

La primera vez que Uruguay y España se vieron las caras en un torneo Mundial fue en Sao Paulo, en el estadio de Pacaembú, el 7 de julio de 1950.
Tenía que ser Obdulio
Por Homero Fernández
Lunes 22.06.2026
Uruguay y España se enfrentaron en el arranque del cuadrangular para definir al campeón del Mundial de 1950. Los uruguayos venían de golear a Bolivia por 8 a 0. Los españoles eliminaron a Inglaterra y ganaron todos los partidos de su serie. La figura era el delantero vasco Telmo Zarraonandia, conocido como Telmo Zarra.
Los celestes se concentraron en las afueras de la ciudad, en una pensión de un matrimonio uruguayo que se preocupó por hacerlos sentir como en casa.
Con esos mimos llegaron al estadio de Pacaembú donde les esperaban unas 45000 personas, la inmensidad brasileños que miraban de reojo mientras sus oídos escuchaban el Brasil y Suecia que se jugaba en Maracaná. La tarde estaba lluviosa cuando Óscar Míguez movió la pelota. Máspoli en el arco, Obdulio Varela en el medio y adelante Ghiggia, Pérez, Míguez, Schiaffino, y Vidal.
A los 28 minutos, Julio Pérez cede la pelota a Ghiggia. El puntero corre a gran velocidad y tira cruzado. Gol uruguayo. Casi un calco del que días después produciría el Maracanazo. El equipo español no se rinde. El extremo Molowny levanta el centro y Basora, de cabeza, anota a los 37. Tres minutos después los mismos jugadores vuelven a combinar para lograr el 2 a 1. Así termina el primer tiempo.
Después de casi media hora de buscar el empate, en una de sus jugadas características Obdulio Varela gana la pelota ante Zarra y a la carrera remata a 25 metros de Ramallet y consigue el empate.
Emocionado y exhausto el gran capitán cae al suelo aplastado por sus compañeros. Debajo de la montaña humana grita con los brazos extendidos: “¡Tenía que ser! ¡Tenía que ser!”
El histórico relator Carlos Solé definió el golazo: “Fue un magnífico tanto de un gran centerhalf, digno de un campeonato mundial”.
El partido terminó 2 a 2 y aunque conservaban su chance, Brasil había aplastado a Suecia 7 a 1 y sacaba ventajas.
Obdulio se había retirado llorando, frustrado tal vez por no ganar un partido que después de su gol se había inclinado a favor de la Celeste. Lo que no sabía el gran capitán es que Maracaná le reservaba otra emoción mayor aunque él, con su golazo, había dado un gran paso hacia la fama eterna.
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