
EC —Como decía, Valdez fue el sexto periodista asesinado en lo que va del año. Pero esta muerte en particular generó una repercusión enorme a nivel de México y a nivel internacional, mucho mayor que los homicidios anteriores. ¿Por qué ha ocurrido eso?
AA —Porque Javier era el más valiente, porque Javier ganó muchos premios internacionales, porque estos organismos lo fueron protegiendo, porque cada libro que escribía Javier era también –creíamos nosotros– un manto protector. Entonces el hecho de que le hayan disparado, que hayan matado a Javier lo hemos entendido como un disparo al corazón, un disparo a la cabeza. Esta ficha de dominó a la que le pegaron y nos caímos muchos. Fue perfecto el golpe.
EC —En 2011, Valdez recibió en Estados Unidos el Premio Internacional de Libertad de Prensa, otorgado por el Comité para la Protección de los Periodistas. Y allí brindó un discurso, que en estas horas ha sido muy difundido en redes sociales, del cual escuchábamos un fragmento al comienzo de este espacio. En ese discurso Valdez también se refería al peligro que representa hacer periodismo en algunas zonas de México. En particular, en su propia ciudad.
(Audio Javier Valdez)
En Culiacán, Sinaloa, México, es un peligro estar vivo. Y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos, que están en el narcotráfico y en el gobierno. Un piso filoso y lleno de explosivos. Esto se vive en casi todo el país. Uno debe cuidarse de todo y de todos, y no parece haber opciones ni salvación, y muchas veces no hay a quién acudir.
(Fin audio)
EC —Tú mismo eres un periodista que se ha dedicado a investigar sobre crimen organizado y narcotráfico. ¿Qué te lleva a correr ese tipo de riesgo?
AA —Javier, Diego Osorno, Marcela Turati, Daniela Rea, muchos de los periodistas a quienes nos ha tocado cubrir historias de violencia, historias de víctimas, de victimarios, a veces en broma decimos que estamos locos, que algo nos falta en la cabeza, que a lo mejor nos falta litio, nos hace falta un elemento químico, qué sé yo. Pero nos tocó a nosotros y por alguna razón tenemos que seguir reporteando. No sé por qué, porque a veces pensamos que a lo mejor a la sociedad no le interesa, pero somos de una escuela –por ejemplo, la Fundación Gabriel García Márquez– que tuvo grandes maestros, la gente que te he mencionado y muchos más que ahora se me olvidan, y hemos aprendido de ellos.
EC —Lo que está en juego no es solo la vida o la propia muerte, sino también la muerte de los familiares más queridos, pero además, la probabilidad de una muerte espantosa, precedida de actos de tortura. Por ahí van los códigos de esta gente que puede molestarse con el trabajo de ustedes. Hay quien puede cuestionarse: ¿vale la pena?
AA —Quizás no. Había un gran periodista aquí en México, que se llamó Jesús Blancornelas, que a finales de los 90, por el 97, iba llegando a su periódico en Tijuana –una ciudad fronteriza que está frente a California– y le aventaron muchísimos balazos, mataron a su guardaespaldas. Don Jesús sobrevivió, vivió el resto de sus días, que fueron por lo menos 10, 15 años –murió después de cáncer– siempre vigilado con militares, y decía que ninguna nota valía la muerte de un compañero. Javier también lo decía y es lo que decimos también nosotros, que no somos héroes, que no vale la pena. Pero terminamos haciéndolo, porque de pronto, creo yo o lo veo con mis amigos, sentimos esa obligación social de reportar, de decirle a la gente que el narcotráfico y la política en este país vienen al menos del mismo vientre, son hermanos gemelos, que no tenemos por qué honrar el crimen, que no tenemos por qué aplaudirlo, porque ese crimen es el sistema político mexicano, que es el que nos está aplastando, el que nos está asesinando.
EC —¿Cómo trabajan en el día a día haciendo cobertura del narcotráfico? Por ejemplo, las fuentes que consultan seguramente sean, en muchos casos, integrantes de bandas de narcos o políticos corruptos. ¿Cómo llevan esas relaciones?
AA —Tenemos que hacerlo, porque si nos quedamos con la versión oficial, la versión oficial nos dice que hay buenos y que hay malos. Pues no, hemos ido entendiendo, por muchas vías, por asesinatos, porque hemos leído, porque hemos aprendido a la mala, etcétera, entonces decimos: tenemos que seguir haciendo este trabajo, tenemos que seguir sorteándolo, tenemos que seguirnos cuidando de esto, de tal cosa. De pronto aquí hay protocolos de seguridad, está bien que conozcamos los protocolos de seguridad, pero llega un momento en que tu miedo te hace reaccionar de la manera insospechada y muchos colegas han sufrido amenazas y muchos se han tenido que ir del país.
EC —¿Tú has sufrido amenazas?
AA —Sí, sí, te podría contar de ellas. Pero yo de pronto volteo y digo: no, a los compañeros que están en los estados del norte, en los estados del sur, en el sureste, en el noroeste del país les ha ido peor. Yo he salido de estados, he salido de ciudades corriendo o trepándome a un avión cuando todavía existían los códigos, cuando a la prensa se la respetaba, cuando podíamos hacer nuestro trabajo y creíamos que no nos iba a pasar nada, “porque los narcos no mataban periodistas”. Pero llegó un momento en que se quebró, se quebraron todas las leyes, esos códigos ya no existen, hoy vivimos en un país de locura. Yo siempre le decía a Javier que era terrible que pudiéramos vivir en un país donde nos estaban matando todos los días y la gente no reaccionara.
Y poco a poco también entendí –saltaré un poco de tema, pero me parece importante– que una de las cosas que nos han dañado mucho en México es la desunión del gremio. Aquí también hay grupos divididos entre buenos y malos, el que quiere escribir el mejor reportaje, el que quiere hacer la mejor foto, el que quiere escribir la mejor novela del narco. Y yo les digo: “Hey, compañeros, ¿no han visto que ya se escribió la mejor novela, que ya se hizo el mejor reportaje, que ya se tomó la mejor fotografía?”. Es decir, dejemos nuestros egos y pongámonos a trabajar entre nosotros.
Creo que la muerte de Javier nos puede dar la oportunidad como gremio en este país de dar un gran paso y hacer un diálogo nacional, un diálogo periodístico, un diálogo con todos los sectores, con todas las líneas editoriales, con todos los intereses, para un bien común. Un bien común universal, un bien supremo, que es lo más importante, que es nuestra vida. Por ahí a lo mejor podríamos empezar a trabajar. Si hay que honrar a Javier, honrémoslo de esa manera. Cuando estuve en Culiacán en el funeral me di cuenta de que distintos grupos –que también existen allá en Culiacán– de periodistas se unieron. Yo no había visto eso, no había visto que esos grupos salieran y caminaran hasta el palacio de gobierno, donde está el gobernador, que le gritaran, que le gritaran “cobarde”. No había visto que alguien se parara y le dijera a un gobernador “o usted es cómplice o es un inútil” –obvio, con una palabra más altisonante, porque los sinaloenses son malhablados–. Y me sentí feliz de que por lo menos alzaran la voz y que Javier nos uniera de esa manera.
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