Candela Stewart

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1 Comentario

  • En Uruguay nos cuesta pensar en base a principios generales. Yo he defendido aquí varias veces la legalización y regulación de todo el mercado de drogas. Lo pienso desde la postura de que nadie tiene soberanía sobre el cuerpo de cada uno, ni física ni moral. Con mi cuerpo hago lo que quiero siempre que no afecte el cuerpo de los otros. Entonces siempre vi como muy positiva la regulación de prohibir fumar en lugares cerrados, por ejemplo. Fuera de eso, ya creo que perdemos pié porque no tratamos por igual todos los consumos potencialmente nocivos para la salud y muchas veces fluctuamos entre la más absoluta tolerancia y actitudes discriminatorias que lindan con el linchamiento fascista.

    Empecemos por el principio: cosas que nos metemos en el cuerpo y que nos hacen potencialmente mal hay cientos. Algunas sólo hacen mal, otras alteran la conciencia, a veces nos deprimen, otras nos excitan, a veces nos generan adicciones fisiológicas y otras psicológicas. Hay una epidemia de obesidad en Uruguay. Se habla de «gordofobia» porque se sostiene con razón que uno tiene derecho a ser gordo. Más allá de eso, creo que todos coincidimos en que el sobrepeso es malo para la salud, que es mejor no ser obeso y que la gente muchas veces genera adicción a alimentos que son muy dañinos para su salud y que no logra abandonarlos y termina con 20, 30, 40 kilos por encima de lo que corresponde a su físico. ¿Qué hay del empaquetado y de la publicidad de los alimentos dañinos para la salud? Poco y nada. De hecho los refrescos azucarados siguen siendo los principales anunciantes de eventos deportivos, los paquetes de golosinas y galletitas son coloridos, se los decora para atraer a los niños, se publicitan en todos lados, tienen marcas y envases de todo tipo. Hay una cadena de hamburguesas que tiene un marketing muy agresivo hacia los niños, distribuyendo juguetes al tiempo que los acostumbra a comer comida chatarra desde chiquitos. ¿Y? ¿Cuáles son los principios generales que gobiernan nuestras políticas de salud? Le damos de bomba a una adicción que es la que hoy día es políticamente correcto atacar, sobre todo desde una izquierda que ideológicamente es una sucursal del partido demócrata de USA. Transformamos a los adictos al tabaco en una suerte de parias sociales a los que parece que está bueno romperles las cajillas. Son tan despreciables que ni derecho a hacerse daño con su dinero tienen. Para el resto de las cosas dañinas, unos octógonos minúsculos en una esquina y el resto todo igual. ¿Qué decir del alcohol, por ejemplo? Ni octógonos tienen, no hay nada al respecto, a lo sumo un cartelito minúsculo que dice «beba con moderación». ¿Se imaginan un «fume con moderación»? Cuidado, que no estemos reaccionando emotivamente frente a un problema que requiere pensar políticas de educación y darle apoyo a los que quieren dejar, pero respetando su soberanía sobre su cuerpo.

    Volviendo al asunto de fondo, para esas y todas las adicciones, parece que algo sensato sería que el precio incluya impuestos que vayan a las campañas de información sobre los potenciales perjuicios de la adicción. Insisto en que sea información, no pictogramas asquerosos que busquen despertar rechazo. Lo primero es respetar al otro como un ser inteligente y no tratar de manipularlo desde lo emocional, desde su animalidad. Lo otro es que el propio mercado cofinancie también en el precio las clínicas especializadas en ayudar a los adictos a dejar ese consumo. Para los alimentos procesados, para el alcohol, para la marihuana, para la cocaína si fuera legal y, claro, para el tabaco también.

    Para el que con la información disponible decida dejar, desde luego hay que asistirlo. Y sobre todo no andar por la vida señalando con el dedo al que se hace daño como si fuera un inmoral, sino tirarle una cuerda para que pueda zafar si quiere. Al niño rompecajillas que festeja González yo empezaría por preguntarle qué merienda en el recreo en su escuela. Si come snacks, golosinas y bebe refrescos azucarados creo que podría empezar por preocuparse por sí mismo. Y no lo culpo, es un niño. El problema son los adultos que los empoderan y les festejan que se pongan en jueces de los demás cuando todavía no pueden ni entender las consecuencias de sus propios actos. Los adultos al menos sobrellevan las responsabilidades de la vida adulta, entre ellas generar ingresos para mantener a los menores a cargo. Eso genera algunas tensiones que la gente a veces las soporta con vicios. No me gusta nada una sociedad en la que los niños tienen permiso para violentar a los mayores que se desloman para que tengan qué comer. Si alguien piensa que como es por su bien, no cuenta como violencia, pensemos por ejemplo si alguien toleraría que un hombre le hiciera eso a su pareja para salvarla del tabaco. Por ejemplo, ya que ella lo menciona, si González le daría permiso a un amigo, pariente o pareja del sexo masculino a romperle sus cajillas de cigarrillos. Volviendo a lo del principio: nos faltan principios generales porque estamos en una sociedad enferma, que al espacio público lo razona poco y lo ordena a través de las emociones. Todo depende de quién lo hace y a quién se lo hace.

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