

Se resistió hasta que pudo y la vida lo llevó a un paredón en forma de arco donde las huestes húngaras gastaron contra él toda la pólvora de su ofensiva.
La culpa es del golero
Por Homero Fernández
Jueves 02.07.2026
Luis Guevara Mora tiene una “medalla” mundialista que no quiere mostrar a nadie. Que le marcó para toda la vida y que resurge cada vez que se disputa un Mundial. Alguien revuelve los archivos de la historia y ahí, lo más seguro, es que sale su cruz a relucir.
Luis Guevara Mora el arquero más goleado en un partido de los mundiales. En España 1982 encajó 10 goles de los futbolistas de Hungría defendiendo la valla de la selección de El Salvador que perdió 10 a 1.
El ”Negro”, como le decían, no llegaba a los 18 años, ni tampoco era un precoz gran cuidavallas. Era solamente el que las circunstancias habían llevado hasta allí.
Nunca había soñado con jugar al fútbol. Es más, lo despreciaba. Desde niño se interesó por el béisbol, tan popular en su país, y de allí no lo sacaban. Sus amigos le invitaban a jugar al fútbol y se negaba. Era alto, tenía buen tamaño a los 13 años cuando flaqueó en sus principios y decidió hacerle lugar al básquetbol.
Jugó exitosamente en los torneos juveniles, pero los cazadores futboleros no dejaban de tentarlo. Llegó el día y se rindió: su primer club de fútbol.
Primero como delantero hasta que un entrenador vio en él las condiciones para ser golero. Tenía tamaño, saltaba bien, anticipaba y era veloz. Los aprendizajes del béisbol y el básquet aplicados para evitar los goles. Debutó en la primera división a los 14 años y dos meses en el Platense de Zacatecoluca. De esa trampa ya no salió más.
Al poco tiempo fue convocado para la selección juvenil. Para las eliminatorias del Mundial los guardametas principales no podían estar y lo convocaron.
El Salvador llegó el Mundial de España con Guevara Mora como arquero. Se habían preparado para superar las eliminatorias, pero no para el Mundial propiamente. Llegó el partido con Hungría y con él la humillación y el desastre. La ingenuidad salvadoreña, aunque con jugadores famosos como el “Mágico” González, no había previsto el potencial ofensivo del mejor de Europa en ese año.
Los goles cayeron como cataratas. Una decena de trompadas en la cara del jovencito portero. Diez cicatrices que le costarían el desprecio y hasta el exilio futbolero.
“En esa selección todos me recuerdan a mí, pero éramos once”, dijo una vez Luis Guevara Mora, resistiendo al dedo acusador que siempre señala a los goleros.
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