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Fútbol para contar | Mundial FIFA 2026 | (Capítulo III) El primer juez de una final


El árbitro belga elegido para dirigir la primera final de un Mundial era demasiado culto y elegante como para no temer por su vida cuando vio la pasión rioplatense.


El primer juez de una final

Por Homero Fernández


Miércoles 03.06.2026

El belga John Langenus no era un árbitro cualquiera. Ni siquiera se llamaba así. Su verdadero nombre era Joannes. Era periodista deportivo cuando podía. Hablaba cinco idiomas y se presentaba a los partidos elegantemente vestido de saco y corbata y con unos pantalones que les llegaban a las rodillas. Se había comprado en un mercado de Amberes, por 30 centavos, el silbato que le acompañaría toda la vida.
En sus comienzos se las ingeniaba para participar hasta de tres partidos cada domingo, a veces como lineman. Lo hacía para aprender el oficio de los más experimentados.


Cuando llegó al Mundial de 1930 ya tenía su buena fama. Había dirigido varios partidos internacionales. Por ejemplo, en la Olimpiada de 1928 arbitró ante 40 mil personas el partido que Uruguay le ganó en Ámsterdam a Países Bajos por 2 a 0.


Los partidos de Langenus en el Mundial no estuvieron lejos de tener ciertas complicaciones. Le tocó una batalla campal entre chilenos y argentinos y enfrentarse con un médico estadounidense que terminó mareado en la cancha después que se le derramó un frasco con cloroformo.

Cuando tuvo unos días libres aprovechó para darse una vuelta por Buenos Aires. Allí se enteró del nombramiento para la final entre uruguayos y argentinos. Cuando tomó el barco hacia Montevideo le tocó cruzarse con centenas de hinchas albicelestes en plena efervescencia.


Lo primero que hizo cuando llegó fue asegurarse de que saldría vivo de la cancha y por lo pronto exigió un seguro de vida. El hombre tenía sus razones porque una década atrás le obligaron a salir corriendo de una cancha y custodiado por la policía había terminado refugiado en una comisaría.

Finalmente, el día de la final solo tuvo que solucionar la polémica sobre qué pelota usar en la final. Como cada equipo quería que fuera la suya, salomónicamente los convenció que usaran las dos, una en cada tiempo.


Esta vez salió corriendo del Centenario, pero solo por temor a que se le fuera el barco de regreso. Había pactado con el capitán que lo esperara, pero no quería jugar con su paciencia.
Al final, la niebla sobre el puerto pospuso la salida hasta el otro día.
Durmió tranquilo y protegido en el camarote, mientras afuera los uruguayos festejaban y los argentinos se regresaban derrotados y con algunos golpes.

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