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Trump en Pekín: Lo que dejaron dos días de cumbre entre las dos superpotencias

Donald Trump y Xi Jinping. Foto: AFP

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En Perspectiva · Apuntes – Trump en Pekín: Lo que dejaron dos días de cumbre entre las dos superpotencias

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15 de mayo de 2026


Por primera vez en casi nueve años, un presidente de Estados Unidos pisó suelo chino. La última vez había sido el propio Donald Trump, en noviembre de 2017. Y fue nuevamente Trump quien protagonizó este reencuentro histórico con Xi Jinping en Pekín. Llegó el miércoles, concluyó la agenda esta tarde y ya está en vuelo de regreso a Washington. En estas dos jornadas pasaron muchas cosas. Vamos por partes.


Antes de entrar al relato, conviene detenerse un momento en el punto de partida: ¿quién llegaba mejor posicionado a esta cumbre?

La respuesta corta es que China tenía viento a favor, y varios analistas lo dijeron antes de que comenzara la visita.

La guerra contra Irán, concebida originalmente como una forma de debilitar a China golpeando sus suministros de petróleo, terminó por complicar notablemente la posición del propio Washington. Trump llegó a Pekín golpeado por el desgaste militar y económico, mientras Xi se presentó con nuevas cartas y una posición negociadora más fuerte.

Tras dos guerras comerciales iniciadas por Trump, la economía china se volvió menos dependiente de Estados Unidos, lo que le otorgaba una ventaja

adicional en las negociaciones de esta semana.

Pero hay una dimensión política que también importa. Xi tiene algo que Trump no tiene: tiempo. Xi mantiene el control absoluto de su partido y de su economía, y puede permitirse priorizar la estrategia a largo plazo. Trump, en cambio, tiene a sus votantes mirándolo, y su partido republicano podría sufrir las consecuencias en las elecciones de mitad de mandato de noviembre.

Dicho esto, la situación no era unilateral. China también necesita esta relación. Necesita mercados, necesita tecnología, necesita estabilidad en el estrecho de Ormuz —que afecta casi la mitad de sus importaciones de energía— y necesita inversión extranjera. La partida era asimétrica, pero la jugaban los dos.

Con ese telón de fondo, empezó la cumbre.


El primer día: el Gran Salón del Pueblo, el Templo del Cielo y el banquete.

El encuentro del jueves se desarrolló tras una extensa ceremonia de bienvenida frente al Gran Salón del Pueblo. Guardias militares, una banda que interpretó los himnos nacionales de ambos países y cientos de niños vestidos con colores brillantes, saludando a los mandatarios con flores y banderas, formaron parte de la recepción organizada para Trump.

La reunión bilateral como tal duró más de dos horas. Xi defendió que ambos países deben ser "socios y no rivales", mientras Trump elogió a su anfitrión como "un gran líder" y aseguró que ambos mantienen una relación "fantástica".

Trump fue más lejos en sus elogios públicos. Le dijo a Xi: "Eres un gran líder. A veces a la gente no le gusta que lo diga, pero lo digo igual. Es un honor estar contigo. Es un honor ser tu amigo."

Es un tono llamativo viniendo de quien durante años trató a China como el gran adversario económico de Estados Unidos. Pero la visita tenía esa lógica: bajar la temperatura, buscar terreno común, abrir una nueva etapa.

Ahora bien, ¿qué se habló de fondo?

Taiwán: la advertencia más dura de la cumbre.

Xi situó a Taiwán como "el asunto más importante" de la relación bilateral y advirtió a Trump que una "mala gestión" de la cuestión podría llevar a China y Estados Unidos al "choque" o incluso al "conflicto".

Para los oyentes que no siguen el tema de cerca: Taiwán es una isla con gobierno democrático propio que China considera parte de su territorio. Estados Unidos tiene un compromiso histórico de ayudar a la isla a defenderse si es atacada. La Casa Blanca aprobó un paquete armamentístico de once mil millones de dólares para Taipéi —el mayor jamás aprobado para Taiwán—aunque aún no ha comenzado a suministrarlo.

Xi fue explícito: "Si el asunto se maneja de forma inadecuada, Washington y Pekín podrían chocar o incluso entrar en conflicto, llevando toda la relación entre China y Estados Unidos a una situación sumamente peligrosa."

Desde el lado estadounidense, el secretario de Estado Marco Rubio declaró que la política hacia Taiwán "no ha cambiado" y que "cualquier cambio forzado en el statu quo sería perjudicial para ambos países". No hubo en los comunicados ninguna respuesta directa de Trump a las advertencias de Xi.

Irán y el Estrecho de Ormuz: el punto de mayor coincidencia.

Xi y Trump coincidieron en que Irán no debe tener "nunca" armas nucleares y en la necesidad de reabrir el Estrecho de Ormuz al tráfico de hidrocarburos sin cobrar derechos de paso.

El Estrecho de Ormuz es el canal por donde pasa una porción decisiva del petróleo y gas que mueve la economía mundial. Desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, ese estrecho está prácticamente bloqueado. Según Trump, Xi "desea que el Estrecho de Ormuz se abra" y ofreció ayuda para llegar a un acuerdo con Irán.

¿Hasta dónde llegó ese ofrecimiento? Trump parecía aceptar que había límites a la presión que podía ejercer sobre Pekín para que convenza a Teherán. "Miren, no viene armado, no viene disparando", declaró a Fox News cuando le preguntaron si Xi influiría en los iraníes. "Se ha portado muy bien."

Trump también afirmó que Xi le aseguró que China no estaba preparándose para ayudar militarmente a Teherán. "Dijo que no suministraría material militar", señaló el presidente.

La delegación empresarial: una novedad en sí misma.

Directivos como Elon Musk de Tesla, Tim Cook de Apple y Jensen Huang de Nvidia acompañaron a Trump en la ceremonia de bienvenida e incluso accedieron al salón del Gran Palacio del Pueblo donde se celebró la reunión entre las delegaciones, algo poco habitual en este tipo de encuentros.

La delegación empresarial completa incluyó además a representantes de Boeing, Goldman Sachs, BlackRock, Visa, Mastercard y Citi, entre otros.

Huang, el director de Nvidia, llevaba un interés muy específico: destrabar el acceso al mercado chino para los chips de inteligencia artificial más avanzados del mundo, que hoy tienen acceso muy restringido a China. Ese tema quedó sobre la mesa, sin resolución anunciada.

El cierre del primer día: el Templo del Cielo y el banquete.

Terminada la reunión formal, Xi llevó a Trump a visitar el Templo del Cielo, uno de los monumentos más emblemáticos de Pekín, construido hace más de quinientos años como lugar ceremonial de los emperadores de la dinastía Ming.

Durante el recorrido, Xi aprovechó para transmitir una definición política: "Esto refleja el concepto tradicional chino de que el pueblo es el cimiento del Estado y que solo cuando dicho cimiento es sólido, el Estado goza de estabilidad." Trump, por su parte, lo resumió a su modo: "Un lugar magnífico. Increíble.

China es preciosa."

La jornada cerró con el banquete de Estado. En su brindis, Xi añadió un guiño al lema político de Trump al afirmar que el "gran rejuvenecimiento" de China y el objetivo de "hacer Estados Unidos grande de nuevo" pueden avanzar en paralelo. Fue un gesto calculado: usar la fórmula de Trump para decirle que los intereses de los dos países no son necesariamente contradictorios.

Trump calificó las conversaciones del día como "extremadamente positivas y productivas" e invitó a Xi y a su esposa a visitar la Casa Blanca el próximo 24 de septiembre.


El segundo día: té en Zhongnanhai, almuerzo de trabajo y despedida.

Esta mañana, el escenario fue diferente. Los mandatarios se reunieron en Zhongnanhai, un complejo amurallado y antiguo jardín imperial junto a la Ciudad Prohibida en Pekín, que actualmente funciona como oficina central del Partido Comunista y sede oficial del Gobierno chino.

Xi afirmó haber elegido Zhongnanhai como sede en agradecimiento a la hospitalidad que Trump le ofreció en Mar-a-Lago en 2017. Ambos líderes tomaron el té —una importante herramienta diplomática en la tradición china—y luego compartieron un almuerzo de trabajo. El menú incluyó pollo kung pao y brownies.

El tono fue de continuidad con el día anterior. Trump declaró que Xi es "un hombre al que respeto mucho" y que "se ha convertido, en realidad, en un amigo". "Hemos resuelto muchos problemas diferentes que otras personas no habrían podido solucionar, y la relación es muy sólida", afirmó.

En materia comercial, las señales más concretas de toda la cumbre llegaron en estas horas. El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, declaró que ambas partes consolidaron acuerdos sobre compras chinas de productos agrícolas, carne vacuna y aeronaves de Boeing.

Sobre Boeing, Trump fue específico. "Una cosa a la que accedió hoy es que va a comprar 200 aviones. Eso es algo grande para Boeing. 200 de los grandes. Boeing quería 150, pero él pidió 200″, dijo en una entrevista con Fox News. El propio Trump reconoció, sin embargo, que era más una declaración de intención que un contrato firmado.

Al caminar juntos por los jardines de Zhongnanhai, Trump afirmó: "Cerramos unos acuerdos comerciales fantásticos, excelentes para ambos países."

El Air Force One despegó del Aeropuerto Internacional de Pekín por la tarde, hora local, tras una ceremonia de despedida en la pista. Trump levantó el puño en señal de victoria al abordar el avión.


Las dos versiones.

Hay algo que merece atención aparte, porque dice bastante sobre cómo funciona la diplomacia entre estas dos potencias.

Los comunicados oficiales que emitieron Washington y Pekín al término de las conversaciones no cuentan exactamente la misma historia.

En el caso de Irán, la diferencia es sobre el alcance de los compromisos chinos. El comunicado de la Casa Blanca afirmó que Xi dejó clara la oposición de China a la militarización del Estrecho de Ormuz y a cualquier intento de cobrar un peaje por su uso. El comunicado paralelo del Ministerio de Exteriores chino, en cambio, no hizo mención alguna a los peajes. Washington presentó a Pekín oponiéndose públicamente a una medida concreta de Irán. Pekín prefirió no confirmar esa lectura.

La discrepancia se extendió incluso dentro del propio gobierno estadounidense. Trump declaró a Fox News que Xi se había ofrecido a ayudar a resolver el conflicto con Irán. Pero en una entrevista separada con NBC News, el secretario de Estado Marco Rubio dijo que Estados Unidos no había solicitado la ayuda de China. Dos funcionarios del mismo gobierno, describiendo el mismo encuentro, en registros completamente distintos.

En el caso de Taiwán, la divergencia es todavía más llamativa, porque no es sobre matices sino sobre si un tema se trató o no. El comunicado de la Casa Blanca no mencionó en ningún momento que Taiwán haya sido abordado durante la reunión. Los reportes chinos, en cambio, pusieron ese tema en primer plano: destacaron que Xi advirtió a Trump que una mala gestión de la cuestión taiwanesa podría llevar a ambos países a un escenario de confrontación directa.

Cada parte narró la cumbre para su propia audiencia. Eso no es una anomalía ni una falla diplomática: es parte del juego. Pero conviene tenerlo presente al leer los titulares triunfalistas de uno y otro lado.


¿Qué deja esta cumbre?

La imagen es la de dos líderes que se necesitan mutuamente y que eligieron, esta semana, subrayar lo que los une antes que lo que los separa.

Las dos jornadas de conversaciones arrojaron acuerdos reales limitados, aunque algunos funcionarios insinuaron que podrían concretarse más. Sin embargo, la turbulenta historia entre ambas superpotencias sugiere que cualquier acuerdo alcanzado ahora podría desmoronarse posteriormente. Una economista de Capital Economics lo dijo sin rodeos: anuncios similares surgidos de la visita de Trump en 2017 deben ser vistos "con un sano grado de escepticismo".

El representante comercial Greer tampoco despejó todas las dudas: confirmó que todavía no está decidido si la tregua comercial continuará cuando expire más adelante este año.

Hay también, en esta cumbre, una paradoja que vale la pena señalar. China llegó a Pekín con más viento a favor que Washington, y sin embargo fue Xi quien hizo los gestos de mayor apertura simbólica: eligió un escenario íntimo para el segundo día, usó el lenguaje político de Trump en el brindis del banquete, prometió abrir más sus mercados. Fue, en los dos sentidos de la palabra, un anfitrión perfecto.

Trump, por su parte, se fue con las fotos, los elogios mutuos, el compromiso de los aviones Boeing y la promesa de una visita de Xi a Washington en septiembre. Si eso se traduce en algo concreto, lo sabremos con el tiempo.

Por ahora, el balance es este: las dos superpotencias eligieron hablar antes que chocar. En el mundo en que vivimos, eso ya es algo.

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