mencionó “la deshonra, las conquistas amorosas, la muerte” y las experiencias ideológicas y políticas de los años de la dictadura.

Escribir contra el olvido

Delgado Aparaín definió la literatura como “una tarea de rescate”. Según explicó, el escritor intenta impedir que determinados recuerdos y pensamientos desaparezcan: “Uno tenía que evitar que recuerdos fundamentales se disolvieran, se perdieran en el olvido”.

“La memoria ejerce una batalla continua contra el olvido”, agregó. En esa batalla, cada persona selecciona qué conserva y qué descarta. “Elegimos guardar lo que vale, lo que nos deja una enseñanza, un valor; eso lo guardamos, otros lo desechamos”, sostuvo.

El autor contó que empezó a pensar en sus memorias durante su exilio en Argentina, en el contexto de la dictadura uruguaya. Vivió en una pensión de Buenos Aires junto con perseguidos políticos de distintos países y recordó una serie de episodios que luego se convirtieron en material literario.

Entre ellos mencionó la historia de una azafata de Alitalia que ayudaba a sacar del país a hijos de presos y perseguidos políticos. Un día, relató, un camión militar llegó a la pensión y se llevó a varios de sus habitantes. “A esta chica la metieron en el camión y hasta hoy nunca apareció”, dijo, en referencia a los desaparecidos durante la dictadura argentina.

También recordó los apagones que se producían en Buenos Aires. Para él, esos momentos tenían una dimensión especial: “Siempre dije que para mí los apagones son los mejores acontecimientos culturales”. Según explicó, la oscuridad obliga a reparar en quienes están alrededor y puede generar conversaciones que, en otras circunstancias, no ocurrirían.

En su caso, ese diálogo fue consigo mismo. “¿Qué estoy haciendo acá? ¿Cómo llegué acá? ¿Quién soy? ¿Cómo me convertí en esto que está aquí y no en otra cosa?”, recordó que se preguntaba.

Portada de Ni un solo día claro sin tormenta (2026)

La decisión de escribir en primera persona

La escritura autobiográfica, explicó, también fue una forma de dejar de postergarse. “¿Por qué no contar lo que yo vivo, si lo que yo vivo es tan importante como lo que viven los demás?”, planteó.

“No estoy al servicio de los demás. No estoy prestando un servicio de darle lugar a otro narrador que no sea yo. Yo quiero narrar lo mío también”, dijo. Y resumió esa decisión en una frase: “Narrar lo propio es un acto de resistencia”.

Para Delgado Aparaín, esa resistencia se dirige contra “el olvido, la alienación y la pérdida de la memoria”. En ese proceso descubrió la potencia de la primera persona y de la intimidad como materia narrativa.

“Si todos tenemos, absolutamente todos, sin excepción, en nuestro mundo interior un acervo cuya columna vertebral es la propia vida, yo quiero darle importancia a eso, jerarquizar eso”, dijo.

La intimidad, agregó, puede convertirse en una fuente de reflexión sobre preguntas esenciales: “¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Qué busco de la vida? ¿Aprecio la vida o no?”. A partir de esas preguntas, sostuvo, el escritor empieza a trabajar con los valores y con la interpretación de su propia historia.

Una identidad construida en el vínculo con la tierra

Durante la entrevista, Medina le preguntó por la dimensión latinoamericana de su obra. Delgado Aparaín respondió que necesita pensarse dentro de ese espacio para comprender su propia identidad. Para ello, recordó una idea de Francisco Espínola sobre Uruguay, un país situado entre las “prepotencias” de Brasil y Argentina. Para construir una identidad propia, sostuvo, es “necesaria una comunión entre las personas y el territorio”.

“Para ser uruguayo hay que lograr una comunión con la tierra”, dijo. Esa comunión permite construir lo que definió como “el espíritu de nación” y llegar a una palabra que considera fundamental: “nosotros”.

“Para mí es sagrada la palabra nosotros”, dijo. A su juicio, una nación no puede reducirse a un territorio habitado por personas. “Si no logramos esa comunión con la tierra, corremos el riesgo de ser un pedazo de tierra nada más”, sostuvo.

En ese sentido, señaló que las historias individuales también forman parte de la historia colectiva. “La suma de todas las historias personales, la suma de todas las historias nuestras, es la historia de la nación”, dijo.

El escritor comparó el trabajo de los historiadores con el de quien busca minerales valiosos dentro de una formación rocosa. Según dijo, los historiadores ordenan un material caótico, pero extraordinariamente rico, compuesto por las experiencias y los recuerdos de una sociedad.

La palabra como forma de existencia

Delgado Aparaín también habló de su relación con los libros que escribió. Cuando Medina le preguntó qué siente al verlos reunidos en su biblioteca, respondió con humor: “Un dolor de barriga impresionante. Digo: todo eso lo escribí yo”.

Portada del libro La balada de Johnny Sosa (1987)

Luego vinculó la escritura con una reflexión de René Descartes: si una persona duda, piensa; y si piensa, existe. A partir de ahí formuló su propia conclusión: “Yo escribo para existir”.

También citó a Juan Rulfo: “Yo escribo para no morirme”. Para Delgado Aparaín, la escritura permite prolongar la vida a través de la palabra y mantener el vínculo con los demás.

“Las palabras tienen ese don de contener la comunicación”, afirmó. Ese poder se vuelve especialmente visible, dijo, en situaciones de aislamiento, porque permite que una persona no se sienta completamente sola y conserve la presencia de aquellos a quienes está unida.

La conversación terminó con una referencia a sus obras recientemente relanzadas. Medina mencionó Cuentos del norte y el sur y destacó también La balada de Johnny Sosa, además de Mosquitos, uno de los libros de cuentos más reconocidos del escritor.

Al final de la entrevista, Delgado Aparaín volvió a la idea que atraviesa su último libro: la historia personal como parte de una historia mayor. Y dejó planteada una definición de la literatura como una “forma de recuperar voces, recuerdos y experiencias para que no se pierdan en el tiempo”.

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