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El avance de China en América Latina que aprovechó el retiro de Estados Unidos: “El éxito de Pekín se basó en que supo interpretar la demanda local”, dice Francisco Urdinez (Pontificia Universidad Católica, Chile)

En Perspectiva · Entrevista – Francisco Urdinez – Doctor en Relaciones Internacionales

China pasó de ser el principal socio comercial de 30 países hace dos décadas a serlo de unos 80 en la actualidad. En América Latina, ese crecimiento se apoyó primero en el comercio, luego en las inversiones y más tarde en el financiamiento. Para Francisco Urdinez, doctor en Relaciones Internacionales y autor del libro Desplazamiento económico de China y el final de la primacía de Estados Unidos en América Latina, el avance chino no respondió únicamente a una estrategia de Pekín.

“Estados Unidos, empresas y capitales pierden influencia en América Latina y se generan espacios de oportunidad que muy pronto las empresas, bancos y comerciantes chinos ocupan”, explicó Urdinez en entrevista con Emiliano Cotelo en En Perspectiva.

El investigador ubica un punto de inflexión en el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio, en 2001. A partir de entonces, aumentaron los acuerdos comerciales, las visitas oficiales y las inversiones. Más adelante llegaron los créditos y el financiamiento para grandes proyectos de infraestructura.

“La complementariedad de nuestras economías con ellos es enorme: necesitan lo que vendemos”, señaló. En el caso de Uruguay, sostuvo, el vínculo se concentra especialmente en el comercio, mientras que las inversiones y el financiamiento chino tienen un peso menor que en otros países de la región.

Una influencia económica con consecuencias políticas

El desplazamiento económico de Estados Unidos tuvo consecuencias políticas, según Urdinez. A medida que China se convirtió en el principal socio comercial de varios países latinoamericanos, sus gobiernos obtuvieron un mayor margen para no seguir automáticamente las posiciones de Washington.

“Lo que provoca es una erosión de la capacidad estadounidense de proponer o movilizar políticamente sus intereses en la región”, afirmó. Esa autonomía se expresa, entre otros ámbitos, en las votaciones de organismos internacionales sobre derechos humanos, promoción democrática o el conflicto entre Israel y Palestina.

El presidente estadounidense Donald Trump junto a su par chino, China, Xi Jinping

Urdinez aclaró que el mayor peso económico de China no siempre se traduce en victorias políticas para Pekín. “Aún a China le ha costado traducir su enorme peso económico en resultados políticos concretos”, dijo. Sin embargo, su presencia permite que los países latinoamericanos tengan “un margen de maniobra mayor” frente a Estados Unidos.

La reacción estadounidense, según el investigador, llegó tarde. Washington comenzó a modificar su mirada sobre China alrededor de 2017, cuando ya Pekín era el principal socio comercial de buena parte de América del Sur.

“La reacción fue muy brusca y muy sorpresiva para América Latina”, sostuvo Urdinez. Estados Unidos empezó a marcar qué vínculos con China eran aceptables y cuáles no, pero sin ofrecer alternativas económicas equivalentes. “No hagas el cable y arreglate”, resumió al referirse a la presión estadounidense que llevó a cancelar un proyecto de cable submarino entre Chile y China.

Una región entre dos potencias

El escenario actual es especialmente complejo para los países latinoamericanos que dependen comercialmente de China, pero mantienen vínculos políticos, militares, monetarios y culturales más estrechos con Estados Unidos.

“Es imposible quedar bien con ambos, con Dios y con el diablo”, afirmó Urdinez. Chile es uno de los casos más delicados: exporta alrededor de 40% de sus bienes a China, tiene un tratado de libre comercio con ese país y, al mismo tiempo, recibió recientemente aranceles estadounidenses.

Uruguay exporta a China entre 26% y 27% de sus bienes, una proporción menor que la chilena, pero igualmente significativa. Para Urdinez, la relación con Pekín tiene un carácter estructural. “Va por fuera de los canales de la voluntad política de los presidentes”, explicó. Revertirla exigiría “diez años de deshacer una relación que se hizo por 25”.

Ante este panorama, el investigador considera que los países latinoamericanos deberían coordinar sus políticas, evitar alineamientos automáticos y mantener una posición de equilibrio. Sin embargo, distingue entre lo que los países deberían hacer y lo que efectivamente pueden hacer.

“En el cómo deben nos vamos a poner más de acuerdo”, sostuvo. En su opinión, la integración regional es central y los países deberían transmitir su malestar tanto a China como a Estados Unidos cuando alguna de las potencias avance sobre sus límites.

Pero “lo que se puede hacer es bastante poco”, advirtió. Para los países pequeños, desafiar abiertamente a Estados Unidos puede tener costos elevados. Por eso, si fuera asesor de un gobierno, intentaría “pasar desapercibido, intentar no llamar la atención, estar debajo del radar”.

El riesgo de la reprimarización

El avance comercial de China también tiene un costo económico para América Latina. De acuerdo con Urdinez, los datos muestran que la relación con Pekín produjo una reprimarización de las exportaciones regionales.

“Desde que nos vinculamos con China, exportamos más commodities y somos más incapaces de vender bienes industriales que antes del boom chino”, afirmó.

La Gran Sala del Pueblo (Great Hall of the People), en Pekín, China.

La región exporta cada vez más materias primas e importa bienes industriales y tecnológicos de mayor sofisticación. El desafío, explicó, es evitar que la relación quede limitada a la extracción de recursos naturales.

El caso del litio muestra esa tensión. Países como Chile, Bolivia y Argentina buscan que la explotación del mineral genere algún tipo de industrialización local, pero las empresas chinas prefieren extraerlo y procesarlo en China. “Lo que les facilita la vida es venir, extraer y exportar a China el litio que se procesa en China”, señaló.

En ese sentido, Urdinez observa una contradicción entre el discurso chino de cooperación entre países en desarrollo y una relación económica que tiende a profundizar la dependencia de las materias primas.

“El mundo de la previsibilidad se ha acabado”

Para el investigador, la disputa entre China y Estados Unidos forma parte de una transformación más amplia del sistema internacional. “El mundo de la previsibilidad, de las reglas y del libre comercio se ha acabado”, afirmó.

Urdinez sostuvo que no se trata de una pausa o de una crisis pasajera. “El equilibrio que lleva ya casi 10 años roto no se va a reponer”, dijo.

La dificultad, añadió, está en que las sociedades tienden a acostumbrarse a situaciones excepcionales. “El ser humano tiene una particularidad, que es que normaliza situaciones que son totalmente atípicas”, señaló. En ese contexto, los países latinoamericanos deben tomar decisiones en un escenario de creciente inestabilidad y con márgenes de maniobra cada vez más estrechos.

“Estamos adaptándonos a una realidad donde algunos países están tremendamente integrados a China y mucho de lo que hacen es visto con malos ojos por Estados Unidos”, concluyó.

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