

En Primera Persona
Por Emiliano Cotelo
En Perspectiva
Miércoles 01.07.2026, 08.05 hs
Ahora que la selección uruguaya de fútbol quedó eliminada del Mundial 2026, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que volvamos a emocionarnos colectivamente con el himno y la bandera?
Siempre me ha impresionado la carga patriótica que buena parte de los uruguayos le ponen (le ponemos) a los partidos de la celeste.
Yo soy consciente de la penetración enorme que el fútbol tiene en nuestra sociedad desde principios del siglo pasado y el papel que la competencia internacional de las selecciones uruguayas de fútbol ha jugado en la forja de nuestro sentido de comunidad. La película “La primera estrella”, que puede verse en salas de cine en estos días, muestra el inicio de esa pasión con la consagración de Uruguay en Colombes, Francia, en 1924, cuando aquel equipo (que había viajado a Europa en medio de la indiferencia más absoluta) fue recibido a su regreso con una concentración popular multitudinaria como nunca se había dado hasta ese momento en la historia de nuestro país.
Conozco esos antecedentes; yo nací acá, no soy un marciano. A partir de aquellos casos de gloria de 1924, 1928, 1930 y 1950, inexplicables en función del tamaño mínimo de esta tierra y de su población, puede entenderse que la celeste entusiasme y provoque ilusión. Ya están un poco lejanos aquellos ejemplos (el más reciente fue hace 75 años) pero, bueno, acepto que pueda darse esa conmoción.
De todos modos me cuesta explicar por qué la expectativa es tan grande, diría exorbitante. Y, sobre todo, me deja perplejo que en esas ocasiones el nacionalismo llegue a límites que no aparecen en ninguna otra oportunidad.
La forma apasionada cómo la hinchada entona el himno nacional en las tribunas, con lágrimas aflorando en los ojos, rostros sonrojados al máximo y gargantas desgañitadas, sobre todo al cantar “Sabremos cumplir”… es algo digno de estudio. Pasa en los partidos en el Estadio Centenario pero sobre todo alcanza dimensiones superlativas en encuentros que se juegan en el exterior y el climax se da en un Mundial, como el que está transcurriendo en estos días. En los partidos afuera yo podría entenderlo en los compatriotas emigrantes, que consideran esos enfrentamientos como la gran oportunidad de volver a conectar con sus raíces. Pero resulta impactante verlo también en los uruguayos que viajan como turistas, que corean el himno patrio como si fueran la infantería de un ejército que espera la orden superior para salir a la batalla, a chocar y liquidar a una armada invasora que pusiera en riesgo nuestra independencia.
También me sorprende la locura que la selección desata en torno a la bandera nacional, que es enarbolada como lo más sagrado que cada persona pueda tener, estrujándola con emoción, arropándose en ella como si fuera un abrigo imprescindible para el alma, enrostrándosela a hinchas de la selección adversaria, colocándola en versión miniatura en oficinas y comercios y también en la ventana del auto para exhibirla por las calles durante varios días previos al match, pero además, ya en versión tela o similar, colgándola en la ventana de la casa o en el balcón del apartamento. Incluso esa inflamación de uruguayismo no se queda allí: para ver esos partidos por TV no solo se organizan juntadas de amigos o familiares, con la picada correspondiente. También escuelas y otras instituciones públicas de enseñanza arman actividades especiales, con los alumnos frente a la pantalla, cargadas de toda la liturgia patriótica disponible.
Tal vez ustedes me digan que el tema no da para tanto, que este desborde no ocurre solo en Uruguay, que en muchos países pasa algo similar cuando juega su selección, y quizás me mencionen, como ejemplos a Argentina o Brasil. Sí, pero esos países tienen en general una cultura más patriótica y nacionalista que nosotros.
Lo que me desconcierta es que acá no existe ninguna otra circunstancia en que nos emocionemos tanto por ser uruguayos. ¿Ustedes conocen otra? Yo no. Capaz que está bien. Capaz que está mal. Pero me faltan explicaciones. Me encantaría tenerlas.
Para ser bien concreto: no ocurre nada de ese fervor uruguayo colectivo en las fechas patrias. En los aniversarios de la Declaratoria de la Independencia, de la Jura de la Primera Constitución y del desembarco de los 33 Orientales, los actos oficiales se realizan con escasa emotividad y una presencia mínima de público (una parte de ella obligada por sus cargos o sus empleos). La amplia mayoría de la población ni se entera de esas ceremonias, más bien aprovecha el descanso y punto, y si es posible se va de paseo.
Ni siquiera nos moviliza el recordatorio de La Batalla de Las Piedras, con toda la épica que caracterizó a aquel hecho histórico. Y tampoco lo hace el natalicio de nuestro héroe y patriarca, José Artigas, el 19 de junio. En esa última fecha hasta se da una paradoja. Sí, porque el 19 de junio se emocionan mucho los padres y familiares de los niños y jóvenes que prometen o juran la bandera. Pero resulta que en la vida diaria esos mayores no vibran frente a ese sol y esas nueve franjas azules ni lo van a hacer los menores después, cuando crezcan, pese al compromiso solemne que acaban de protagonizar. Por ejemplo, pregunto, ¿cuántos uruguayos cantan con ganas si les toca estar en una actividad en la cual se incluye el himno como parte del protocolo, por ejemplo una inauguración? ¿Cuántas personas sacan el pabellón nacional al balcón de sus casas en uno de esos aniversarios que yo mencionaba recién? Y los pocos que lo hacen son observados de reojo por sus vecinos, que entre murmullos se preguntan: “¿Qué ataque le dio a este? Capaz que es un militar o algo así…”
Sin embargo, cuando juega la celeste, el patriotismo se eleva al paroxismo y eso no solo está bien visto, sino que es fogoneado de todas las maneras posibles, hasta por medio de la publicidad comercial, y aquel que se coloca al margen del frenesí pasa a ser el desubicado.
Ahora acabamos de atravesar una de esas performances, tal vez la más hiperbólica de esta costumbre de más de un siglo.
Por eso pregunto: ¿Cuándo volveremos a vivir una circunstancia colectiva de patriotismo, importante, emotiva, comprometida? ¿Habrá que esperar otra vez al fútbol y a que la celeste empiece a recuperarse de este enorme revolcón? ¿Es posible que no haya ninguna otra causa nacional que nos movilice de manera significativa y nos haga revolear el pabellón nacional y cantar el himno estremecidos hasta el alma? ¿Por qué?
Los historiadores y los sociólogos tienen la palabra.
Y ustedes también, por supuesto.















