

Hay veces que las acciones ridículas tiene significados desconocidos para los que las atestiguan ignorantes. En el fútbol mundial ocurrió una vez hace muchos años.
La torpeza heroica
Por Homero Fernández
Miércoles 17.06.2026
En 1974, la selección de fútbol de la República Democrática del Congo que juega en el Mundial de 2026 tenía otro nombre porque el país se llamaba Zaire. Estamos en el tercer partido de la primera ronda del Mundial de Alemania. Los africanos vienen de perder 2 a 0 con Escocia y 9 a 0 con Yugoslavia.
Zaire tiene adelante a los vigentes tricampeones. Brasil necesita muchos goles para pasar de fase. Apenas ha empatado a cero con escoceses y yugoslavos. Aunque van ganando 3 a 0, todavía quieren más.
Restan 6 minutos del partido. El árbitro sanciona una peligrosa falta a favor de Brasil. El célebre cañonero Roberto Rivelino acomoda la pelota. Hay peligro eminente gol.
Su fama no es en vano. Lo sabe Muamba, el pequeño arquero que espera temeroso y avisor detrás de la barrera. En ella se encuentra formado Mwepo Ilunga junto a otros cinco compañeros.
Se escucha el silbatazo del juez.
Entonces ocurre algo nunca visto en un Mundial.
El número 2, Mwepo Ilunga, se lanza en dirección a la pelota y la patea con todas sus fuerzas antes que Rivelino, quien todavía discutía con dos compañeros la posible estrategia.
Los brasileños protestan, el público se ríe, muchos no lo pueden creer.
El árbitro le muestra la tarjeta amarilla al africano que trata de argumentar su locura. Los comentaristas atribuyen su acción a una supuesta ignorancia de las reglas del fútbol.
Pero, solo Ilunga y sus compañeros saben el por qué.
Es que después de sus derrotas ante Escocia y Yugoslavia, el sanguinario dictador de su país Mobutu Sese Seko, les había advertido que no podían perder por más de tres goles a riesgo de sus vidas y las de sus familias.
Contaba luego el cuento Ilunga de la derrota que se cerró 3 a 0. Aquella tarde del 22 de junio vio dibujado en los ojos de Rivelino el cuarto gol que acabaría con ellos.
El miedo había sido más poderoso que el ridículo.
O, mejor dicho, la vida bien valía una tarjeta amarilla.
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