

Era reconocido como uno de los mejores guardametas del fútbol brasileño, pero bastó que no pudiera impedir un gol decisivo para bloquearlo para siempre.
El golero más odiado
Por Homero Fernández
Sábado 04.07.2026
En un país con predominancia de la raza negra parecía anormal que en la selección de Brasil no hubiera jugadores afrodescendientes. Pero, la orden que dio en 1921 Epitacio Pessoa, entonces presidente de Brasil fue que se prohibía que los futbolistas mulatos representaran al seleccionado en el Campeonato Sudamericano.
Felizmente la medida duró poco más de un año, pero quedó impregnada mucho más tiempo en la sociedad brasileña. Cuando finalmente las barreras racistas empezaron a levantarse, Moacir Barbosa construyó su historia defendiendo al Vasco da Gama de Río por 14 años y se transformó en el primer golero negro en la historia del combinado brasileño.
Campeón de la Copa América de 1947, Barbosa era el indicado para defender a Brasil durante el Mundial de 1950. Llegó al último partido de la ronda final que definía el torneo con 4 goles en contra en 6 partidos. Como se sabe, la fiesta en Maracaná estaba servida y el delantero brasileño Albino Fraçia Cardozo la inauguró con el primer gol. Luego vino el empate de Schiaffino y llegó la puñalada de Alcides Ghiggia al corazón de Barbosa. En ese momento empezó su desgracia.
Uruguay campeón y millones tristes, decepcionados, rabiosos, buscando explicaciones, lanzando maldiciones y hurgando para encontrar culpables.
Allí estaba al alcance: Barbosa, un negro, crucificado para siempre. Así tuvo que vivir su vida.
Una vez en un supermercado mientras hacía la fila para pagar oyó que una madre le decía a su hijo: “¿Ves ese señor? Él es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”. El repudio no solamente lo vivía en la calle, sino también en el mundo del fútbol. La selección brasileña estaba concentrada para el Mundial de 1994. Barbosa se acercó al lugar para saludar. El entrenador Mario “Lobo” Zagallo, tan reconocido por sus logros como por sus supersticiones, lo mandó expulsar.
La leyenda cuenta que cuando cambiaron los arcos de Maracaná, Barbosa consiguió que le regalaran los postes de madera de la meta donde Ghiggia le había hecho el fatídico gol. Dicen que se los llevó a un descampado y los prendió fuego en una especie de exorcismo futbolero.
Al paso de los años decía haber aprendido a vivir con esa carga y se enorgullecía de eso. Pero, cuando murió su esposa, una amiga de la familia contó que en pleno sepelio se apoyó en su hombro para llorar mientras decía con voz entrecortada: “No soy culpable. Éramos 11”.
***















